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LOS MAJOS DE CÁDIZ 



LOS 



MAJOS DE CÁDIZ 

(NOVELA DE COSTUMBRES) 

POR 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 



7* 



MADRID 

TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ 
Libertad, i6 duplicado. 
1896 



ES PROPIEDAD 



PRÓLOGO 



Cb^ei^kdioi^e^ kéefék de 1^ dotupofftéión 
er\ lh novela. 



I 

Para el lector aficionado á razonar el arte y dis- 
cutir su técnica escribo estas breves líneas. Páselas 
por alto quien sólo aspire á sentirlo, seguro de que 
nada perderá en ello: mi simpatía, como la de todo 
artista, estará siempre con él. Porque sólo una ima- 
ginación fresca exenta de conceptos retóricos puede 
gozar realmente las obras poéticas, respirar con li- 
bertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase 
lo que se quiera, á ningún maese Pedro le place mos- 
trar por dentro el retablo de las figuras con sus jar- 
cias y resortes; y si alguna vez lo hace, suele ser 
apretado por el deseo de defenderse de los pecados 
que le atribuyen ó de prevenir al público contra 
los errores de una crítica precipitada ó desleal. No 
es esto, sin embargo, lo que me impulsa á escribir 
el presente prólogo, como tampoco me ha movido 
á escribir el que años ha puse al frente de mi nove- 
la La Hermana San Sulpicio. En España, afortuna- 



VI 



PRÓLOGO 



damente, apenas si existe la crítica, y el autor de no- 
velas goza de aquella paz profunda, de aquella 
amable serenidad de que gozaron en las primeras eda- 
des del mundo Valmiky y Homero para escribir sus 
inmortales poemas. La única razón que hallo en mi 
espíritu (aparte de cierta manía didáctica que me ha 
quedado de los años de adolescencia, cuando con 
mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que 
debían seguir) es la contradicción en que me reco- 
nozco con los gustos y tendencias que dominan ac- 
tualmente lo mismo en las artes plásticas que en la 
poesía. Esta contradicción me atormenta sobrema- 
nera, porque me hace dudar de mí mismo. Derramo 
la vista por Europa y no veo en la pintura y en la 
poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no 
escucho sino acentos de muerte. De las estepas de 
la Rusia llegan delirios místicos que entusiasman al 
pueblo de Mcliére, de Rabelais y de Voltaire. De aquí 
surgen análisis indigestos, obscenidades escandalo- 
sas que seducen á los hijos de Cervantes; por últi- 
mo, el viento glacial de la Noruega nos envía en 
forma dramática aéreos simbolismos que estreme- 
cen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han na- 
cido Virgilio y Petrarca, Rafael y Tiziano! Natura- 
listas, místicos, decadentistas, ibsenistas, simbolistas 
en la poesía; luministas, azulantes, metalistas en la 
pintura. El arte se me representa como un inmenso 
ataque de nervios, los artistas como locos unas ve* 
ees, otras como charlatanes que disfrazan su impo- 
tencia con afectaciones monstruosas y se aprove- 
chan hábilmente de la perversión general del gusto; 
el público estragado por ellos y por el utilitarismo -i 
reinante, sin criterio para distinguir lo bello y lo sano 
de lo feo y absurdo. 

Al observar mi naturaleza en contradicción tan 
radical con el espíritu de la época me asalta el te- 
mor de padecer una aberración mental: hay mo- 
mentos en que me figuro ser uno de esos infelices 



PRÓLOGO 



VII 



degenerados incapaces de «adaptarse al medio» que 
tan bien pintan los modernos filósofos de la escuela 
positiva, y me estremezco y me abato, y me pro- 
pongo en término no lejano someterme á un trata- 
miento terapéutico adecuado. Es posible que con 
las duchas, la nuez de Kola y el vino ferruginoso, 
los dramas noruegos me parezcan tan interesantes 
como los de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los 
místicos rusos tan profundos como Platón y Spino- 
za, las novelas de la escuela naturalista tan bellas 
como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cua- 
dros de los decadentistas franceses mejores que los 
de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la hora 
feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido per- 
miso para exponer algunas observaciones críticas 
acerca del arte de escribir novelas. Voy á aventurar 
ciertas hipótesis que constituyen el fondo mismo de 
mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido 
y consolado en la ya larga labor que he llevado á 
término. Absurdas ó verdaderas, yo las amo. Sólo 
pido al lector que antes de condenarlas al desprecio 
las medite un instante. 



II 



Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay 
un hecho que desde luego llama poderosamente la 
atención: la fecundidad prodigiosa de ciertas épocas 
y la esterilidad de otras. En el período de poco más 
de un siglo que media entre Fidias y Praxiteles na- 
cen en el suelo reducido de la Grecia centenares de 
escultores, la mayor parte desconocidos para nos- 
otros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como 
salen de entre los escombros, nos llenan de admira- 
ción y alegría. En un período de cincuenta ó sesen- 



VIII 



PRÓLOGO 



ta años del siglo XV brilla en el país de Flandes 
legión numerosa de grandes pintores, cuyos cua- 
dros, si alguien ha igualado, nadie ha sobrepujado 
jamás. Apágase momentáneamente la inspiración de 
los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada 
á Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo 
algunas docenas de genios portentosos, cada uno de 
los cuales bastaría para ilustrar un siglo. Torna la 
mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y 
produce esa maravillosa explosión donde los pinto- 
res ya no se cuentan por cientos, sino por millares. 
Nuestra patria se siente arrastrada por Italia y por 
Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su 
seno la famosa escuela española con Zurbarán, Ri- 
bera, Velázquez y Murillo. ¿No es verdad que pare- 
ce un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso 
se eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y 
tristeza. Sólo tal cual artista, aproximándose, aun- 
que sin igualar jamás á aquellos genios, brilla 
como estrella solitaria y melancólica. 

Las explicaciones que los historiadores del arte 
suelen dar á este hecho sorprendente nunca me han 
satisfecho. La aparición del arte como una conse- 
cuencia natural del engrandecimiento material de 
los países, como la flor de la civilización, que es la 
teoría hoy predominante, no hace más que agregar 
un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los 
dos. Supongamos cierto que el arte se produce ne- 
cesariamente cuando los países alcanzan cierto gra- 
do de prosperidad, cuando el hombre, después de 
haber allanado los obstáculos que la naturaleza le 
oponía para su subsistencia, queda desahogado y 
puede gozar en calma de la vida. Pero la dificultad 
queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prospe- 
ridad nacen muchos y grandes artistas, y en otras 
de tanta ó mayor opulencia no nace ninguno? Na- 
die puede dudar que en la actualidod existen en el 
.mundo países ricos y prósperos donde la civilización 



ha subido á una altura desconocida en la historia, 
donde la vida es fácil, segura, cómoda. Francia, In- 
glaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los 
Estados Unidos de América son testimonios innega- 
bles de esta afirmación. Además, en ninguna época 
conocida de la historia los artistas han podido tra- 
bajar con más seguridad ni han encontrado un pú- 
blico tan numeroso ni tan solícito para recompensar- 
los. Compárese lo que hoy gana cualquier pintor, 
por poco que se distinga, con lo que obtenían por 
sus obras Velázquez ó Rembrandt. Compárese la 
consideración y el respeto de que hoy gozan los ar- 
tistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan 
elevada y orgullosa como la de la sangre, con la 
protección desdeñosa que los proceres de otros si - 
glos les dispensaban y el humillante jornal que al- 
gunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más 
favorable puede ofrecerse para que la flor de la poe- 
sía abra sus pétalos á la luz y ostente sus colores 
más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo 
posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin 
embargo, nuestros pintores y escultores no pueden 
compararse á los de otras épocas! La música, que 
es el arte más moderno, se encuentra haces años ya 
en absoluta decadencia; la literatura, como luego 
demostraré, igualmente. 

Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones 
fisiológicas que explican y determinan este fenóme- 
no, como todos los demás de la vida. No lo dudo. 
El hombre se halla enteramente sometido á las fuer- 
zas que obran en el seno de la naturaleza, las cua- 
les, á par que engendran, limitan el desarrollo de 
los individuos y las razas. Pero la acción de tales 
fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan 
oscuros para nosotros, que sólo vagamente podemos 
atribuirles cuanto sucede en el mundo. Nuestro es- 
píritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, hu- 
mildemente á proponer una explicación racional del 



X 



PRÓLOGO 



problema, con la esperanza de que, si no satisface al 
lector, por lo menos le ayudará á pensarlo y resol- 
verlo por sí mismo. 

Como no hallo razón para que en los cincuenta 
primeros años de un siglo nazcan cien artistas de 
gran mérito y en los cincuenta siguientes ninguno, 
me atrevo á sostener que, dadas las mismas condi 
ciones de raza, de medio, de cultura, de seguridad 
y de estímulo, los hombres nacen iguales, ó lo que 
es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no 
hayan variado notablemente las circunstancias apun- 
tadas, ven la luz tantos artistas como en la primera. 
La diferencia está solamente en que en la primera 
mitad los hombres que han nacido con aptitudes 
para sentir la belleza y representarla han podido sa- 
car el fruto de ellas, las han desenvuelto natural y 
lógicamente, mientras que los segundos, por causas 
que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al 
mundo su riqueza interior. 

Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando 
no hay razón externa que la explique, á una per- 
versión del gusto, esto es, á la falta de una dirección 
sana y adecuada para los artistas* Creo que el gusto 
es lo que determina la altura que el pintor, el escul- 
tor ó el poeta puede' alcanzar en sus obras. Los ar- 
tistas de las épocas de decadencia han nacido tan bien 
dotados por la naturaleza como los del floreci- 
miento. 

Convirtamos los ojos á la época actual. Exami- 
nando los cuadros que hoy se pintan, las estatuas 
que se esculpen, ó leyendo con atención las obras 
poéticas que se publican, nadie puede echar menos 
con justicia el ingenio, la invención y el estudio. Si 
no en la mayor parte, porque la producción es exce- 
siva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la 
inteligencia de un hombre superior, perfectamente 
dotado por la naturaleza para producir obras bellas 
y duraderas. ¿Por qué no las produce? Sólo por un 



PRÓLOGO 



XI 



error de su inteligencia, por una torcida dirección 
que el momento y el medio en que nació han impre- 
so á su inspiración, en suma, por la falta de gusto. 
Esto es lo qUe se observa hoy, principalmente en el 
cultivo de las artes; ausencia de gusto. To be honest, 
as this world goes is to be one man pick'd out of ten 
thousand, dice Hamlet. Parodif .ido estas palabras, 
bien podemos afirmar que, tal como hoy van las ar- 
tes bellas, tener buen gusto equivale á señalarse, no 
entre diez mil hombres, sino entre cien mil. 

El origen de esta perversión del gusto no debe 
buscarse en circunstancias del momento, en defec- 
tos de escuela trasmitidos de unos individuos á 
otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más 
alto á mi juicio: se halla en el principio mismo que 
ha engendrado la gran superioridad artística del Oc- 
cidente sobre el arte asiático, en el mayor desarrollo 
de la energía individual. Tan cierto es que no hay 
principio verdadero y fecundo que exagerado no se 
convierta en error y en manantial de ruina y que el 
nada demasiado del oráculo griego es la mayor ver- 
dad que se ha dicho hasta ahora en el mundo. 

La mayor energía individual, la afirmación de su 
independencia frente á la naturaleza, produciendo la 
variedad de los caracteres, es lo que ha elevado al 
griego sobre el indio y el arte occidental sobre el 
asiático. En el mundo oriental sólo existen tipos; de 
aquí la monotonía, no privada de belleza y sublimi- 
dad muchas veces, de süs monumentos poéticos. 
Pero aquel principip fecundo para la civilización, y 
singularmente para 1 las artes, que ha engendrado la 
Iliada, el Prometeo encadenado, la Niobé y el Parte- 
non, que más tarde creó las obras portentosas del 
Renacimiento, exagerado en la Europa moderna, sa- 
cado fuera de sus justos límites, ha traído consigo 
el desequilibrio y como resultado la decadencia. La 
energía individual y la independencia exageradas se 
han trasformado en vanidad. Este es el gusano que 



XII 



PRÓLOGO 



roe y paraliza la fuerza de los artistas contempo- 
ráneos. 

Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de 
los que los han imitado en el período del Renaci- 
miento. Un artista, que por sus obras excelentes lle- 
gaba á merecer el título de maestro, reunía en torno 
suyo un grupo más ó menos numeroso de jóvenes 
á quienes revelaba los secretos del arte é infundía su 
propio espíritu, adiestrándolos lentamente para ha- 
cerlos primero sus ayudantes, luego colaboradores 
de sus obras. El discípulo, al cabo, se hacía maes- 
tro, concluía por separarse, pero seguía trabajando 
en la misma dirección y con los mismos procedi- 
mientos, y sin darse quizá cuenta de ello, ni menos 
proponerse romper ningún molde, por la energía de 
su personalidad artística producía obras distintas, 
tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin 
que se desatase el lazo que los unía. Igual fenómeno 
en la literatura. Homero es el gran maestro del 
mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épi- 
cos ó líricos aceden á él para beber su inspiración. 
Esquilo, Sófocles, Píndaro y Eurípides confiesan 
modestamente que viven de las migajas de su mesa. 
Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la li- 
teratura, sus poetas más insignes no se desdeñan de 
llamarse discípulos de los griegos, los estudian con 
veneración y los imitan con complacencia. Nada 
han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. 
La Eneida es una imitación de la Odisea, y sin em- 
bargo hace veinte siglos que embelesa al mundo. 

Decía Sófocles en los últimos años de su vida que 
si había logrado escribir algo bello en su vida, fué 
renunciando á la pompa de Esquilo y también á los re- 
finamientos de arte á que se sentía demasiado incli- 
nado. Estas palabras deben dar que pensar á cual- 
quier artista, porque encierran la más profunda ense- 
ñanza. Cuando los ciclos legendarios de la Grecia ha- 
bían sido ya desenvueltos de un modo maravilloso 



PRÓLOGO 



XIII 



por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que 
parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, 
aventajarle. No hubiera conseguido esto, si guiado 
por el amor propio tratase de superarle buscando 
mayores y más vivos efectos, esforzando las galas 
del lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello 
y permaneciendo fiel á su naturaleza, no trató más 
que de producir obras bellas y perfectas, sin cu- 
rarse de competir en ingenio con su glorioso prede- 
cesor; y por esta modestia y esta moderación llegó 
á ser el más grande de los dramaturgos que la hu- 
manidad ha producido. 

¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un jo- 
ven sabe tener el pincel, la pluma ó el cincel en la 
mano, ya se juzga en la necesidad de crear algo ori- 
ginal, cuando no extraño ó inaudito: se creería hu- 
millado siguiendo la inspiración y los procedimien- 
tos de otro artista, por grande que sea. El negocio 
capital para él no es trabajar bien, sino trabajar de 
un modo distinto que los otros; la originalidad le 
preocupa mucho más que la belleza. Este anhelo 
que hoy se ha apoderado de todas las cabezas, has- 
ta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso 
epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam 
dice: Yo no pertenezco á ninguna escuela; no existe 
maestro vivo de quien reciba lecciones; en cuanto á 
los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo 
cual significa, si no me equivoco: «Soy un majade- 
ro por mi propia cuenta». Este afán desmedido de 
originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos 
dicho, una exageración de la energía individual, un 
desequilibrio, el pecado, en fin, de la soberbia? Triste 
es confesarlo, pero en la torcida dirección que hoy 
siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los 
que las cultivan. El público tiene también una gran 
parte; el público que, en vez de pedirles obras bellas, 
bien meditadas y con destreza concluidas, les exige 
solamente que no se parezcan á los demás, fomen- 



XIV 



PRÓLOGO 



tando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, 
que ha dado vida en los últimos años á esa nube de 
obras extravagantes y ridiculas, donde la impoten- 
cia marcha unida á la vanidad. A la novela, como 
género predominante hoy en la literatura, ha tocado 
la mayor parte de esta viciosa corriente. 



III 



La novela es un género comprensivo que partici- 
pa de la naturaleza de la epopeya, de la del drama 
y que no pocas veces también entra en los dominios 
de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor 
una gozosa libertad, que no disfrutan los que culti- 
van otros géneros más definidos. No sólo se le exi- 
me del lenguaje rítmico, sino de aquellas otras tra- 
bas con que la retórica dogmática ha atormentado 
hasta ahora á los poetas épicos y líricos . La nove- 
la, en su esencia, rechaza toda definición: es lo que 
el novelista quiere que sea. Pero tanta independencia 
trae, como es lógico, aparejada una mayor respon- 
sabilidad: ya que tanto se le perdona al novelista, 
menester es que su invención no desmaye jamás: de 
todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene 
la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, 
de mantener su atención despierta, sujeto su espíri- 
tu por lazos invisibles para hacerle viajar sin sentir- 
lo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acor- 
damos los que escribimos novelas de este primer re- 
quisito de toda composición romancesca! La mayor 
parte de las veces parece que, en lugar de interesar 
al lector y recrear su espíritu, nos proponemos aca- 
bar con su paciencia. 

La composición es el escollo en que tropiezan la 



PRÓLOGO 



XV 



mayor parte de los autores de novelas. Hay bas- 
tantes capaces de representarse la belleza y el inte 
res que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de 
rica fantasía, de penetración y de estilo; pero son á 
mi juicio muy pocos los que en la actualidad saben 
componer un libro. No acontece esto porque la cua- 
lidad de componer sea superior ó más rara que las 
otras, sino porque los autores no fijan en ello la 
atención como debieran. Preguntaban á Newton en 
cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á descubrir 
la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió 
modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas 
pensasen más en la perfección de sus obras y menos 
en ostentar á todo trance las cualidades de que se 
creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que 
aquéllas serían más bellas y duraderas. Para ello lo 
primero que debieran representarse es que una no- 
vela es una obra de arte; por lo tanto, una obra don- 
de la armonía es lo esencial. Esta armonía la en- 
cuentra naturalmente el artista que sabe limitar sus 
concepciones y concentrar los tesoros de su fantasía 
exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada más. 
¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pin- 
tura viva de los pormenores, el sentimiento de los 
matices, la delicadeza para apreciar las relaciones 
más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de pensarlo. 
Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de 
unos contornos precisos. Basta que el novelista 
sienta la necesidad de la claridad y la medida. 

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, 
todo lo que de él proceda ha de ser limitado tam- 
bién. Porque el fondo de la obra de arte, que es la 
belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse 
que su expresión plástica ó conceptiva pueda sus- 
traerse á ellos. La belleza se expresa eternamente 
en la naturaleza de un modo definido, claro, con- 
creto. En el arte debe acaecer lo mismo. Hay mu- 
chos artistas que ignoran esta gran verdad; se figu- 



XVI 



PRÓLOGO 



ran que dejando inciertos los contornos de su obra 
se emancipan de la limitación que constituye su ser, 
se aproximan mejor á la sublimidad y grandeza del 
ideal. Es un error de óptica por el cual se engañan 
á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que 
cuando aparece una de esas obras aparatosas, enor- 
mes, enfáticas, envueltas de vaguedad y misterio, 
con aspiraciones simbólicas y místicas, como mu- 
chas de la escuela romántica pasada y casi todas 
las de los naturalistas, simbolistas y decadentistas 
modernos, el público se estremece, imagina que de- 
trás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, 
que se va á descubrir al fin y contemplar el eterno 
ideal, y corre afanoso á presenciar el milagro; pero 
¡ay! no tarda en volver mustio y desengañado, por- 
que detrás de tanto aparato no ha visto absoluta- 
mente nada. La obra portentosa se hunde muy 
pronto en el olvido, mientras la obra bien definida, 
clara y armónica, como la Odisea, las Siracusanas 
de Teócrito, el Hermann y Dorotea de Goethe, si- 
gue por los siglos de los siglos fresca como una 
rosa, reflejando la inmortal belleza del universo. 

Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en 
la composición de la novela sea equivalente de la 
simplicidad. La novela participa, como ya he dicho, 
de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, 
pero más, á mi juicio, de la última. No es, pues, 
esencial para ella que la acción avance rápidamente 
hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, 
sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose 
á cada instante para referir episodios ó describir 
países y costumbres, á semejanza de los poemas 
épicos; porque, como expresa profundamente Schi- 
11er, la acción para el poeta dramático es el verda- 
dero fin, mientras para el épico (digamos novelista 
en este caso) no es más que un medio para alcanzar 
un objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es 
este objeto absoluto y estético que el poeta épico y 



PRÓLOGO 



XVII 



el novelista persiguen? El mismo Schiller lo descu- 
bre con admirable claridad en otra de sus cartas: 
«La misión del poeta épico es hacer que aparezca 
toda entera la íntima verdad del asunto: no pinta 
más que la existencia tranquila de las cosas y el 
efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, 
en vez de correr impacientemente hacia el término 
de la narración, nos place detenernos á cada instante 
con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de 
pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: 
si siente amor á la claridad y á la medida, clara y 
armónica será su obra, aunque se distraiga á menu- 
do. Nadie osará negar estas cualidades á la Odisea 
y la Eneida, ni al Quijote y el Gil Blas de Santillána, 
á pesar de sus numerosos episodios. Guardémonos 
de confundir la armonía con la simplicidad de la 
acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. 
Es algo más profundo y espiritual que surge espon- 
táneamente de la belleza del asunto y del equilibrio 
en las facultades del novelista. 

No hay para qué advertir que esta libertad se 
halla subordinada á la exigencia ineludible de toda 
obra de arte, que es la de interesar. Los episodios 
han de tener, pues, en la novela, como en el poema 
épico, un valor absoluto é independiente, ó lo que 
es igual, han de ejercer sobre el espíritu la fascina- 
ción que produce la belleza. Si no deleitan, deben 
suprimirse. Como regla empírica de la composición 
(pues me parece impertinente dogmatizar en este 
punto), añadiré que á mi entender los episodios de- 
ben apartarse lo menos posible de la acción prin- 
cipal y guardar con ella una relación secreta, si no 
aparente. Son más plausibles aquellos que á su be- 
lleza absoluta agregan un valor relativo, como es el 
de dar mayor relieve al carácter principal de la obra 
ó producir lo que hoy se llama color local, esto es, 
descubrir el misterioso lazo que une al hombre con 
la naturaleza, á los caracteres con los sitios en que se 



XVIII 



PRÓLOGO 



ejercita su actividad. Casi todos los del Quijote cum- 
plen admirablemente con este requisito. Pero los de 
otros novelistas españoles, como Mateo Alemán, 
Vicente Espinel, Vélez de Guevara, Céspedes, etc., á 
menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya que no 
por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de 
su excelencia, con las novelas de algunos escritores 
extranjeros, como Richardson, Fielding, Dickens, 
Juan Pablo Richter, etc. 

Observaré que esta tendencia á la dispersión se 
ha atenuado mucho en los tiempos presentes. Los 
actuales novelistas gustan más de recoger una ac- 
ción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de 
entretenerse con otras narraciones secundarias más 
ó menos alejadas de la principal, como hacían los 
del siglo pasado y los de la primera mitad del pre- 
sente. En este punto, no obstante, los escritores de 
raza latina se señalan más por su amor á la unidad 
que los germanos y eslavos, inclinados siempre con 
predilección á la variedad. Las obras de estos últi- 
mos se caracterizan por una gran riqueza de ideas 
y sentimientos: en las de algunos de ellos hay tal 
delicadeza de percepción para recoger las relaciones 
más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero 
en general están peor compuestas que las de los 
latinos. Voy á presentar un ejemplo de dos escrito- 
res modernos que ya no existen. Dostoievsky, es- 
critor ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado 
ambos la historia de sus martirios en la prisión 
donde por causas análogas estuvieron encerrados. 
El libro del primero titulado Recuerdos de la Casa 
de los Muertos es más original, su sentimiento qui- 
zá más profundo, su observación sin disputa más 
delicada. En cambio se nota que el autor carece del 
talento de la composición: el libro, á pesar de las 
brillantes cualidades que posee, no puede leerse sin 
cierta fatiga. Por el contrario, la obra del escritor 
italiano titulada Mis prisiones, no tan vigorosa, es 



PRÓLOGO 



XIX 



más pura, más fresca, más equilibrada y está tan 
admirablemente compuesta que ha logrado ser un 
libro clásico leído en todos los países con verdadero 
encanto. 

Relacionado estrechamente con la composición 
se halla el tamaño que á la novela debe darse; por- 
que es punto menos que imposible componer bien 
una de exageradas dimensiones. Parece á primera 
vista insensato señalar límites materiales á una obra 
poética y aprisionar los vuelos del artista, pero es 
más insensato escribir obras descomunales y acusa 
generalmente presunción en los autores y, lo que es 
más grave para ellos, debilidad. El afán desmedido 
de escribir largo significa en muchos casos un deseo 
pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin compren- 
der que el verdadero modo de mostrar fuerza es 
apoderarse del asunto y dominarlo y dominarse á 
sí mismo y poseerse enteramente. De igual modo la 
exaltación, que da origen en algunas ocasiones á 
actos de valor y heroísmo y á rasgos felices en el 
orden espiritual, no indica, según los médicos, un 
sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. 
El autor que escribe largo debe comprender que 
todo lo que gane en extensión su obra lo perderá 
en intensidad, y que no hay asunto que no pueda y 
deba desarrollarse con medida. El Rarnayana, la 
Iliada y la Odisea, epopeyas que reflejan civilizacio- 
nes enteras, que llevan dentro de sí un mundo de 
ideas y costumbres, de sucesos, de noticias científi- 
cas é históricas, no tienen tantas páginas como 
ciertas novelas modernas. Además, si desea ser leí- 
do no sólo en vida, sino después de su muerte (y 
el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), 
no puede ocultársele, á no cegarle la vanidad, que 
para salvarse del olvido no sólo necesita producir una 
obra de belleza excepcional, sino procurar que no 
sea muy larga. El mundo contiene ya tantas gran- 
des y bellas, que se necesita una prolongada vida 



XX 



PRÓLOGO 



para leerlas todas. Pedir al público, así que pase la 
novedad, que lea una producción de exageradas 
dimensiones, cuando tantas otras reclaman su aten- 
ción y su tiempo, me parece inútil y hasta ridículo. 
No doy esto como principio absoluto, porque bien 
puede aparecer una obra de tan subido mérito que, 
larga ó corta, se lea por los siglos de los siglos. 
Sólo me refiero á la producción ordinaria. El ejem- 
plo más notable de lo que afirmo se hallará en el 
célebre novelista inglés Richardson. El autor de 
Clarisa Hárlowe y de Pame/a, que á su ingenio 
admirable, á su exquisita sensibilidad y penetra- 
ción añade la circunstancia de ser el padre de la 
novela moderna, apenas es hoy leído, á lo menos 
en los países latinos. Dada la belleza indisputable 
de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á 
su exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que 
en Francia y España, á fin de que pudieran ser gus- 
tadas, se han publicado algunos epítomes ó com- 
pendios extractando de ellas lo más interesante. 
Tal proceder me parece una verdadera profanación; 
pero á ella se exponen los escritores que no saben ó 
no pueden concentrar las grandes facultades con 
que la naturaleza les ha favorecido. 

Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto 
de la novela. 



IV 



Todo es asunto adecuado para la novela, se dice 
actualmente; toda parte de la realidad, toda fracción 
de la vida reproducida por un escritor inspirado pue- 
de engendrar una novela. Esta afirmación, que consi- 
dero exacta en cierto sentido, sacada de sus justos lí- 
mites y proclamada como principio absoluto ha dado 



PRÓLOGO 



XXI 



origen á la literatura trivial y prosaica que hoy nos 
ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embe- 
llecerse al contacto de toda realidad cuando arroja 
sobre ella una mirada serena; pero no es menos 
cierto que, á más de este elemento puramente sub- 
jetivo, hay en la producción de la belleza otro ele- 
mento objetivo que determina su valor y su fuerza. 
El placer de Velázquez pintando sus Borrachos, ó el 
de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre Lección 
de anatomía, debía de ser grande: es siempre un goce 
contemplar la naturaleza de un modo desinteresado: 
mayor aún poseer la facultad de reproducirla con 
la exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la 
alegría de Tiziano, de Corregió y Rafael debía de 
ser infinitamente más viva, porque estos grandes 
artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los 
otros, no sólo la reproducían con admirable verdad, 
sino que vivían en íntima relación con sus formas 
más puras y elevadas, aquellas en que tía podido 
expresarse con mayor libertad. Y cuando esta na- 
turaleza tropezaba en su desenvolvimiento con al- 
gún obstáculo que la afeaba, estos pintores, guiados 
por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su 
secreto deseo y la ayudaban á expresar claramente 
lo que sólo torpe y confusamente balbucía. 

No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que 
la pluma de un escritor se ejercite. Todos son dig- 
nos, como los oficios en que el hombre cumple con 
la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros ele- 
vados. Quizá esta afirmación parezca anticuada á 
los modernos estéticos, pero la encuentro exacta. 
Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos 
á mí me basta la verdad antigua. El que pinta bien 
la naturaleza muerta, jamás será tan gran artista 
como el que pinta bien la naturaleza viva: quien 
reproduzca sólo las formas más groseras de la vida 
y los movimientos rudimentarios del espíritu, no 
alcanzará la gloria del que sabe evocar y poner en 



XXII 



PRÓLOGO 



conflicto patético las grandes pasiones del alma hu- 
mana. Considero absurda la importancia que hoy se 
da á los que manejan bien los accesorios, lo mismo 
en las artes plásticas que en la poesía. Pintar bien 
el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes 
no es ser un pintor en la acepción más completa 
que nuestra imaginación da á la palabra. Hacer ha- 
blar con propiedad á un rudo gañán, describir con 
exactitud las costumbres de un país no basta para 
merecer el nombre de insigne novelista. Los griegos 
se reían de los pintores de bodegones. 

Tanto creo en la virtud del tema elegido para la 
obra, que un asunto digno y hermoso es el mejor 
hallazgo que un artista puede tener en su vida; es 
ün verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos gran- 
des poetas yacen olvidados por no haber gozado de 
esta felicidad! ¿Qué sería hoy de Cervantes si su in- 
cómoda permanencia en Argamasilla y la relación 
con algún tipo original no le hubieran sugerido el 
carácter de Don Quijote y el de Sancho Panza? Por el 
contrario, han existido escritores que, sin poseer un 
talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la 
inspiración poética que se denomina genio t lograron 
inmortalizarse merced á un hallazgo afortunado. El 
ejemplo más notable que conozco en la edad moder- 
na es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, 
á juzgar por las numerosas obras que ha escrito y 
yacen en el polvo, no rebasaban mucho de la me- 
dianía. Un episodio interesante, tal vez de su vida ó 
de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de 
los dioses mayores de la poesía. La Manon Lescaut 
es una de las obras más bellas y mejor sentidas que 
haya producido el espíritu humano. Acaba de morir 
otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que 
este. El teatro de Alejandro Dumas (hijo) se juzga 
generalmente por los hombres de gusto como falso, 
amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando 
el gusto del público camine por otros derroteros. 



PRÓLOGO 



XXIII 



Sin embargo, en su célebre drama La Dama de las 
Camelias se ha f elevado sobre sí mismo hasta tocar 
en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este 
drama, tan original, tan patético, se respira en él tal 
perfume de poesía mezclado á un sentimiento tan 
profundamente cristiano, que dudo mucho que otra 
producción dramática de este siglo pueda competir 
con ella en el aprecio de los venideros. Semejante dis- 
tancia entre las obras de un mismo autor no puede 
achacarse racionalmente sino á la felicidad de la in- 
vención. No se me oculta, sin embargo, que han 
existido escritores, como Shakspeare y Moliere, ca- 
paces de llegar, no en una, sino en muchas de sus 
obras, á un grado supremo de perfección; pero ob- 
sérvese que Shakspeare y Moliére no inventaban sus 
argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su 
instinto poderoso les hacía comprender lo que aca- 
bamos de afirmar, esto es, que los temas hermosos 
son raros en la poesía, y que á veces un escritor 
mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, 
y que entonces, por bien de la humanidad, es lícito 
arrebatárselos. 

El procedimiento de los escritores contemporá- 
neos es distinto. Cabalgando cómodamente sobre la 
teoría de que toda la vida es digno argumento para 
novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y 
desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos 
tejemos cualquier fábula. Así las novelas ó las obras 
dramáticas resultan, en la mayor parte de los casos, 
sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres 
estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces 
me ha dolido ver escritores de gran talento ejerci- 
tarlo en asuntos ingratos, y he deplorado que les 
hubiese faltado el valor de Shakspeare y Moliére 
para «tomar su bien donde lo hallaren». Este mise- 
rable temor de tratar asuntos ya tratados no lo co- 
nocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y Eurípi- 
des no tuvieron inconveniente en escribir sobre un» 



XXIV 



PRÓLOGO 



mismo tema: sea ejemplo el Filoctetes. Pero nuestro 
amor propio vidrioso, el afán desaforado de origina- 
lidad que nos devora nos hace pensar que quedaría- 
mos deshonrados aceptando el argumento hallado 
por cualquier otro escritor, aunque sepamos sacar 
de él mejor partido. 

Para disimular esta falta de asuntos poéticos que 
es evidente, y producir, no obstante, honda impre- 
sión, los autores más señalados en la actualidad 
apelan á varios recursos que iré examinando, con lo 
cual daré idea sucinta de los vicios de que en mi 
sentir adolece la novela moderna, vicios casi todos 
que pudieran desaparecer fácilmente si en vez de 
formar principal empeño en mostrar al público la 
viveza de nuestro ingenio y la fuerza de nuestra 
imaginación, lo tuviésemos en escribir obras sólidas 
y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás 
Carlyle que la sinceridad es la esencia del hombre 
superior [héroe como él lo llama), y que la ausencia 
de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha produ- 
cido la decadencia del arte moderno. 

Uno de los recursos más socorridos entre los 
novelistas contemporáneos es el que llamaré de 
acumulación. Como quiera que la vida ordinaria 
ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía 
y su exposición sencilla precipita á menudo en la 
trivialidad, como se observa en gran número de 
novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez 
de esperar pacientemente que el espectáculo de la 
vida les depare un asunto adecuado, prefieren tomar 
una parte grande de ella y por el sistema de con- 
densación lograr interés para su obra. Ya no se 
trata, por regla general, de narrar con verdad y arte 
un episodio bello de la historia de un hombre ó la 
historia entera de este hombre cuando es interesante, 
verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un 
minero, y con este motivo y como cosa secundaria 
pintar el medio ó los lugares en que esta vida se 




desenvuelve. Los autores ahora se proponen en pri- 
mer término pintar la vida de los soldados, de los la- 
bradores ó de los mineros, y como accesorio y pretex- 
to para esta pintura la de cualquier individuo de la 
clase. Este procedimiento abstracto no está conforme 
en mi sentir con la naturaleza del arte. Y no basta 
apoyarse en el ejemplo délas epopeyas que resumen 
á veces una civilización entera, porque además de 
ser contadas las obras que merecen tal nombre, el 
poeta no ha perseguido semejante fin general, sino 
uno limitado é individual. Homero ó los rápsodas 
homéricos no se proponen en la Iliada pintar el 
mundu helénico antes de la irrupción de los dorios, 
sino tan sólo la cólera de Aquiles, ni en la Odisea la 
civilización occidental, sino los trabajos de Ulises. 

Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, 
todavía es mas censurable la manera con que se rea- 
lizan. En vez de presentar la vida de tal ó cual país 
ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos 
aparece realmente, oprimido el novelista por el de- 
seo de producir fuerte impresión, exagera, falsea, 
amontona todos los datos que la realidad le ofrece 
dispersos. 

Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas 
recientes y famosas producciones francesas, en que 
se describe la vida de los campos y de las minas, 
para convencerse de que el escritor no las ha obser- 
vado y pintado con sinceridad, sino que ha acumu- 
lado con visible artificio en una comarca todos los 
crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la 
prensa de varios años, acaecidos en los distintos de- 
partamentos de Francia. Por el contrario, en otras 
novelas alemanas, inglesas y españolas en que se 
describe la vida de los campesinos no se encuentra 
más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún 
más falso, pues al cabo los naturalistas se apoyan 
sobre un dato seguro, á saber, que el interés y el 
egoísmo que á la mayoría de los hombres domina 



XXVI 



PRÓLOGO 



se expresa de un modo más brutal y repugnante 
entre las clases incultas. Los novelistas rusos siguen 
por regla general las huellas de los franceses y aun 
los sobrepujan. He leído una producción dramática 
titulada El poder de las tinieblas que, en cuanto á ho- 
rrores condensados, deja atrás á todas las francesas. 
La famosa Sonata de Kreutzer, del mismo autor, se 
propone nada menos que probar que en las relacio- 
nes conyugales, tan santas y dulces en ocasiones, 
nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral. 
Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio 
no desconozco, sigo creyendo que no es todo som- 
bra en la vida y que para pintarla como es real- 
mente precisa arrojar antes la cólera de nuestro co- 
razón, despojarse de toda inquietud y deseo y con- 
templarla sin prevenciones. 

No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de 
la dura ley de la inspiración, sino por nuevo, el pro- 
cedimiento francés es hoy seguido por gran núme- 
ro de escritores en toda Europa. La novedad es una 
de las necesidades más imperiosas que lo mismo el 
público que los artistas sienten en este último tercio 
del siglo XIX. Pocas tendencias me han parecido 
más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea 
insensato vivir en pugna constante con su tiempo, 
aún lo es más abrazarse á él con todas las fuerzas 
del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras 
de los que nos han precedido. El momento actual 
es una etapa del largo y variado desenvolvimien- 
to de la razón humana: tiene importancia capital 
para nosotros, aunque comparado con la histo- 
ria total de ese desenvolvimiento signifique poco. No 
debe, pues, el artista despreciar la época en que ha 
nacido, sino amarla para poder extraer de ella el 
jugo divino de la poesía, que existe en todos los 
tiempos y todos los lugares. Pero el que no sepa á 
la vez unirse con amor á los tesoros de belleza que 
nuestros antepasados nos han legado, ése no llega- 



PRÓLOGO 



XXVII 



rá á sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los 
mejores cantos — dice Telémaco en la Odisea — son 
siempre los más nuevos.» Si se medita un poco se 
comprenderá que las pasiones humanas, primera 
materia sobre la cual trabaja el poeta, no cambian, 
en lo que tienen de fundamental, con el trascurso de 
los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el 
espacio establecen diferencias, no son tan grandes 
comoá primera vista parece. LeemosáLongo,á Teó- 
crito,áApuleyoy nos asombra el observarque la vida 
de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nues- 
tra. Tomamos una novela ó un drama indios, y acae- 
ce lo mismo. Pasamos la vista por la Celestina, pri- 
mer monumento de importancia de nuestra literatu- 
ra novelesca, y advertimos que los burdeles que en 
ella tan admirablemente se descubren son casi idén- 
ticos á los que hoy existen, que sus personajes pien- 
san, hablan, bromean como los que á todas horas 
tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más 
recientes españolas, como la Diana de Montemayor, 
El Español Gerardo de Céspedes, las novelas de 
Lope y de Montalbán y en general todas nuestras 
comedias de capa y espada nos hacen pensar que 
estamos contemplando un mundo diferente, que en- 
tre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aque- 
llos hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué 
significa esto? Para mí no otra cosa sino que los 
unos reflejan con fidelidad su época, mientras los 
otros, no sabiendo extraer de la suya nada intere- 
sante, han preferido fantasearla. 

Con esta última observación se enlaza un asunto 
de capital interés en la composición de la novela: el 
de la verosimilitud. Los modernos novelistas se 
preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud 
á sus invenciones. Opino, sin embargo, que en este 
punto hay también exceso, y que hemos pasado, sin 
razón, de un extremo á otro, de las aventuras estu- 
pendas, increíbles, con que los antiguos narradores 



XXVIII 



PRÓLOGO 



sazonaban sus creaciones, al insulso prosaísmo que 
hoy se advierte. La vida es bella; los hechos tienen 
un valor absoluto. Son estas verdades á las que 
rindo culto lo mismo en teoría que en la práctica. 
Pero debe tenerse presente que los hechos sólo tie- 
nen valor estético cuando son reveladores, cuando 
hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo 
bello. El fenómeno por sí mismo no tiene valor 
alguno dentro del arte. Pero se me preguntará: ¿cuál 
es la diferencia entre los hechos significativos ó re- 
veladores y los que no lo son? Confieso que no pue- 
do responder á esta pregunta. Para mí es un miste- 
rio. La mayor parte de los hechos de que se com- 
. pone la novela de Balzac titulada Eugenia Grandet 
son corrientes, vulgarísimos, prosaicos; no obstante, 
esta novela causa emoción profunda y puede consi- 
derarse como una de las producciones más pere- 
grinas del ingenio de este siglo. Análogos hechos 
en otras novelas nos dejan fríos, si es que no nos 
producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no 
pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso 
sus obras son bellas: con esto basta. Es insensato, 
pues, dictarles reglas sobre el particular: tomarán 
los hechos que les haga falta, y en sus manos ten- 
drán siempre significación. Pero es necesario pro- 
testar contra esa absurda suposición de que sólo los 
sucesos corrientes y ordinarios deben entrar en la 
novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras 
ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor esté- 
tico que su reproducción en el arte no sólo es con- 
veniente, sino necesaria. En este punto es curioso 
lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á 
todos los novelistas. Muchas veces he visto tildadas 
de inverosímiles escenas ó sucesos que no he hecho 
más que trasladar de la realidad. En cambio nadie 
ha encontrado inverosímiles aquellos que he inven- 
tado. Consiste esto en que cuando he presenciado 
ú oído narrar cualquier suceso raro, no he tenido 



PRÓLOGO 



XXIX 



escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso 
que cuando necesito inventarlos procuro alejarme 
de todo lo que parezca extraño é inverosímil. 

Lo mismo el público que los críticos viven ahora 
constantemente alerta contra la inverosimilitud, y 
apenas un pobre autor echa el pie fuera 'del camino 
trillado, caen todos sobre él con el dictado de falso 
los labios. Pero, por lo común, sólo contra la invero- 
similitud material dirigen sus tiros. La inverosimili- 
tud moral se les escapa la mayor parte de las veces. 
Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sen- 
tido y conoce la vida no es menos censurable. Las 
novelas de ciertos autores franceses, dedicados á 
entretener á las clases elevadas, no suelen contener 
grandes faltas de inverosimilitud material; en cam- 
bio contra la moral pecan casi constantemente. Los 
mismos naturalistas son mucho más severos para 
aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que 
tan profundamente conocía la vida y con tal arte la 
desmenuzaba, quebranta no pocas veces la lógica 
moral. Siempre recordaré el triste efecto que me 
causó, en obra tan bella como Eugenia Grandet, 
aquel pasaje en que el abate Cruchot, momentos 
después de llegar el primo de París, propone á boca 
de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar 
por él con objeto de inutilizarlo. Tan atroz falsedad 
me causó más repugnancia que las hazañas de Ar- 
tagnan en Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Du- 
mas (padre). 

Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor 
que el artista puede hacer. La imaginación es la 
maga que trasforma el mundo y lo embellece. Pero 
debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo 
en la realidad, de acercarse á cada instante á la tie- 
rra: cada vez que toque en ella sacará, como el gi- 
gante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un va- 
lor inapreciable que en vano se buscará en las fuer- 
zas de nuestro espíritu. Todas las abstracciones des- 



XXX 



PRÓLOGO 



aparecen ante él: él es el verdadero revelador de la 
esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra 
razón extrae de ellas: á él hay que acudir en última 
instancia para fundar todos los juicios y recrearse 
con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin reserva 
ese respeto que los buenos novelistas modernos 
sienten por la verdad y el cuidado con que evitan 
el falsearla, aunque sea en los ínfimos pormenores. 
Pero creo al mismo tiempo que se concede exage- 
rada importancia á la exactitud de lo que pudiéra- 
mos llamar, á ejemplo de los pintores, accesorios. 
No hay que olvidarse de que la verdad moral, la del 
sentimiento, la del carácter, es la que se halla ple- 
namente en los dominios del poeta, y su responsa- 
bilidad principal estriba en el uso que haga de ella. 
Antiguamente los novelistas tenían licencia para 
lanzar toda clase de disparates científicos ó históri- 
cos. Se exige hoy, con razón, que sea instruido y 
se ajuste á las verdades descubiertas. Pero hemos 
pasado á la exageración contraria: con el más insig- 
nificante error, no sólo físico, histórico ó matemáti- 
cas, sino de indumentaria ó arqueología, se nos da 
en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide que 
seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos es- 
critores que conocen las manías de la crítica y se 
esfuerzan en darle gusto, no sólo se guardan de 
estos errores, sino que cada vez que tocan algún 
punto de política ó administración, de artes, oficios 
ó modas, endilgan verdaderos y sapientísimos cur- 
sos acerca de ellos. El lector bosteza, pero ¿qué im- 
porta, si el crítico se extasía y se encara con la ple- 
be ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, 
piensen estos señores lo que quieran, la exactitud 
no es la primera obligación del artista, sino la de 
hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más 
grande poeta porque pensase que el río Océano ro- 
deaba á la tierra. 

Este deseo anhelante de escrupulosidad que aprue- 



PRÓLOGO 



XXXI 



bo en principio ha engendrado la necesidad de bus- 
car modelo para todo lo que se está ejecutando. Los 
pintores no dan una pincelada ni los escultores po- 
nen los dedos sobre el barro sin tener el modelo de- 
lante. A su ejemplo, los novelistas modernos llevan 
en el bolsillo una cartera para apuntar cuanto ven 
y oyen. A. todos les parece el colmo de lo absurdo 
trabajar de memoria. Y, sin embargo, entre los 
grandes artistas de los pasados siglos esto era lo 
corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos 
para los millares de figuras que ha pintado. La 
prueba de que pintaba de memoria hasta los paisa- 
jes es que existe uno suyo en el cual la luz procede 
de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin em- 
bargo, el paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni 
Moliere, ni Balzac han presenciado las escenas que 
trazan ni conocido los caracteres que estudian. 
Schiller confiesa que, dada su vida retirada y traba- 
josa, tenía muy pocas ocasiones de observar á los 
hombres. El modelo será, pues, necesario, pero con- 
fesemos que es signo de impotencia. El pintor, 
cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva 
impresa en su cerebro la naturaleza; le basta haber 
visto un objeto para poder trazarlo con mano segu- 
ra, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El 
poeta no necesita siquiera esta visión. Lleva en sí 
mismo el alma entera de la humanidad y un leve 
signo le basta para adivinar la de cualquier hombre. 
En él y en el santo es donde mejor se expresa la 
profunda identidad de los seres; por eso ambos 
conocen intuitiva, directamente, sin necesidad de 
experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis 
faltas muy graves — decía San Juan de la Cruzá sus 
oyentes.— ¿Ignoráis que vuestras almas forman par- 
te de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos 
en el mundo: en Dios, nuestro origen común, somos 
un solo ser y vivimos de una misma vida.» 

Para aquellos novelistas en quien la imaginación 



XXXII 



PRÓLOGO 



no ha llegado á tal grado supremo de viveza que 
permita escribir sin la observación atenta de todos 
los días, el modelo, el dato real es de absoluta nece- 
sidad: pero como ayuda poderosa para su fantasía, 
me atrevo á aconsejar el estudio no práctico, sino 
contemplativo de las artes plásticas. El novelista 
debe frecuentar los museos de pintura y escultura 
para acostumbrarse á escribir por medio de imáge- 
nes claras y precisas. Además es una manera de 
contrarrestrar la funesta manía de los análisis psi- 
cológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy 
nos domina. Ni Cervantes, ni Shakspeare, ni Mo- 
liere han necesitado tanta página larga y nutrida 
para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo 
vivo y grabarlo profundamente en nuestra me- 
moria. 

Es de justicia, sin embargo, manifestar que la 
novela moderna, si bien ha tropezado en estos fasti- 
diosos análisis que la afean, ha logrado evitar un 
escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos 
maestros, y es el de las reflexiones . No hay nada 
más perjudicial á la belleza de una novela que esa 
filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos 
novelistas sazonaban sus producciones. El interpre- 
tar á cada paso el oculto sentido de los sucesos que 
se narran y desentrañar su significación es inso- 
portable y choca con los principios fundamentales 
del arte. En la novela no es el autor quien debe ha- 
blar, sino los hechos y los caracteres, y si alguna 
filosofía se desprende de ella, que el lector la saque 
por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela 
cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es 
afear las novelas y exponerse además á que un crí- 
tico haya dicho con razón que su filosofía es la de 
un viajante de comercio. 

Otro mérito grande de la moderna escuela natu- 
ralista es, á mi ver, la importancia que concede á la 
descripción de la naturaleza, anudando de este modo 



PRÓLOGO 



XXXIII 



el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto 
durante tanto tiempo en la literatura. Desde los 
poemas indios y griegos no se ha cantado con tanto 
entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el 
paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como 
lo hacen hoy los naturalistas franceses. Han adqui- 
rido tal maestría en este género, su idioma claro y 
flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya im- 
posible alcanzar una visión más viva y penetrante 
del mundo que nos rodea. No se pueden leer las 
novelas de Flaubert, sobre todo, sin sentirse subyu- 
gado por aquella dicción pura y pintoresca que 
hace surgir ante nuestra vista tanta imagen gracio- 
sa, tanto cuadro brillante. Sin embargo, se ha abu* 
sado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel 
maestro han llevado su amor por la descripción á 
tal extremo que los caracteres y las situaciones ape- 
nas pueden verse entre su espeso follaje. Todas las 
artes tienen límites trazados por su misma natura- 
leza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar 
estos límites, viene su ruina. El abuso de la descrip- 
ción en las obras literarias significa una intrusión 
de la pintura en los dominios de la poesía. Nadie 
ignora lo nocivo que es para las artes estas intru- 
siones de unas en otras. Por violentar la escultura y 
obligarla á expresar lo mismo que la pintura, se la 
ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por 
obligar á la música á expresar ideas concretas que 
sólo está reservado para la poesía, presenciamos con 
dolor su decadencia. Hay que temer que la preocu- 
pación de los fondos no produzca al cabo también 
una literatura débil y amanerada, como ha sucedido 
en la pintura. Actualmente en ésta se representan 
de un modo maravilloso los pormenores, ropajes, 
muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien 
las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, 
Franz-Hals, Velázquez, Tiziano, por el contrario, 
eran sobrios en las ropas y demás accesorios, y con- 



XXX IV PRÓLOGO 



centraban su atención y sus facultades en aquéllas. 
Además, la descripción exagerada significa un pre- 
dominio de la sensualidad, ó sea del elemento fisio- 
lógico en la poesía, lo mismo que el abuso de la 
armonía en la música. Las descripciones brillantes 
de los naturalistas lisonjean la imaginación, facili- 
tándole el trabajo, pero sus novelas rara vez dejan 
una impresión honda en el espíritu. De igual modo 
las sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela 
deleitan el oído, pero no sacuden nuestra alma como 
la voz elocuente de Beethoven ni la hacen pasar al- 
ternativamente de la tristeza á la alegría como la 
musa encantadora de Haydn. 

Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y 
las figuras y en general entre todos los elementos 
de la composición es preciso acudir á los griegos. 
Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas 
las bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la 
mayor riqueza unida á la mayor sobriedad, de re- 
presentar en el arte las profundas armonías que 
existen en el mundo real. Lo poco que nos ha lle- 
gado de ellos en el género novelesco es de tan sólido 
valor como su arquitectura, su escultura y su tra- 
gedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre 
novela de Longo Dafnis y Cloe. En ella pueden verse 
reunidas todas las perfecciones del género. Una fá- 
bula sencilla, interesante; caracteres /observados con 
delicadeza y presentados sin artificio; pinturas ex- 
quisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las 
costumbres; un estilo noble y trasparente. Todo 
forma en esta admirable creación un conjunto ar- 
mónico de encanto irresistible. Cada palabra es una 
pincelada, cada oración una imagen, cada página 
un cuadro brillante que no se borra jamás de la 
imaginación. ¡Qué vena de fácil inspiración corre 
por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las des- 
cripciones! ¡Qué naturalidad en la dicción! ¡Cuán le- 
jos nos hallamos del énfasis moderno! Yo no aspiro 



PRÓLOGO 



XXXV 



á otra gloria en mi arte que á la de llamarme hu-. 
milde discípulo de esta obra inmortal. 

Quizá parezca ridicula esta aspiración á la críti- 
ca moderna ó la juzgue como una extravagancia. 
Es posible que las reflexiones que anteceden se con- 
sideren como la expresión de un espíritu incapaz de 
apreciar ni comprender siquiera el primor, la pom- 
pa, el pensamiento profundo y la fuerza de la no- 
vela contemporánea. Sé que mis humildes observa- 
ciones en nada influirán para modificar el gusto 
dominante. Nada de esto me mortifica; primero, 
porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo 
sobre mi época, y segundo, porque para cambiar 
mis opiniones sería preciso que se cambiase mi na- 
turaleza, lo que es imposible. Pero nadie debe ex* 
trañar que allá en mis horas de sueño imagine que 
dentro de algunos años la Europa, fatigada de tanta 
exageración, tanta deformidad, tanta mentida ori- 
ginalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina 
del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza 
serán tenidos por espasmos de un sistema nervioso 
debilitado, se dirá que nos placíamos en las pintu- 
ras de las enfermedades físicas y morales porque 
estábamos enfermos de alma y de cuerpo, que nos 
sentíamos atraídos hacia lo deforme y monstruoso 
porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y 
amábamos la paradoja porque nuestro ser era pa- 
radójico. Y dejando las sendas tortuosas por don- 
de caminan y abandonando los altares de las Fu- 
rias donde ahora sacrifican, los artistas futuros mar- 
charán al cabo por la vía de la moderación, signo 
de la fuerza, á depositar los frutos de su ingenio á 
los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me con- 
cede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la 
tierra prometida! Si así no fuere, todavía me con- 
suela la idea de que alguno habrá que al leer estos 
pobres renglones aprobará su espíritu y me otorga- 



XXXVI 



PRÓLOGO 



rá su simpatía. A ese lector benévolo, después de 
saludarle cordialmente, le diré como el sabio Yájña- 
valkya á Artabhága, en el Br alimaña de los cien sen- 
deros-. «Dame tu mano, amigo; este conocimiento 
no está hecho más que para nosotros dos». 





. 1 

%1 viajero. 




ucedía esto allá en Cádiz, en una 
taberna del Campo del Sur, no le- 
jos de Capuchinos, frente al mar 
Océano. 



Para entrar en la tienda era menester su- 
bir tres escalones. Cerca de la entrada, á mano 
izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la 
gran estantería repleta de botellas. A un lado 
toneles y barriles y terciados sobre éstos va- 
rios zaques de vino. En el fondo tres aposen- 
tos separados por sendos tableros pintados de 
amarillo que no llegaban al suelo. Había gente 
bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor 
de plática alegre y chasquido de vasos. 

La tienda estaba sola, débilmente esclareci- 
da por una lámpara de petróleo colgada sobre 



i 



ARMANDO PALACIO VALUES 



el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo 
calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos 
grandes, negros, aterciopelados, no se aparta- 
ban de la puerta explorando tenazmente las ti- 
nieblas de la calle. Era una espléndida anda- 
luza de carnes opulentas, blancas, sonrosadas, 
de negra y ondeada cabellera y expresión gra- 
ve y melancólica, como la de las mujeres ára- 
bes. Por la amplitud de sus formas parecía mu- 
jer de treinta años; pero examinando su rostro 
de cerca observábase en él la frescura y tras- 
parencia de la infancia. Debía de ser mucho 
más joven de lo que aparentaba. Vestía traje 
sencillo de percal azul con pañuelo negro de 
seda anudado á la espalda, los cabellos sencilla 
y graciosamente peinados, los brazos un poco 
más fuertes y macizos de lo que exigiría un es- 
cultor, pero blancos é incitantes de todos mo- 
dos, remangados hasta más arriba del codo; 
la fresca, mantecosa garganta al aire también. 
Las líneas suaves de su rostro ovalado, la pu- 
reza de su perfil acusaban alma sencilla y 
bondadosa; pero en el mirar fijo de sus ojos 
profundos había señales evidentes de un carác- 
ter pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero 
les faltaba poco. 

Un caballero subió rápidamente las escaleras 
y entró en la tienda. Era un mozo corpulento, 
de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo la- 
bio superior apenas se distinguía leve bozo 
rubio. 

— ¡Soleá! — exclamó al entrar, con visible y 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



3 



placentera emoción extendiendo sus manos á 
la tabernera. 

Ésta se alzó de la silla y le miró un instan- 
te con más sorpresa que alegría. Era casi tan 
alta como él y casi tan corpulenta. 

— ¡Manolo! — dijo al fin bastante fríamen- 
te. — ¿De dónde sales? 

— ¿De dónde salgo?... Pues deliren, y antes 
de una fementida tartana que me ha des- 
parramao los huesos por el cuerpo... Pero 
choca, criatura. ¿Es que no quieres darme la 
mano? — añadió poniéndose serio repentina- 
mente. 

— ¿Por qué no? — dijo ella extendiendo su 
mano regordeta por encima del mostrador. 

Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas 
y la retuvo, mirando á la joven en silencio con 
intensa expresión de cariño. Ella apartó los 
ojos con señales de malestar y dijo afectando 
indiferencia: 

— ¿Y qué dejas por Medina, niño? 

Al mismo tiempo tiró suavemente de su 
mano. Manolo, sin soltarla, profirió en voz baja 
con acento apasionado: 

=Déj amela siquiera un minuto. ¡Cinco me- 
ses hace ya que no la toco! 

— ¡Un siglo! — exclamó la tabernera con son- 
risa apenas perceptible, echando al mismo 
tiempo una mirada recelosa á la puerta. 

Manolo advirtió esta mirada y, soltando 
bruscamente la mano, preguntó: 

— ¿Y Velázquez? 



4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Tan . bueno — respondió poniéndose leve- 
mente colorada. 
— ¿Está fuera? 

—--Sí, después de almorzar ha salido y aún 
no ha vuelto. 

El joven se sentó en una silla que había de- 
lante del mostrador, apoyó el codo sobre éste 
y con la mano en la mejilla quedó sombrío y 
silencioso. Soledad, al cabo de un rato, le pre- 
guntó con amabilidad: 

— ¿Hace mucho tiempo que no has visto á 
mi madre? 

— No la he visto hace un siglo... ¡ni ga- 
nas ! — respondió con reprimido acento de 
cólera, puestos los ojos en el techo. 

Soledad le contempló fija y severamente 
largo rato; luego, alzando los hombros, hizo 
una leve mueca de desdén. Manolo adivinó 
esta mueca sin verla y volviendo su rostro tur- 
bado: 

— Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu 
madre me ha hecho mucho daño. 

— ¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de 
mi madre no se ha metido en nada. Si hay en 
lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; 
no se la eches á nadie. 

— ¡Está bien! — exclamó el joven con sonri- 
sa triste. — ¡Ni siquiera me quieres dejar esa 
ilusión! 

La tabernera iba á contestar, movió los la- 
bios para hacerlo, pero se contuvo; hizo un 
gesto de indiferencia y guardó silencio. Mano- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



5 



lo volvió á su actitud sombría. Al cabo de un 
rato profirió secamente: 
— Dame un medio. 

La tabernera dejó la media sobre el mos- 
trador, se levantó en silencio y después de sa- 
car un vaso y fregarlo reposadamente en la pi- 
leta, lo llenó de manzanilla. Manolo lo apuró 
casi de un tope. Soledad le clavó los ojos con 
curiosidad un instante y volvió á sentarse. 

Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escu- 
cháronse las notas dulces de la guitarra y poco 
después llegó á sus oídos una soled entonada 
á media voz por un hombre. 

— ¿Quién está ahí? — preguntó Manolo. 

— Los de siempre. 

— ¿Y quiénes son los de siempre? 

— Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de 
Chiclana, María-Manuela, Paca la de la Parra, 
Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael. 

— ¿Y en el otro cuarto? 

— Marchantes que juegan al rentoy. 

Hubo una pausa y Manolo volvió á decir: 

— Dame otro medio. 

Con la misma calma y silencio, Soledad se 
levantó de nuevo y escanció otro vaso, que el 
joven apuró instantáneamente. 

— La noche en que murió tu padre — profirió 
al cabo de largo silencio con voz poco segu- 
ra — fui á despertar á mi pobre madre- que ya 
dormía; me senté á su cabecera y llorando co- 
mo un niño le pinté vuestra situación, le puse 
delante el cuadro terrible que acababa de pre- 



6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



senciar. ¡Qué cosas le diría que al poco rato vi 
rasados sus ojos con lágrimas!... Aprovechando 
aquel momento de blandura me puse de rodi- 
llas y le dije: — ¡Por Dios, mamá, por los dolo- 
res que has pasado para echarme al mundo, 
no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... 
Y aquella mujer tan orgullosa me besó en la 
frente y me dijo al oído: «Tráela cuando 
quieras á casa, hijo mío». Me fui tambaleando 
á la cama como un beodo y no pude dormir. 
Cuando tuve ocasión para comunicarte la noti- 
cia, vi tu semblante alterado y huiste á ocul- 
tarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te 
ahogaba, cuando era el remordimiento... 

Soledad hizo un gesto de impaciencia. 

— ¡Quién se acuerda ya de esas historias, 
Manolo! Tú y yo no habíamos nacido el uno 
para el otro. 

— Cuando volvíamos del entierro — prosiguió 
el joven como si no hubiese oído— me empa- 
rejé con Velázquez, hablamos de vuestra situa- 
ción, le di las gracias por lo que había hecho, 
considerándome ya de la familia, y le dije mi 
proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque 
le abrí el corazón por completo y le enteré de 
todos los pormenores de nuestro noviazgo. Él 
aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, 
elogiaba mi conducta y hacía votos por mi fe- 
licidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir dos ó tres 
veces... ¡Qué papel me has hecho representar, 
Soleá! 

Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



7 



— No te acuerdes más de eso. 

— No lo traigo á la memoria para echártelo 
en cara. Lo hago únicamente para que me per- 
dones lo que he dicho al hablar de tu madre. » 
Aunque me jures lo contrario, seguiré creyen- 
do que ha tenido la mayor parte de la culpa. 

— Te engañas. Mi madre no ha hecho más 
que mostrarse agradecida á los favores que ese 
hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el 
diablo... 

— El diablo seguramente, porque me han 
dicho que te hace muy desgraciada. 

— ¡Falso! — profirió la joven vivamente. — 
Me hace la mujer más feliz de la tierra. 

Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, 
ocultando un momento la cara entre las ma- 
nos. Luego dijo esforzándose por sonreir: 

— Me alegro, me alegro con toda mi alma. 
Sería un villano si otra cosa hiciese. Porque yo, 
al fin, te ofrecía una posición honrosa en el 
mundo, mientras él te ha colocado en una si- 
tuación bien triste... 

— Pero si yo me alegro de esa situación — 
interrumpió Soledad con tonillo colérico. 

— ¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en conven- 
cerme — respondió él con amargura. — Sólo 
hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y 
un poco egoistilla; pero así y todo no mereces 
que te hagan desgraciada . Con todos esos de- 
fectos te haces, sin embargo, quer^t . ¿Sabes 
por qué?... Por la inocencia... Eres una niña. 
Tu terquedad, tus caprichos y hasta tu egoísmo, 



3 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. 
Me has hecho traición, me clavaste el puñal en 
el pecho y le has dado vueltas cuando estaba 
dentro. Pues no te guardo rencor: me has mar- 
tirizado como los chicos martirizan á los pája- 
ros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó á 
mis oídos que no te trataba bien, que te hacía 
desprecios delante de la gente, me puse enfer- 
mo de rabia, como si fueses cosa propia, como 
si jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar 
de mi resentimiento fui á ver á tu madre y por 
desgracia ésta me confirmó en lo que había 
oído... 

— ¡Qué sabe mi madre lo que dice! — excla- 
mó la joven con creciente irritación. 

— Sí; he podido averiguar que no sólo te ha- 
cía desprecios, sino que ha llegado á levantarte 
la mano... 

— ¿Ha dicho mi madre eso? — preguntó ella 
vivamente con el semblante demudado. 

— No, no — se apresuró á responder el jo- 
ven. — No te dispares, niña. Tu madre sólo m( j 
ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores 
los he sabido por gente de Medina que ha es- 
tado aquí. 

— ¡Bah! — exclamó ella con una mueca de 
desprecio. — ¡Quién ataja las malas lenguas!... 
¿Sabes lo que es eso, querido? — añadió in- 
clinándose hacia él y dejando la calceta sobre 
el mostrador. — Pues es que hay muchas en 
Medina á quienes la envidia les come las en- 
trañas. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



9 



Manolo la miró fijamente con sorpresa. Lue- 
go, sonriendo dijo: 

— ¡Qué engreída estás, Soleá! 

Esta se ruborizó y volvió á coger la calceta. 

— No es nuevo en ti eso — siguió él. — Lo 
mismo con amigas que con novios, siempre has 
sido propensa á los engreimientos repentinos... 
A mí también me ha tocado mi cachito, ¿ver- 
dad?... Pero el de ahora va durando demasiado... 

Soledad guardó silencio. Él también calló. 
Largo rato escucharon distraídos, melancólicos, 
los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba 
en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. 
Las bromas desvergonzadas y los dichos agu- 
dos con que los alegres compadres entrevera- 
ban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba 
poniendo á cada instante más serios y reflexi- 
vos. Soledad no apartaba los ojos de los puntos 
de la calceta. Manolo, con la cabeza echada 
hacia atrás, los tenía puestos en el techo. Al fin, 
haciendo un esfuerzo para sacudir el letargo y 
cambiando de postura, dijo resueltamente: 

— Echame vino, que me voy. 

La tabernera cumplió la orden con igual si- 
lencio. Manolo apuró el vaso, como lo había 
hecho antes, y puso una moneda sobre el mos- 
trador. Soledad abrió el cajón, sacó la vuelta y 
la colocó á su lado. 

— Está bien —dijo metiéndola en el bolsi- 
llo. — Me voy, hija mía, que me esperan. 

Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia 
Soledad. 



10 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano? 

Y así que la tuvo cogida manifestó riendo: 
— Dispensa, querida, la matraca que te he 

dado. Alguna que otra vez me suelen atacar 
estos arrechuchos y entonces me pongo insopor- 
table, lo conozco; pero en seguidita me pasan 
y entonces no soy mal chico, ¿verdad, tú? Lo 
único que te pido es que sueltes á escape esa 
cara de regidor ofendido y no me la vuelvas á 
enseñar en la vida. Ríete, lucero, que cuando 
tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche . 
Y si otra vez me pongo guasón, como hace 
poco, me dices: « Manolo, cierra el pico y déja- 
me el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi 
alma, me das un lapo con esta mano rica 
que beso con tu permiso... y con el del dueño del 
establecimiento. 

Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cua- 
tro besos. Soledad la retiró riendo. 

— ¡Siempre el mismo! 

— ¡Eso es! ¡Siempre el mismo! — repuso él le- 
vantándose. — ¡Siempre queriéndote como un 
babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Vir- 
gen del Carmen y la Santísima Trinidad y el 
copón y la hostia!... 

— ¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandar- 
te á la miga. 

— ¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. 
Soy tu amigo hasta la muerte. ¿Verdad que soy 
tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dique sí, man- 
teca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, 
muchos, muchos besos! Y á Velázquez... á Ve- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



II 



lázquez que se lo coman los lobos — añadió sol- 
tando la carcajada y saliendo por la puerta 
como un huracán. 

Al poner el pie en la calle, aquel relámpago 
de alegría ficticia se apagó repentinamente. El 
alma del viajero quedó negra como la noche. 
Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos 
codos en el pretil de la muralla y contempló 
con ojos extáticos la inmensidad del mar. La 
bóveda del cielo alta y tachonada de estrellas 
se hundía en las tinieblas del horizonte. Deba- 
jo de ella, las olas inmóviles se extendían como 
una masa opaca donde sólo de vez en cuando 
brillaba la tenue luz fugitiva de un astro. La 
brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores 
marinos. Permaneció así largo rato, abstraído, 
enteramente emboscado en las memorias de 
otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar 
sus ojos que la frescura de la brisa, sin duda, 
había mojado, y murmuró con su habitual son- 
risa bondadosa: 

— ¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco! 

Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo 
avanzado un poco sintió los pasos de un hom- 
bre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el 
pretil para ocultarse en la oscuridad. Al llegar 
cerca del farol, lo conoció. El hombre se detu- 
vo delante de la tienda, subió resueltamente 
los escalones y entró en ella. El rostro del joven 
viajero se contrajo fuertemente . Miró un ins- 
tante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó 
á paso largo. 



II 




os grandes ojos negros de la ta- 
bernera brillaron. 

— ¡Cuánto has tardado! — ex- 
clamó levantándose. 

Sin contestar despojóse el hombre de su capa 
y se la entregó diciendo: 

— Limpíala, que el señor de Roda me la ha 
llenado de vino. 

Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años-, 
bajito, menudo, moreno, con barba negra 
sedosa, las facciones correctas, los ojos negros 
de una expresión resuelta y altiva. Había en 
su rostro atractivo. La figura, aunque exigua, 
proporcionada, y denotaba agilidad y brío. 
Vestía chaqueta corta, sombrero cordobés de 
alas rectas, pantalón ceñido, faja de seda en- 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



carnada y camisa bordada con botones de dia- 
mantes: todo rico y esmerado, y mostrando no 
sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso 
de su persona y quizá un poquito pagado de ella. 

— ¿Y Joselillo? — preguntó. 

— Pues se fué hace ya bastante rato por 
unos frascos de ginebra y aún no ha venido. 

— ¡Valiente niño! Me parece que esta noche 
le voy á mandar calen tito á la cama... Ya van 
muchas. 

Soledad se había acercado á él y daba 
vueltas en torno suyo, contemplándole con ojos 
amorosos, examinando minuciosamente el es- 
tado de su traje, quitándole el polvo con leves 
palmaditas. 

— ¿Has caminado mucho? 

— Por toas las vereas del universo mundo 
me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y too pa qué? 
Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos 
allá donde Cristo dió las tres voces... ¿Ha veni- 
do Espinosa? 

— Ño; ahí no están más que Antonio, Pepe, 
Frasquito y su tío... ¡Ah! también acaba de salir 
Manolo, pero no ha estado en la reunión. 

— ¿Qué Manolo? 

— Manolo Uceda — repuso ella ruborizán- 
dose. 

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y 
la miró fijamente. Su rostro adquirió luego una 
expresión de burla. 

— Supongo que te habrá cantado alguna 
trova nueva y divertida. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



15 



— Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo 
de siempre... Pero me ha prometido no darme 
más jaqueca. 

— ¡Déjalo, hija mía! — exclamó haciendo un 
gesto desdeñoso. — Déjalo que se desahogue... 
¡Si á mí no me importa! 

— Es que, si no te importa á ti, me importa 
á mí — manifestó ella secamente, herida por 
aquel gesto. 

— ¡Allá tú! — repuso el guapo, disponiéndo- 
se á entrar en el cuarto de la reunión. 

Soledad le dejó partir mirándole fijamente, 
pero antes de llegar á la puerta le llamó: 
— ¡Velázquez! 

— ¿Qué hay? — preguntó él volviendo la ca- 
beza. 
-Ven. 

El dueño se acercó. 
— ¿Qué se ofrece? 

Soledad le cogió de la mano, le condujo sua- 
vemente hasta el ángulo más oscuro de la 
tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo: 

— Se me ofrece esto. — Y al mismo tiempo 
cubrió de apasionados besos su rostro. 

El guapo se dejó besar con condescen- 
dencia. 

— Basta, basta — dijo al cabo apartándola 
suavemente. — ¡Que me vas á gastar la figura^ 
hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar 
en ná — añadió riendo. 

— Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz T 
el Puerto, San Fernando y el arsenal no va- 



i6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



len lo que este bigotito negro tan suave como 
la seda. 

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, 
clavándole al mismo tiempo una mirada de 
adoración infinita. 

— ¡Quita allá, zalamera! — repuso él dándole 
una palmadita afectuosa en la cara y apartán- 
dose. 

— No entres todavía — respondió ella tirán- 
dole de la manga de la chaqueta. 

— ¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para 
luego! 

Y con una leve sacudida se zafó, empujó 
la puerta y entró en el pequeño comparti- 
mento. Ella, después de permanecer un ins- 
tante inmóvil, fué á sentarse detrás del mostra- 
dor, cogiendo de nuevo la calceta. 

— ¡Ole por el patrón de la barca! — gritó 
uno dentro. 

— A la paz de Dios, señores — dijo Veláz- 
quez sentándose en la silla que le ofrecían. 

— ¿Y de dónde viene el hombre á estas ho- 
ras? — preguntó una joven morena, de faccio- 
nes abultadas, graciosa y ruda á la vez. 

— De la calle. 

— ¿De veras, chiquillo? 

— De veras, María-Manuela. 

— Toma una caña por la gracia. 

— Venga la caña. 

Velázquez echó al aire el contenido, lo re- 
cogió con singular destreza y lo vació después 
en la boca sin perder una gota. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



17 



— ¡Eso sabrás tú hacer, desaborío! — exclamó 
María-Manuela. 

— En mis buenos tiempos sabía algunas co- 
sas más — manifestó el majo limpiándose con 
calma los labios. 

— Pronto has venido á menos. 

— Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan 
buena vida como Antonio, estaría mejor con- 
servado. 

Todos los rostros se volvieron sonriendo 
hacia el aludido. Este era un hombre joven 
aún, pero en el cual la vida crapulosa había 
dejado tales huellas que se le tomara por vie- 
jo. El cuerpo flaco, el rostro manchado con 
abundante cosecha de granos, el pelo ralo y 
las cejas lo mismo. Sin turbarse poco ni mucho 
con las miradas de la reunión, dijo gravemente 
tomando una caña: 

— Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena 
suerte tendrá la que goce de la flor de mi ju- 
ventud! 

— ¿Qué dices á eso, María-Manuela? — pre- 
guntó riendo el señor Rafael. 

— Que tiene muchísima razón. Yo jamás he 
conocido su juventud. 

— María- Manuela y yo — manifestó con la 
misma gravedad Antonio — nos hallamos en 
los primeros tiempos del amor en que se goza 
con una nada, en que cualquier friolerilla le 
levanta á uno hasta el cielo y le hace soñar 
toda la noche. Hasta hace dos meses no me 
atreví á decirle que la quería sino con los ojos; 



l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ya lo habrán ustedes notado. El viernes pasa- 
do me dio un rizo de pelo. Pensé que me vol- 
vía loco de alegría... Fué la tarde en que les 
pagué á ustedes la merienda y unas cuantas 
botellas de amon tillado... 

— ¡Mentira! ¡mentira! — gritaron todos á un 
tiempo. — ¡No has pagado nada! 

— ¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mis- 
mo da. De todos modos, yo estaba muy alegre 
aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de 
pagarlas y dinero, seguramente las hubiera pa- 
gado. No hay momentos más felices que estos 
en que el hombre todavía no ha perdido la ti- 
midez. No me da vergüenza confesarlo. Ayer 
me concedió por primera vez María-Manuela 
un beso. 

— ¡Oooooh! ¡Uuuuh! — rugieron los alegres 
compadres. 

— ¡No hay que asustarse, señores! Fué en la 
mano solamente. Pero, así y todo, cuando se lo 
di, faltó poco para desmayarme. No sé qué in- 
fluencia misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, 
que el contacto de un dedo suyo me hace tem- 
blar. 

— Oye tú, guasón — interrumpió María- 
Manuela con acento irritado, — ¿quieres callarte 
ya ó te estrello este vaso en las narices? 

Antonio se detuvo, paseó una mirada en 
torno y dijo bajando la voz: 

— Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se 
sepa que le he besado la mano pone fuera de 
sí á la pobrecilla. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



19 



— ¡Aguarda, arrastrao! — exclamó exaspera- 
da la morena abalanzándose á él. 

— ¡Socorro! — gritó Antonio haciendo ade- 
mán de meterse debajo de la mesa. 

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. 
No pudiendo echarle mano, volvió á sentarse y 
desahogó su cólera en un torrente de palabras 
feas y maldiciones que al cabo concluyeron por 
alterar los nervios de la otra mujer que allí 
había. 

Era una muchacha de pocas carnes, morena 
también, de nariz un poco larga, boca peque- 
ña, ojos negros expresivos y hermosa cabelle- 
ra, cuyos rizos le caían por la frente en gracio- 
so desgaire. A esto contribuía el que la joven, 
ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la 
mano de ellos atusándolos, retorciéndolos, mar- 
tirizándolos sin tregua, lo mismo cuando habla- 
ba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía 
con rara perfección. Cuando guardaba silencio 
parecía la estatua de la atención. Con la cabe- 
za echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos 
de uno á otro interlocutor absorbiendo sus pa- 
labras, su actitud y sus gestos como si se tra- 
tase de fijarlos en la memoria para siempre. 
Cuando hablaba, sus palabras fluían de la boca 
raudas, interminables, con un dulce acento 
persuasivo que cautivaba y adormecía. El gra- 
cioso dejo de su charla andaluza realzado por 
una voz melodiosa como pocas obligaba á es- 
cuchar con placer las mil sentencias y graves 
consideraciones en que abundaba su discurso. 



20 



ARMANDO PALACIO VA! DES 



Porque Paca la de la Parra (así llamada á cau- 
sa de una muy frondosa que había en la casa 
donde su madre dirigía un establecimiento de 
bebidas) no sólo presumía de elevados senti- 
mientos, de gustos exquisitos, sino de una ma- 
durez de juicio superior á la de los sabios de su 
tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su 
alma apartada del mundo plebeyo que la ro- 
deaba. Encastillada en su grandeza intelectual 
y sentimental, contemplaba con benignidad 
de ordinario, la ruindad de sus compañeras, y 
dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. 
Pero en ocasiones como ahora, en que por cau- 
sas desconocidas se hallaba un poco nerviosa, 
no podía menos de atajarlas. 

— Vamos, hija, cállate ya, que tienes una 
lengua más susia que la de lo tío de la Caleta. 

María-Manuela quedó suspensa un instante, 
pero, revolviéndose colérica en seguida, ex- 
clamó: 

— ¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya 
lastimao las orejas. ¿Quiere usía que hable por 
lo finítico? ¿Quiere usía un poquito de agua 
para quitarse el susto? 

Paca alzó los hombros con ademán de lás- 
tima. 

— ¡Siempre has de tomar el rábano por las 
hojas, mujer! No te he mandado callar por ofen- 
derte, sino por evitar que piensen de ti lo que no 
mereces. La mujer que se pasa la vida dicien- 
do malas expresiones demuestra que no ha 
tenido principios, y tú los tienes como los ten- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



21 



go yo y los tiene toda persona regular que 
haya tenido crianza. Deja esas palabras á los 
hombres, que para ellos se hicieron, y habla 
bien, que el hablar bien no cuesta trabajo. 

— Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo? — profirió 
María-Manuela afianzando ambas manos sobre 
la mesa y encarándose con su amiga. — Que no 
rajes tanto y me dejes el alma quieta, ¿es- 
tamos? 

— Te lo digo, querida, porque tienes prin- 
cipios... 

— Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay? 

— Eso importa na. Lo peor es que á Jose- 
liyo se le orvió traernos unas aceitunitas ó unas 
ruedas de chorizo — apuntó con calma Pepe de 
Chiclana. 

Los compadres rieron. 

— ¡Ole por Pepe! 

— ¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda 
desde su fundación! 

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la 
Parra, era un hombre de seis pies de alto, gor- 
do en proporción, de cuarenta años de edad, 
cara redonda, ojos pequeños carnosos, pesado 
y tardo en sus movimientos como en sus pala- 
bras. Formaba vivo contraste con su exquisita 
esposa, toda delicadeza y elocuencia, tan dis- 
tinguida, tan razonable, tan afluente. Mas, con 
existir entre ellos tal desigualdad de humores, 
vivían en profunda pa::. Pepe adoraba el talen- 
to de su mujer, se postraba ante él rindiéndo- 
le homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Cuando Paca hablaba, Pepe la escuchaba con 
la boca abierta pendiente de sus labios como 
de un oráculo, obligando á callar á los que 
pretendían interrumpirla, dirigiéndoles á menu- 
do guiños expresivos ó diciendo por lo bajo? 
«¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca 
no despreciaba por eso á su marido, como pu- 
diera inferirse; al contrario, estimábalo como 
hombre de inteligencia penetrante, ya que ha- 
bía penetrado todo el mérito que ella po- 
seía y seguía fielmente sus enseñanzas filo- 
sóficas. Hasta le caían en gracia sus chistes 
insulsos y era la primera en celebrarlos. Dis- 
frutaba el matrimonio de posición desahogada. 
Pepe era chalán, y vestía como tal la chaqueta 
corta, la faja y el sombrero de anchas alas que 
caracteriza á los hombres de su clase. Paca 
gastaba ricos mantones de Manila, pendientes 
de perlas y sortijas de diamantes. Aquel ma- 
trimonio honrado, rico y pacífico se placía, no 
obstante, en acudir todas las noches á una re- 
unión de gente demasiado alegre y de posi- 
ción equívoca. 

Porque Antonio Robledo, administrador de 
una empresa de diligencias, no estaba casado 
con María-Manuela, aunque hacía tres años 
que vivía mari taimen te con ella, y Velázquez, 
dueño del establecimiento, tampoco lo estaba 
con Soledad. Pero Paca era hija de una taber- 
nera, se había criado entre el ruido y la alegría, 
y por más que la altivez de su temperamento 
aristocrático la había preservado de los hábitos 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



23 



y las palabras groseras, sus ojos y sus oídos se 
habían acostumbrado á la algazara de estos si- 
tios. Si por cualquier causa pasaba algunos 
días sin ir á la reunión, sentía la nostalgia de 
ella, se ponía de mal humor. Su marido, que 
la conocía bien, le decía: «¿No te parece que 
vayamos hoy á canear un poquito á casa de 
Velázquez? » Ella se resistía, se quejaba de fati- 
ga, hablaba de los muchos quehaceres de la 
casa. Si el bueno de Pepe se dejaba persuadir, 
¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se 
ennegrecía de tal modo que al día siguiente 
era imposible sufrirla. Pero Pepe, aunque no 
muy avisado, como ya se ha dicho, había des- 
cubierto el secreto y no cejaba en sus ruegos 
hasta que lograba sacarla de casa. Paca salía 
como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudába- 
se al instante; se mostraba viva y jovial y char- 
laba por los codos. 

Además, Paca tenía el secreto deseo de mos- 
trar el poder de su elocuencia persuadiendo á 
Velázquez á que se casase con Soledad. En 
cuanto á Antonio y María-Manuela, lo había 
intentado en vano. Esta era tan cerrada de en- 
tendimiento, tan loca y desbocada que com- 
prendía bien la repugnancia de su amante á 
contraer con ella vínculos indisolubles. Lo 
mismo uno que otro proyecto eran plausibles 
y demostraban que Paca se proponía hacer 
buen uso de las grandes luces naturales con 
que la Providencia se había dignado favore- 
cerla. 



24 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Poseía también una voz fresca y suaví- 
sima y cantaba y tocaba la guitarra con tal 
primor que pocos la aventajaban en el reino 
de Andalucía. En Cádiz era conocida y esti- 
mada por esta habilidad, aunque pocas veces 
se lograba oiría desde que se había casado. 
Sólo entre amigos y después de hacerse rogar 
tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba 
al aire una copla. Pero, aunque despreciando 
en la apariencia este arte secundario, por te- 
ner la ambición puesta en el de Cicerón y 
Bossuet, todavía le gustaba oir las ' palmadas, 
los oles y los requiebros de sus amigos cuan- 
do se decidía á complacerlos. 

Velázquez se había levantado y salió á la 
tienda. A los pocos momentos volvió á entrar 
seguido de Joselillo, su criadito, quien sopor- 
taba una gran batea con cañas de manzanilla 
y algunos platos con rajas de queso, peje-re- 
yes y camarones. 

— Esta convidada va por mí, señores. — dijo 
con su gravedad habitual. 

— A tu salud y á la de la flamenca que está 
ahí fuera — respondió Antoñico en voz alta y 
apurando una caña. 

— Gracias, Antonio, y de salud te sirva — 
respondió la tabernera, que había oído el 
brindis. 

— Vive mil años, chiquita, que si tú cierras 
los ojos se queda Cádiz á oscuras. 

— ¡El equinocio, hija! — exclamó María-Ma- 
nuela sin poder reprimir un movimiento de 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 25 



celos. — Soleá, no cierres los ojos para que este 
borracho pueda llegar á casa. 

— ^Tienes celos, María? — preguntó la taber- 
nera. 

— ¿Yo celos de este tío que ya no puede 
con la fe de bautismo en papeles? ¡Sería traba- 
jo! Llévatelo, hija, y ponió en un cuarto seco 
para que no se pudra. 

— Soleá, llévame y ponme donde te parez- 
ca. Verás si engordo á tu vera — le gritó An- 
tonio. 

— ¿Y á mí, dónde quieres que me ponga 
entonces? — preguntó Velázquez riendo. 

Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó 
á los oídos de la tabernera, que exclamó: 

— ¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te 
ponga en un sitio ó en otro? Ya te cuidarías 
de escapar adonde te viniese bien. 

— Con esa verdad te ayude Dios, querida, 
que nunca jamás la has dicho mayor — repuso 
Velázquez con tono fanfarrón y displicente. 

Soledad sintió el resquemor de estas palabras 
y guardó silencio. 

— Niño, tráete la mía —gritó reciamente el 
señor Rafael al criadillo. 

No tardó éste en presentarse con otra batea 
de cañas. 

El señor Rafael era un viejo de fuerte com- 
plexión, seco, moreno, con los cabellos blancos, 
pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto 
de ademanes, como un chico de veinte años. 
Mucho más suelto y mucho más vivo que su 



26 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba 
aquí y en todas partes. No sólo se hallaban 
asociados en un establecimiento de harinas y 
salvados que tenían en la calle de Horno Que- 
mado, sino que habitaban el mismo cuarto-, y 
después de pasar juntos las horas de trabajo, 
gustaban también de pasar las que dedicaban 
al recreo. Ambos solteros y sin ninguna gana 
de cambiar de estado, aficionados á las cañas 
y al bureo, aunque en este particular y en la 
esplendidez característica que el vino andaluz 
despierta en los naturales, el viejo sacaba mu- 
cha ventaja al joven. De aquí sus eternas y 
graciosas disputas así que al señor Rafael se. le 
encaramaba un poco el manzanilla en la cabeza. 

— ¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas ma- 
nos? Hace siete cuartos de hora que no has so- 
nao las parmas — dijo el señor Rafael á su so- 
brino, haciendo antes un guiño expresivo á la 
reunión. 

— ¿Cómo siete cuartos de hora? — exclamó 
éste sofocado. — ¡Si he pagado la convidada an- 
terior! 

— ¡La anterior!... ¡Y tan anterior! — replicó 
el viejo mirándole con ojos risueños y provoca- 
tivos. 

La reunión se preparó á gozar de la dispu- 
ta, como siempre. 

— Vamos, tío, usté tiene gana de guasa. 

— No, hijo, lo que tengo gana es de vino. 

— Pues yo ya le he pagado á usté bastante 
esta noche. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



27 



— ¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bas- 
tante!... ¡Pues yo á ti no!... Niño, tráete más 
vino para este gallego... 

— ¡Tío! No me insulte, que le falto á usté 
al respeto. 

— Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la 
prosapia? Ni en el reino de Galicia ni en el 
principado de las Asturias hay un gallego más 
gallego que tú... 

— ¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto! 
Frasquito estaba encendido y colérico que 

daba miedo á todos menos á su tío. Los cir- 
cunstantes, temiendo algún paso desagradable, 
atajaron la disputa rogando al señor Rafael 
que no le exasperase. Este, vuelto á las bue- 
nas y revistiéndose de gravedad, manifestó que 
todo era una broma y que nadie sabía mejor 
que él que su sobrino era gaditano por los cua- 
tro costados. Luego, dirigiéndose á éste, co- 
menzó á darle satisfacciones. 

— Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus 
buenas cualidades! Eres honrao y trabajador, y 
en too Cádiz no hay quien te ponga el pie de- 
lante en sacar una cuenta por el aire. Y eres 
buen mozo y muy corriente cuando se ofrece... 
Pero tienes una enfermedad... 

— ¿Qué enfermedad? — preguntó Frasquito 
amoscado, mientras los demás se disponían á 
reirse. 

— No sé; me parece que se llama reuma- 
tismo. 

— ¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver... 



28 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Porque he notado que siempre que llevas 
la mano al bolsillo lo haces con mucho trabajo 
y la mayor parte de las veces no lo consigues... 
Eso no puede ser más que reúma... reúma en 
el brazo derecho. 

—¡Tío! ¡tío! 

— No te sofoques, que eso se cura con un 
poquito de aguardiente alcanforado. 

— ¡Qué ha de curarse con eso! — saltó Ma- 
ría-Manuela que presumía de curandera y en- 
salmadora — Si sientes dolor, Frasquito, se te 
quitará untando el brazo con la sangre de una 
oreja cortada de un gato negro; le das una 
friega apretándolo poco á poco, luego doblas 
er de o gordo, y poniéndolo debajo de la bar- 
ba abres la boca nueve veces seguidas... 

Las carcajadas que la inocencia de la po- 
bre mujer produjo en la reunión encresparon 
más y más á Frasquito. 

— ¡Tío, no hay peor borracho que usté en 
el mundo! 

— Basta ya de medicina — manifestó Anto- 
nio — y que Paca nos cante una carbonerilla. 
— ¡Eso! 

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. « Ya 
no estaba para tales bromas; se le había aca- 
bado el humor; parecía mal que una mujer ca- 
sada... Además, no se hallaba bien de voz.» 
Pero, como de costumbre también, terminó por 
coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y 
potente de contralto. 

La alegría se apoderó de todas las cabezas. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



29 



Los ¡oles! y los ¡bravos! y los requiebros de 
toda clase resonaron en la taberna. A la em- 
briaguez del vino sucedía la del arte, más no- 
ble y delicada. 

— ¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora 
en que tu padre se dio un coscorrón con la reja 
de tu madre! 

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó 
volar otra copla. 

Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el 
sombrero á los pies, gritando: 

— ¿Dónde has nacido, Paca? 

— ¡Qué ocurrencia! — respondió riendo — En 
la calle de la Verónica. 

— ¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que 
durmió María Santísima cuando pasó por San- 
lúcar. 

Paca volvió á cantar respondiendo al re- 
quiebro: 

«¡Qué desgraciada nací, 
que en la pila del bautismo 
faltó la sal para mí!» 

Aquel rasgo gracioso de modestia levantó 
gran alborozo. 

— ¡Ole por las mujeres simpáticas! — ¡Todo 
el mundo á quererla! — ¡La pura arropía!.,. 

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos 
y gritaban como energúmenos jaleando á la 
cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió mo- 
mentáneamente porque, Antonio, con uno de 
sus descompasados ademanes, echó á rodar una 



3o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo 
callar á todos y declaró que el romperse un 
vaso es muy malo y anuncia disgustos. La úni- 
ca manera de evitarlo era recoger todos los 
pedazos y tirarlos al pozo. Así comenzó á eje- 
cutarlo con gran solicitud mientras los demás 
se reían de su credulidad. Algunos por burla 
la ayudaban. 

— Atiende, María, mira que pedazo grande 
te has olvidado debajo de aquella silla. ¡Anda, 
anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué ca- 
taclismo! ¿verdad tú? 

— Vamos, Antonio, déjate de guasa y haz- 
me el favor de recoger esos cristalillos que 
están á tu vera. 

— Desprécialos, mujer: ya te llevas en el de- 
lantal los trabajos gordos... ¡Qué importa por 
esos diso-ustillos! 

o 

María-Manuela salió con los cristales del 
cuarto y fué á arrojarlos al pozo que había en 
el patio. Soledad, que seguía tranquilamente 
haciendo calceta detrás del mostrador, sonrió. 

Siguió la zambra en el aposento. 

— Bueno, ahora no falta más que Soledad 
nos baile una mijita de tango — manifestó el 
señor Pepe. 

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, 
pero tenía habilidad notoria para bailar las 
danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece ge- 
neralmente, no gustaba de mostrar su gracia; 
y aun puede decirse que desde hacía algún 
tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



31 



cual sus amigas se abstenían de solicitarla en 
este particular, sabiendo que le causaban dis- 
gusto. 

— No seas pelmazo, hombre; ya sabes que 
Soledad no se divierte bailando — dijo Paca á 
su consorte. 

— ¿Y por qué no se ha de divertir, hacién- 
dolo con tanto primor? — insistió el señor Pepe. 

— Pues porque no se divierte. ¿Te figuras 
que va uno á gozar con lo que á otro se le 
antoje? 

— Bien está-, pero aunque no se divierta, So- 
ledad es muy amable y le gustará que sus 
amigos se diviertan. 

— Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te 
pone el vino! 

Velázquez, que estaba hablando con Fras- 
quito, oyó la disputa de los esposos y dijo: 

— Tiene razón Pepe. Soledad está obligada 
á dar gusto á la reunión, y aunque le cueste 
trabajo lo hará... 

Y añadió alzando la voz: 

— Soledad, hija mía, haz el favor de venir 
un momento. 

La tabernera apareció en seguida. 

— Estos señores desean que bailes un po- 
quito. A ver si los complaces. 

El rostro de Soledad se nubló de repente 
y respondió con sequedad: 

— Estos señores saben que hace ya mucho 
tiempo que no bailo y me harán el favor de 
dispensarme. 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Y por qué no has de bailar? 

— Pues porque no tengo gana. 

— Pues bailarás aunque no tengas gana™ 
dijo él embraveciéndose. 

— Pues no bailaré — replicó con firmeza ella. 

— Vamos, Velázquez, déjala — interrumpió 
Pepe de Chiclana, avergonzado por haber sido 
causa de aquella disputa. 

— ¡Déjala! ¡déjala! — dijeron todos á un 
tiempo. 

- — He dicho que baila, y bailará — profirió 
Velázquez alzándose de la silla en actitud so- 
berbia y provocativa. 

Soledad se puso pálida; quedó un instante 
suspensa y dijo al cabo humildemente: 

— Está bien; no te incomodes. Haré lo que 
tu quieras. 

— Paca, puedes principiar — dijo el guapo 
sentándose de nuevo. 

— No quiero — replicó ésta. — ¡Vaya una 
simpleza, hacer bailar á una mujer á la fuerza! 

— Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será — 
manifestó el señor Pepe. 

Y todos los demás unieron sus ruegos á 
éste. 

Pero el tabernero, cada vez más colérico, 

exclamó: 

— ¡He dicho que bailará esta noche, y ha de 
bailar con los santos óleos puestos!... ¿No 
quieres tocar?... Pues tocaré yo. 

Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó 
á rasguearla diciendo imperiosamente: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



33 



— Á empezar. 

Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y 
dió comienzo al baile. Estaba pálida. Los mo- 
vimientos reprimidos, voluptuosos del tango 
ofrecían ahora un carácter lúgubre; parecía el 
baile de la viuda india en torno de la hoguera 
donde va á ser sepultada. 

Los tertulios se callaban; estaban inquietos 
y tristes y sacudían la cabeza deplorando la 
escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron 
de los hermosos ojos de la bailadora y resba- 
laron lentamente por sus mejillas. Verlas Ve- 
lázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué 
todo uno. 

— ¡Ea! — dijo levantándose con calma ame- 
nazadora. — Ya se ha concluido. 

Y cogiendo á la joven por un brazo: 

— Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu 
estampa! 

Y la arrojó á empellones del cuarto, cerran- 
do la puerta después. 

Los tertulios se lo recriminaron sin excep- 
ción. 

— No hay razón para eso, Velázquez. Para 
bailar se necesita el humor. No todos los días 
nos pide el cuerpo juerga. 

— ¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en 
la boca del estómago! — exclamó el majo apu- 
rando una caña. 

— ¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la 
vida has de meter la pata? — dijo Paca con eno- 
jo á su consorte. 

3 



34 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Pues bien claro estaba que habíamos de 
tener un disgusto, después que Antonio rom- 
pió el vaso — manifestó María-Manuela con un 
acento de seguridad que hizo volver la alegría 
á la reunión. 



III 




l padre de Soledad era guarda de 
consumos en Medina Sidonia. Sus 
hijos, dos, Soledad la primera y 



Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, 
aunque corto, bastaba para subvenir á las ne- 
cesidades de la familia en un pueblo secunda- 
rio. Miguel, en quien los padres tenían cifradas 
sus esperanzas, mostró desde bien chico vi- 
ciosas inclinaciones y horror al trabajo . Ni los 
golpes del maestro del taller donde le habían 
puesto, ni los castigos de su padre, que cierto 
no se los escaseaba, bastaron á enderezar su tor- 
cida naturaleza. Verdad que estos castigos se 
hallaban funestamente neutralizados por el 
mimo y regalo con que su madre lo criaba. No 
sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le 



36 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino 
que le daba cuanto dinero había á mano, sin 
comprender la desgraciada el daño que ha- 
cía. Con esto el chico á los catorce años era 
un pihuelo que, en vez de ayudar á los gas- 
tos de la casa, sacaba de ella de un modo ó 
de otro cuanto podía. Acompañado de otros 
picaros de su misma edad, vagaba por las ta- 
bernas, entregando todas sus horas al vino y 
al juego. 

Soledad empezó á coser en una sastrería; 
pero su jornal era tan exiguo que apenas si 
con él podía comprarse un vestidito de percal 
y calzar pasablemente. Aquí era donde le do- 
lía á la mocita. Las andaluzas sufren sin pena 
•el ir vestidas con cualquier trapillo-, pero vi- 
ven infelices si no llevan una media bien lim- 
pia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, 
cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada 
y requebrada de cuantos á su lado cruzaban, 
jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos 
que acudían á la hora del crepúsculo á ver sa- 
lir las costureras de sus talleres, el orgullo de 
su familia y la envidia de las compañeras. Su 
belleza espléndida estaba realzada por una gra- 
ve y altiva serenidad que desconcertaba á cuan- 
tos pretendían acercarse á ella burlando, al es- 
tilo de la tierra. La hija de Pontes, el guarda 
del fielato, adquirió pronto renombre de hermo- 
sa y al mismo tiempo de esquiva. 

Los señoritos de la ciudad acudieron en 
torno suyo como moscas al panal. Pero ni sus 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



37 



rendimientos exagerados ni sus ofertas hicie- 
ron mella en el corazón de la joven. Prevenida 
contra sus halagos por la triste suerte de algu- 
nas amigas que habían tenido la flaqueza de 
darles oídos, los rechazaba siempre con feroci- 
dad. En cambio acogía con agrado los rudos 
obsequios de los braceros; tuvo entre ellos va- 
rios novios, y juraba y perjuraba que le gus- 
taban más que los pisaverdes tísicos que la se- 
guían en el paseo. Estos se vengaban de sus 
desdenes apodándola la princesa del Fielato. 

Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión 
de un mal paso. La hija del guarda, con otras 
dos amigas, se había ido un domingo á visitar 
la ermita de una Virgen situada á alguna dis- 
tancia de la población sobre un cerrillo áspero 
y solitario. Llevaron merienda, entretuviéron- 
se más de lo que pensaban: al regresar á su 
casa empezaba á cerrar la noche. Y hé aquí 
que, caminando las tres costureras cogidas del 
brazo, entonando alegres canciones para ahu- 
yentar el miedo, tropiezan con dos mozos la- 
bradores que volvían de la ciudad. Las detie- 
nen, las requiebran groseramente, se propasan 
á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les 
convino fingirse más de lo que estaban para 
el caso. Las jóvenes gritan y se defienden 
valerosamente, pero en vano; el lugar era so- 
litario y sus fuerzas no bastaban á contrarres- 
tar las de los gañanes. Estos se apoderan de 
dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En 
este momento se oye el trote de un caballo, y 



38 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



poco después aparece montado en él un joven 
bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda 
de Uceda. 

— ¡Socorro, caballero! — gritan á un tiempo 
Soledad y su compañera asidas por aquellos 
bárbaros. 

— ¿Qué es eso? — preguntó el jinete. — ¡Áver 
si dejáis ahora mismo á esas chicas! 

— Siga usted su camino, señorito, y no se 
meta donde no le llaman... ¡No sea que se le 
apee del jaco por las orejas! — dijo uno de 
ellos. 

— ¿A mí, granuja? — exclamó el caballero 
apeándose de un salto. 

Y corriendo hacia el insolente alzó la mano 
y le tumbó de un puñetazo. Pero el otro jayán 
sacó prontamente la navaja y acudió al soco- 
rro de su compañero, el cual, no bien se hubo 
levantado, echó mano igualmente á la suya. 
Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si 
no hubiera tenido un buen revólver de seis ti- 
ros, con el cual les apuntó exclamando: 

— ¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os 
sirven las navajas! 

Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la 
fuga. El caballero les persiguió largo trecho, 
obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo 
con el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien 
vengado por aquel baño afrentoso, se volvió 
riendo hacia el sitio donde había dejado el ca- 
ballo. Las muchachas ya no estaban allí. Des- 
de que se vieron libres habían corrido desala- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



39 



das hacia la población. Montó en su jaco y 
á trote corto caminó la vuelta de ella. Hasta 
tocar casi en las primeras casas no alcanzó á 
sus favorecidas, que sin volver la vista atrás 
caminaban con toda la celeridad que les consen- 
tían sus fatigados pulmones. Al verlas no pudo 
menos de sonreir exclamando en voz baja: 
« ¡Vaya unas piernas que os ha dado el miedo, 
hijas mías!» Pasó delante de ellas y saludó 
cortésmente. 

—Buenas tardes. 

— Buenas tardes — respondieron las jóvenes. 

Pero avergonzada de haber huido sin des- 
pedirse, la compañera de Soledad le gritó 
así que hubo pasado: 

— ¡Y muchas gracias, caballero! 

— No las merece — respondió éste volviendo 
á medias la cabeza. 

Soledad examinó con curiosidad su figura 
recia y corpulenta, que se perdió al instante en 
las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señori- 
to! Al día siguiente, cuando le vio en la calle, 
le pareció aún mejor y le saludó afectuosamen- 
te. Manolo Uceda respondió al saludo con 
agrado, y algunos días después, con ocasión de 
cierta fiesta con música al aire libre, se aventu- 
ró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que 
es aún más, á sacarla á bailar. Este último ob- 
sequio puso corona inmarcesible á la gratitud 
de Soledad. Porque los señoritos de la villa 
poquísimas veces descendían á bailar con las 
menestralas en un paraje abierto. Lo demás se 



40 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



encargó de hacerlo el niño alado de la venda. 

Manolo Uceda pertenecía á una familia dis- 
tinguida de Medina, aunque sin mucha hacien- 
da. Poseía algunas buenas propiedades rústicas 
con cuyas rentas vivía cómodamente gra- 
cias á la economía de su madre D. a Carmen y 
á su propia conducta, arreglada y formal. En- 
tre estas propiedades la más importante era un 
molino situado á dos leguas de la villa, el cual 
solía visitar á menudo lo mismo que las otras 
fincas, porque su madre así se lo encargaba. De 
él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la 
proeza que se acaba de relatar. 

Educado en el retiro de su casa solariega, 
que tenía aspecto claustral, sin trato de muje- 
res, sin vicios, sin los recreos siquiera propios 
de su edad, la primera mujer que le reveló el 
amor fué la hija del guarda de consumos. La 
amó en seguida con la pasión tumultuosa de los 
diez y ocho años y de una naturaleza exube- 
rante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza 
de confesar su amor, acudía á su reja todas las 
noches y se pasaba pegado á ella largas horas 
pelando la pava. De quien únicamente se guar- 
daba era de su madre. Esta, no obstante, muy 
presto llegó á saberlo y tomó un disgus- 
to gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á 
pesar de su corta hacienda, como una princesa 
de sangre real. Pero Manolo logró convencerla 
de que aquella afección no era sino un pasajero 
devaneo sin importancia, y la noble señora re- 
cobró á medias el sosiego. Trascurrieron al- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



41 



gunos meses. Los amores no terminaban; antes 
bien, el joven daba cada día mayores y más 
ostensibles testimonios de su pasión acompa- 
ñando á la hija del guarda por los parajes más 
públicos. D. a Carmen se agitó de nuevo, in- 
terrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, 
llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no 
adoptó el continente burlón y desdeñoso que 
antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso 
del dueño de su albedrío, concluyendo que no 
había en todo el reino de Andalucía mujer más 
pura, más ingeniosa y más digna de ser ado- 
rada de rodillas que la hija de Pon tes. Doña 
Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual 
le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á du- 
dar del talento y de la sensatez de la que le 
había dado el ser. Desde esta memorable con- 
versación no hubo paz en casa de Uceda. El 
amartelado mancebo se veía necesitado á es- 
cuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros 
y burlas. 

Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada ins- 
tante. Como fuego poderoso iba devorando 
rápidamente sus facultades y sentidos, deján- 
dole reducido al papel de un autómata. Esto 
le perdió. Su excesivo rendimiento, las mani- 
festaciones, cada vez más vivas y públicas, de 
su amor, engendraron al cabo un poco de has- 
tío en el alma de la hija del guarda. Desapa- 
reció el respeto que la diferencia de clases ha- 
bía despertado en ella al comienzo de sus amo- 
res; se acostumbró á dominarle, á imponerle 



42 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sus gustos y caprichos, á escuchar con indife- 
rencia sus palabras apasionadas, candentes. De 
tal modo, que á los seis meses le trataba como 
á un niño, le hablaba en tono protector, se reía 
de sus puerilidades, le reprendía y le martiri- 
zaba. 

Por otra parte, la oposición tan natural de 
D. a Carmen lastimaba su orgullo. No falta- 
ban comadres que llegaban presurosas á tras- 
mitirle las palabras amargas que la viuda de 
Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en 
vez de comprender y perdonar estos desaho- 
gos de una madre, se enfurecía con ellos, los 
devolvía con creces y hacía recaer su cólera 
sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa 
tenía. 

Pero más que todo esto contribuyó á debi- 
litar su cariño, ó, por mejor decir, á que no 
prendiese jamás en su corazón, como había 
prendido en el del joven, la disparidad de ge- 
nio y educación. Soledad era inclinada por na- 
turaleza y nacimiento á las formas rudas, al 
lenguaje brutal y desvergonzado, no desprovis- 
to de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba de 
sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus 
guisos y ensaladas; aunque por la constante 
gravedad de su rostro parecía más bien nacida 
entre las brumas de la Noruega que bajo el 
ardiente sol de la Bética. Ni comprendía ni 
mucho menos podían ser de sú agrado los mo- 
dales de un trato delicado y culto. Ahora bien, 
entre todos los señoritos de Medina, el que 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



43 



había mostrado siempre menos afición á las 
fiestas y costumbres populares era Manolo 
Uceda. Ó porque su madre le hubiese tras- 
mitido sus gustos aristocráticos, ó porque lleva- 
se dentro de su alma un cierto sentimentalis- 
mo romántico, es lo cierto que jamás se le vio 
en francachelas, ni corriendo novillos, ni en 
compañía de toreros y majos como otros caba- 
lleros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje 
suelto y atrevido que muchos de ellos. Sin ser 
tímido ni beato, sentía profunda repugnancia 
por esa libertad de modales que tanto suele 
agradar á los mozalbetes. Por este lado, pues, 
no marchaban á la par las aficiones de ambos 
amantes. 

Y acaeció lo que era de esperar. El padre 
de Soledad tenía un íntimo amigo de alguna 
menos edad que él, llamado Perico Velázquez, 
hombre famoso en la villa por su guapeza y su 
trato suelto y cortés. Soltero, con alguna ha- 
cienda adquirida en los negocios de vinos, es- 
pléndido con las mujeres, ostentoso en el ves- 
tir dentro de su clase, aficionado á la broma y 
bureo, pero sosteniéndose siempre en los lí- 
mites que marca la prudencia, esto es, sin pa- 
sar á la categoría de borracho ó perdido. Todos 
le conocían y en todas las clases se había gran- 
jeado simpatías por su carácter abierto y ser- 
vicial. Los caballeros no. desdeñaban alternar 
con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, 
le respetaban como su ideal: era la encarnación 
de sus gustos y deseos. Pontes, con quien ha- 



44 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bía trabado amistad hacía algunos años, le ado- 
raba. La suprema felicidad para el guarda, la 
única que le consentía su profesión, era que 
Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día 
que le quedase libre y le llevase con otros tres 
ó cuatro amigos á una taberna de las afueras 
para canear y pasar la tarde de jarana. Ade- 
más, le estaba profundamente agradecido por- 
que le había sacado de algunos apurillos de di- 
nero. Por todo lo cual, el nombre del majo so- 
naba en la casa del guarda como el de un ami- 
go y á la vez como un protector. 

Soledad olvidó á Manolo en cuanto Veláz- 
quez depuso con ella la actitud paternal y 
principió á requebrarla de amores. El carácter 
de aquél, resuelto y desdeñoso, sus famosos de- 
vaneos, la esplendidez que se le atribuía, y más 
que todo las aficiones populares de la joven, 
hicieron que presto diera oídos á los requie- 
bros y á las palabras atrevidas que el guapo 
dejó caer en su oído siempre que la ocasión se 
ofrecía. Pero Velázquez, ó por temor á compro- 
misos, ó por cálculo, ó por la situación especial 
en que la amistad con Pontes le colocaba, no 
llegó á declararse abiertamente. Se mantenía 
en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos 
la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero 
siempre con la salida abierta para retirarse en 
cuanto le conviniese. En presencia de gente 
seguía tratándola como antes. Esta actitud 
extraña, que en el espíritu no muy penetrante 
de Soledad se prestaba á diversas interpreta- 



LOS MAÍOS DE CÁDIZ 



45 



ciones, concluyó por rendirla enteramente. 
Principió á impacientarse, á desear con ansia 
que de una vez le confesase su amor, á bus- 
car ocasiones para que esto pudiera efectuar- 
se. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, 
llegó á ciertos extremos ridículos. 

Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en 
broma, adoptando un continente grave: 

— Soledad, tengo que comunicarte un se- 
creto. 

Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. 
Pero áda hija del guarda, á quien las congojas 
consumían, se le quedó clavada en el cerebro. 
No pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó 
cuatro días le vio, buscó pretexto para alejar á 
su madre y, aprovechando un momento, se 
acercó á él rápidamente y le dijo con voz tem- 
blorosa y las mejillas encendidas: 

— Dígamelo usted ahora. 

— ¿El qué? — preguntó Velázquez sorpren- 
dido. 

— Aquello. 

Tardó en comprenderlo el guapo; pero re- 
cordando al fin, salió del atolladero lo mejor 
que pudo, aunque sin entregarse. 

Así se hallaban las cosas cuando un suceso 
inesperado y terrible vino á cambiar su faz por 
completo. Pontes, viendo cruzar desde la casi- 
lla un hombre que le pareció sospechoso aun- 
que no llevase carga alguna, le ordenó dete- 
nerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos 
algunas barras de jabón, se dió á la fuga. 



46 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Como eran las dos de la tarde, Pontes no pen- 
só en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, 
seguro de alcanzarle ó por lo menos de hacer 
que le detuviesen. Sucedió, en efecto, lo prime- 
ro. El guarda tenía admirables piernas-, cerró 
la distancia y pronto llegó á tocarle. 

—¡Date! ¡date ó te mato! 

Pero en aquel momento el matutero se vol- 
vió repentinamente y blandiendo un cuchillo 
se lo clavó en el pecho hasta el mango. 

El guarda quedó muerto en el acto. El su- 
ceso puso en conmoción á la villa, y aunque 
algunas personas caritativas quisieran impe- 
dirlo, la noticia llegó pronto á la familia. Co- 
rrió la infeliz esposa al lugar del crimen. Los 
agentes del ayuntamiento que allí estaban no 
la dejaron abrazarse al cadáver de su esposo 
porque el juez aún no había llegado. Los gri- 
tos de dolor de la pobre mujer partían el co- 
razón de los espectadores. Cuando vino al fin 
el juzgado, se procedió ai levantamiento del 
cadáver, se le colocó en un carro y empren- 
dieron la marcha hacia la villa. Detrás, pálida 
como la cera, agarrando con sus manos cris- 
padas la trasera del carro, seguía la viuda, á 
quien los sollozos ahogaban. Después venían 
los agentes, algunos compañeros del difunto y 
los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofre- 
ció á los ojos de Soledad al salir por los arra- 
bales en busca de su madre 

Velázquez, en aquellos aciagos instantes, 
fué la Providencia de la familia. Costeó un 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



47 



muy decoroso entierro á su amigo, le compró 
sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué 
posible para lograr la captura del asesino, 
que se había fugado, y procuró que á la viuda 
y á sus hijos no les faltase nada. Tales testi- 
monios de cariñosa amistad concluyeron de 
subyugar á Soledad. La figura del guapo creció 
ante su vista como la de un dios, y en la mis- 
ma medida la de Manolo Uceda se fué empe- 
queñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó par- 
te en su dolor, no pudo ó no supo ofrecerle la 
misma protección. Quedó reducido á un papel 
pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era 
todo en la casa. La indiferencia de Soledad se 
fué acentuando y cuidó poco de disimularla. 
De tal suerte que, cuando quince días después 
Velázquez se determinó á explicarse clara- 
mente, no halló obstáculo alguno para ser 
aceptado. Pero, como hombre corrido en lides 
amorosas, aprovechó su posición para obtener 
de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, 
donde pensaba establecerse. Desaparecieron 
un día de Medina, alquilaron casa en la ca- 
pital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo 
á título de huésped ó protector. La hija enlo- 
quecida de amor, la madre de gratitud, no 
echaron de ver el peligro á que se exponían ni 
la desagradable impresión que teste paso causó 
en el pueblo. 

En efecto, muy poco después Soledad su- 
cumbió á las instancias de su adorador. Se en- 
gañó á la madre primero, se le pidió per- 



4 8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



don después. La pobre mujer experimentó un 
vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez 
no se apresuraba á borrar la afrenta con la 
bendición del cura. Sólo una vez habló de ma- 
trimonio, pero de un modo tan vago, ponde- 
rando tanto las dificultades que por el momen- 
to se ofrecían para su realización, que la viuda 
entendió bien claramente lo que podía esperar- 
se en este particular de aquel hombre. Con esto 
vivió profundamente afligida, y no cesaba de 
llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con 
el tiempo su dolor se fué calmando: llegó á 
acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y 
degradante situación, ya que su hija parecía 
feliz y Velázquez no dejaba de satisfacer ningu- 
no de sus caprichos. 

Duró poco, no obstante, tal estado de sa- 
tisfacción. A Velázquez, hastiado de la vida 
inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda 
para vivir, se le ocurrió comprar una tienda 
de montañés que se traspasaba en el Campo 
del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque 
generoso siempre y delicado en los asuntos 
de dinero, no tardó en mostrar su carácter 
autoritario. Exigía una sumisión absoluta por 
parte de cuantos le rodeaban. Le ofendía, 
mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor 
contradicción. Los primeros choques fueron con 
Miguel, el hermano de su querida, el cual no se 
sometía al régimen de la casa. Hubo repren- 
siones, disputas agrias; por último, Velázquez 
le levantó la mano y lo arrojó de casa, aunque 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



49 



permitiendo que su madre le diese algún dinero 
para que se mantuviese fuera. No quedó aún 
con esto satisfecho su instinto de dominación. 
Soledad, enamorada de él ciegamente, se so- 
metía sin replicar á todos sus gustos y capri- 
chos, sufría con paciencia sus reprensiones, los 
malos humores y genialidades. Pero la madre, 
que no tenía tales motivos para sufrirlo, solía 
hacerle observaciones y llamarle á la razón 
cuando injustamente se querellaba con Sole- 
dad. Esto le molestaba extremadamente, le pro- 
ducía una sorda cólera que cada día iba en au- 
mento, hasta que al fin estalló. Un día, después 
de acalorada disputa entre ambos, el guapo se 
cruzó de brazos delante de Soledad y dijo re- 
sueltamente: 

— ¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro me- 
dio... ¡O tu madre ó yo, hija mía! 

Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cam- 
biar de resolución. Y como Soledad hubiera 
muerto con gusto y hubiera dejado morir al 
género humano antes que separarse del hom- 
bre que adoraba, fué su madre quien se vió 
necesitada á salir de casa. Se la envió á Medi- 
na y se le pasó una pensión suficiente para 
vivir. De esta suerte quedaron los amantes so- 
los, y Velázquez dueño y señor de aquella mu- 
jer que temblaba de amor y miedo en su pre- 
sencia. 



4 



IV 



Velá^ue^. 




elXzquez pudo desde entonces 
dar rienda suelta á su fanfarro- 
nería. Este era el vicio que le 



dominaba y servía de triste contrapeso á sus 
buenas cualidades. Porque las tenía, sin dispu- 
ta. Era servicial, generoso, despierto de inteli- 
gencia y sensible de corazón. Pero así que se 
tocaba directa ó indirectamente á su orgullo, 
todas estas bellas cualidades se nublaban y se 
ofrecía álos ojos de quien no le conociese como 
un hombre feroz é intratable. Era menester que 
en todas partes hiciese el primer papel, y si no 
lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía som- 
brío. Donde él estaba no había que molestarse 
en llevar la mano al bolsillo: todos los agasajos 
estaban pagados. Por esto la tienda no le pro- 



52 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ducía beneficio alguno. Las ganancias del mes 
quedaban saldadas con sus esplendideces. Pero 
le servía para hacer figura entre sus amigos. 

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, 
dada su clase, tampoco le faltaba motivo. Pero, 
además, se empeñaba en que todas las mujeres 
se enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó 
«de buena sombra», como allí se dice, en can- 
tar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en 
jugar á los naipes y al billar mejor que ningu- 
no, en quedar fresco después de haber bebido 
algunas botellas de manzanilla, mientras los de- 
más rodaban por el suelo borrachos. Y en esto, 
como se comprenderá fácilmente, había sus más 
y sus menos. Su figura, aunque agradable, era 
exigua. El mayor dolor de su vida era no po- 
seer cuatro ó cinco dedos más de estatura. 
Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo 
con particular esmero: la pechera de la camisa 
adornada con botones de diamantes, la faja de 
seda, las botas de charol. Y este alarde de lujo 
le servía grandemente para fascinar á las hem- 
bras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, 
quizá no sería tanta su buena fortuna. Pero esto 
es lo que no se confesaría el guapo aunque se 
hallase en el trance de morir. 

Soledad le amó con pasión frenética, mezcla 
de sensualidad, de admiración y gratitud. El 
mundo entero desapareció á sus ojos, no que- 
dando de toda la creación sino la barba sedosa 
de Velázquez, sus blancos dientes africanos y 
su irónica sonrisa y acento displicente. Por mu- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



53 



cho que se jactase de guapo, todavía pensaba 
la joven que se quedaba corto. Creía de buena 
fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja 
calidad que no le envidiase su buena dicha, y 
las compadecía. Ocupando aquella posición 
deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estre- 
cho no comprendía otra gloria que la de ser 
preferida por tal hombre. Bebía sus palabras y 
gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gra- 
cia y nobleza en los más prosaicos actos de su 
vida y prestaba tal importancia á sus gustos 
para vestir, comer ó dormir cual si fuesen pre- 
ceptos de un código divino. 

— Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan 
cocido, sinó bien enterito — decía á alguno de 
los parroquianos que lo prefería blando. 

Y después de comunicarle esta nueva inte- 
resante, quedaba sorprendida si el parroquiano 
aún se obstinaba en que se lo cociese más. 

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio 
venía á beber una copa de aguardiente y la 
conversación recaía sobre el guapo. Era me- 
nester que le diera cuenta de sus costumbres é 
inclinaciones, las peripecias de su vida, los ne- 
gocios que había hecho., las reyertas que había 
tenido, hasta de las palabras que había vertido 
aquel día al entrar y salir de casa. 

Si á un parroquiano le saltaba el botón de 
la camisa, mientras se lo cosía, enterábale con 
orgullo de que Velázquez no gastaba camisas 
de algodón como aquélla, sino de hilo puro 
que le costaban tres duros cada una. Sus botas, 



54 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pon- 
tes objetos preciosos que no podía tocar sin 
amor y veneración. 

Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La 
idolatría de Soledad le parecía tan puesta en 
razón que lo contrario sería una incomprensi- 
ble trasgresión de la lógica. Dentro de casa y 
á solas era con ella cariñoso, protector, agrade- 
cido, ya que no apasionado. Pero en presencia 
de sus amigos se mostraba altivo en demasía, 
satisfaciendo, á costa de la pobre joven, su sed 
insaciable de jactancia. Era menester que todo 
el mundo viese patente el rendimiento de aque- 
lla mujer. Para ello no le escaseaba las pala- 
bras desdeñosas y las bromitas mortificantes 
en cuanto se le ofrecía ocasión. Una de éstas 
había tomado pie de la afición desatinada que 
Soledad tenía al confite más exquisito de la 
Andalucía, á las famosas * yemas de San Lean- 
dro » . Velázquez le había prometido traerle un 
cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo 
la joven, volvió á prometérselo y volvió á ol- 
vidársele. Desde entonces, haciendo de este ol- 
vido un pretexto de risa, no cesaba de embro- 
marla en presencia de la reunión 

— Soledad, no tengas cuidado... de hoy no 
pasa, hija mía. O te traigo las yemas esta no- 
che, ó me tiro por la muralla. 

Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en 
ello, se daba el guapo una palmada en la 
frente. 

— ¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



55 



han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... 
jVive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pue- 
den ustedes estar seguros. 

Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los 
tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía 
también . 

— Lo que es conmigo no gastarías tanta 
guasa, arrastrao — dijo María-Manuela. — ¿No 
tienes á tu disposición el dinero de la venta? — 
añadió encarándose con Soledad. — ¿Pues por 
qué no mandas por todas las yemas que se te 
antojen? 

— Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda? — 
replicó Velázquez con retintín. 

Soledad hizo un gesto de impaciencia indi- 
cando á María-Manuela que callase. Por nada 
en el mundo hubiera distraído un céntimo del 
dinero que custodiaba. Velázquez tomaba dia- 
riamente las cuentas é inmediatamente se lle- 
vaba el dinero al cajón de su mesa. 

No era esta broma, sin embargo, ni otras 
semejantes las que mortificaban más á la joven. 
Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería 
en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que 
Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento 
el tema de su matrimonio. Generalmente era 
Paca quien, en su afán de legalizarla situación 
de los amantes, lo ponía directa ó indirecta- 
mente sobre el tapete. 

— Mira, Paca, no te subas al púlpito. De- 
masiado sabes que estamos en ello y que no 
tengo en el mundo otro deseo que ese. 



56 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hu- 
bieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto 
los medios para hacerlo. 

— ¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees 
que es tan fácil inflar un perro? ¿No sabes lo 
que cuesta en este picaro pueblo el arreglo de 
los papeles, las vueltas que hay que dar y 
lo mucho que le hacen sudar á uno por esas 
oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace 
tiempo que he encargado á un amigo de andar 
los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito y ca- 
mina poco — añadió bajando la voz con acento 
cómico. 

Los amigos celebraron la gracia. Soledad 
salió del cuarto llorando, como siempre que se 
tocaba este punto. 

Con todo, era feliz. La presencia de su 
amante, sus cortas pero sabrosísimas caricias 
bastaban para enajenarla y hacerle olvidar 
aquellas y otras penas. Además, estaba orgu- 
llosa y solía jactarse con las comadres que iban 
por el día á hacerle tertulia del respeto que 
Velázquez la profesaba. Era muy conocida en 
el círculo de sus amigos la violencia de éste y 
las formas brutales que solía emplear con las 
mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la 
mano para castigar la más pequeña ofensa: 
ninguna de sus queridas había dejado de expe- 
rimentarlo. Pues bien, con ella jamás se había 
propasado á tales extremos repugnantes. Sole- 
dad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más 
íntimo del alma, sin darse ella misma cuenta, 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



57 



sentía cierta curiosidad por conocerlos. Cuan- 
do oía describir los rigores que Velázquez ha- 
bía usado en otro tiempo con una de sus aman- 
tes llamada la Pitillera, y que esta mujer, lejos 
de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión 
más firme, quedaba confusa sin comprenderlo; 
pero sentía cierto cosquilleo interno, mezcla de 
temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso? 

Lo supo más pronto de lo que imaginaba. 
Su hermano Miguel se había ido con su madre 
á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despe- 
dirla de casa. El muchacho, gandul y vicioso, 
como ya sabemos, tomó gusto á la vida de Cá- 
diz en los meses que aquí permaneció: era un 
campo mucho más fértil y ameno para sus ca- 
laveradas que Medina. Así que, no pudiendo 
sufrir la existencia en este, que le parecía luga- 
rón sombrío y desabrido, se trasladó á la ca- 
pital sin permiso de su madre ni dar cuenta 
siquiera á su hermana. Vagó algunos días por 
las zahúrdas y lupanares. Velázquez supo que 
estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de 
enojo. 

— El tunante de tu hermanito se ha escapa- 
do de Medina y anda por ahí con otros perdi- 
dos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta con- 
migo! 

Soledad prometió no recibirle si lo intenta- 
ba. Pero esto era fácil de prometer y no de cum- 
plir. Un día, hallándose sola en la tienda, se 
presentó de improviso Miguel, escuálido, an- 
drajoso, muerto de hambre. ¿Qué iba á hacer 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la pobre sino socorrerle? Le dio de comer y 
una de sus sortijas para que la empeñase, pues 
del dinero no se atrevía á disponer. Velázquez 
no lo supo. Pero, á pesar del mucho encareci- 
miento con que Soledad se lo rogó, Miguel no 
dejó de menudear las visitas, hallando cómodo 
este puerto donde guarecerse en sus frecuentes 
naufragios. 

Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No 
faltó quien diese soplo al amo. Se puso éste en 
acecho; y un día en que los dos hermanos pla- 
ticaban alegremente, Soledad de la parte de 
dentro del mostrador, Miguel de la parte de 
fuera, comiéndose una magra de jamón que la 
munificencia de aquélla le había suministrado, 
bien ajenos de que pudieran ser sorprendidos, 
pues Velázquez se había ido á Puerta de Tie- 
rra, presentóse éste de improviso. Sin decir pa- 
labra, con cólera muda, cayó sobre el infeliz 
muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó 
de la taberna. Luego, jadeante y pálido, se 
acercó al mostrador. 

— Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da 
la gana que ese granujilla ponga los pies en 
esta casa? ¿Es que te quieres divertir con- 
migo? 

Y alzando al mismo tiempo la mano, le dio 
un golpe en el rostro. 

— ¡Velázquez!- — exclamó la joven en el col- 
mo de la sorpresa, el dolor y la vergüenza. 

Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer 
sollozando. Después subió á su cuarto, se echó 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



S9 



sobre la cama y siguió suspirando largo rato. 
Los sentimientos que la agitaban eran la ira y 
la vergüenza. ¡Poner la mano sobre ella un 
hombre, cuando sus mismos padres no lo ha- 
bían hecho después que fué mujer! ¿Qué pen- 
sarían de ella las comadres ante las cuales se 
había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, 
á quien había desmentido tan orgullosamente 
hacía pocos días? 

Pero su cólera fué ablandando al influjo de 
las lágrimas, se trasformó en suave melanco- 
lía, y de esta melancolía brotó al cabo una ex- 
traña dulzura que la llenó de sorpresa. Se ha- 
bía disipado el misterio. Ya sabía lo que era 
ser abofeteada por un hombre. Destruido aquel 
último baluarte de su orgullo, permaneció tran- 
quila á merced de su vencedor. Quedaron re- 
machados los clavos de su cadena. ¡Era suya, 
enteramente suya! Este pensamiento barrió 
hasta las últimas nubes que oscurecían su alma. 
Quedó en una dulce quietud, en un íntimo re- 
cogimiento de dicha-, le acometieron ansias lo- 
cas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por 
el mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? 
Quien la hacía feliz era él. A él debía, pues, 
obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo 
que aún sentía en la mejilla atestiguaba de 
este señorío y de su vasallaje. ¡Toda la vida, 
toda la vida su esclava!... 

Velázquez, al cabo de un rato, se asomó 
á la puerta del cuarto, diciendo con tono 
rudo: 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda 
está sola. 

Soledad se levantó encendida y sonriente 
de la cama, se limpió las lágrimas con el pa- 
ñuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto 
de amor y sumisión. 



V 



Cíelo**. 



os meses después de N esta escena 
entró Manolo Uceda una tarde 
en la tienda, que á tal hora solía 
hallarse solitaria. Soledad se había quedado 
dormida de bruces sobre el mostrador con la 
mejilla apoyada sobre las manos. Entró sin 
hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella. 

Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, 
pues se había despedido de su madre sólo por 
diez ó doce días; pero después de haber visto á 
su antigua novia y haberla hablado se le hizo 
imposible la vuelta. De nuevo quedó preso en 
aquel amor, el primero y el único de su vida. 
Al principio buscando pretextos, luego no res- 
pondiendo á las apremiantes invitaciones de 
D. a Carmen para que tornase al pueblo, había 




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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ido dejando trascurrir los días sin decidirse á 
subir al tren. Finalmente, había escrito á su 
maáre manifestándole que deseaba permane- 
cer en Cádiz una larga temporada y que si 
le contrariaba en este deseo estaba resuelto á 
embarcarse para América. La pobre señora, 
asustada y conociendo el carácter impetuoso 
de su hijo, por no perderle para siempre, cedió 
á su capricho. 

¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él 
mismo sabría decirlo. Su viaje le había servido 
para convencerle del absoluto olvido que su 
amor generoso merecía á la hija del guarda, de 
la ciega pasión que ésta habia concebido por 
el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo 
mereciese, le era imposible despreciarla, ni aun 
dejar de amarla. Encontraba tan inexplicable 
seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, 
en su gravedad majestuosa, en el contraste 
adorable de sus cabellos negros con el alabas- 
tro de su rostro, que no concebía cómo pudiera 
aborrecerse á un ser tan bello. El goce de ver- 
la, de escuchar su voz, de despertar tal vez que 
otra una fugaz sonrisa de complacencia en su 
semblante le retenía á su lado. Hallaba gracia 
en sus palabras, en sus gestos, en sus manías 
y hasta en la terquedad que la caracterizaba. 
La misma limitación de su inteligencia y su 
falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á 
duras penas leer, servían de alicientes para 
su amor. cEs una niña» se decía mirándola 
con ojos paternales, cuando salía algún gracio- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



63 



so disparate de su boca. «Hace el bien y el 
mal sin darse cuenta. No es capaz de sentir 
pasión alguna. Su amor no es más que un ca- 
pricho como todo lo demás. Quizá algún día...» 
Y esta vaga esperanza, dulce como la miel, 
inundaba su corazón de alegría. 

No podía menos de felicitarse también de la 
facilidad venturosa que tenía para verla y ha- 
blarla á cualquier hora del día. La circunstan- 
cia de habérsele antojado á Velázquez tomar 
un establecimiento de bebidas, y, mejor que 
esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia 
completa de celos que mostraba, dejábale ex- 
pedito el camino para menudear las visitas. 
Hay más, el tabernero le acogía con mayor 
afecto y cortesía que nunca y le había presen- 
tado en la reunión que todas las noches se 
formaba en uno de los cuartos. Era una de 
tantas señales de su orgullo. La presencia de 
Manolo atestiguaba su victoria, que ya los ami- 
gos conocían, y el amor que el pobre joven no 
lograba disimular le servía de pretexto para 
mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la 
arrogancia que rebosaba de su corazón. No se 
le escapaba á Manolo esto, ni tampoco que 
aquella reunión, compuesta de gente ruda, no 
correspondía á la calidad de su persona ni á 
la educación que había recibido; pero todo lo 
sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. 
Quizá no habría mentira en decir que era rela- 
tivamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado 
al puesto secundario que su antigua novia le 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



asignara y á la libertad de trato de aquella so- 
ciedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su tem- 
peramento sano y alegre se imponía: era llano, 
cordial, bullicioso y en poco tiempo supo gran- 
jearse el cariño de los tertulios de Velázquez. 
Tan sólo cuando observaba algún rasgo del 
despotismo escandaloso que éste ejercía sobre 
su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía 
asomar las lágrimas á los ojos de la bella, se 
oscurecía su semblante y quedaba silencioso y 
sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía 
un guiño expresivo á sus amigos-, pero éstos 
poco á poco fueron dejando de celebrar sus ba- 
ladronadas y mirando con mayor respeto al 
enamorado mancebo. 

Soledad dormía, sin que la mirada de su 
adorador, posada sobre ella, inquietase su sue- 
ño profundo. Larguísimo rato la estuvo con- 
templando en suspensión deliciosa. ¡Qué her- 
mosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba 
en la creación comparable á la suavidad de su 
piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en 
sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan 
frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aque- 
lla línea blanca ondulante donde su negra ca- 
bellera se deshacía gradualmente en vello finí- 
simo como una armonía fugitiva que se pierde 
en el espacio, le parecía un sueño más que una 
verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermo- 
sa!» — murmuraba con la unción de un místico 
que dice sus preces. — ¡Y eso que aún faltan 
los ojos, las dos lámparas maravillosas, como 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



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yo los llamo!... De buena gana se hubiese pros- 
ternado y permaneciera así velando su sueño. 
En aquel instante hallaba disculpa para sus 
traiciones y legítimos todos sus caprichos y 
genialidades , por extravagantes que fuesen. 
«Un ser tan soberanamente bello — se decía — 
tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en 
el mundo lo merece por completo. Bastante 
felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le 
hemos de exigir que se sacrifique? » 

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creye- 
ron percibir al cabo en torno de los de la bella 
un leve círculo rojo que no era producido por 
la incómoda postura en que dormía. «Sole- 
dad ha llorado hoy» se dijo con emoción. 
Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, 
aunque no de los extremos vergonzosos á que 
Velázquez había llegado, y siempre que lo com- 
probaba por algún signo sentía un estremeci- 
miento de dolor y de ira. Por su cruel proce- 
der, más que por haberle arrebatado á su 
amante, odiaba cordialmente al majo. 

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos re- 
pentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo: 

— ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora? 

— No, hace ya cerca de una hora que estoy 
aquí. 

— ¿Una hora?... ¿Y qué hacías? 
— Mirarte y remirarte... y aún no quedé sa- 
tisfecho. 

— ¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago! — 
replicó ruborizándose. Y añadió para distraer 



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ARMANDO PALACIO VALDÉ3 



la conversación: — Me he levantado temprano 
esta mañana, he trajinado mucho por arriba: 
de modo que en cuanto me senté me he queda- 
do fritita sobre el rnostrador . 

Manolo guardó silencio y reparó con inquie- 
tud que tenía los ojos muy encendidos, señal 
de haber llorado recientemente y no poco. So- 
ledad, á quien no pasó inadvertida aquella mi- 
rada escrutadora, hizo lo posible por disipar su 
sospecha. Se mostró alegre, jaranera . 

— Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la 
Palma de Londillo? Ya sé que has estado allí 
con unas mujeres... 

—¿Yo? 

—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebi- 
do un río de manzanilla, y tú has dormido de- 
bajo de la mesa. 

— Hija, te contaré la verdad. Pasaba por 
allí casualmente de retirada, cuando me llama- 
ron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y 
Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. En- 
tré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me 
fui á la cama. Ni yo conozco á las tales muje- 
res, ni jamás he dormido ni pienso dormir de- 
bajo de las mesas. 

Pero Soledad no quiso creerle. Siguió em- 
bromándole con empeñó, charlando y riendo 
mucho más que de costumbre. Manolo se de- 
fendía suavemente, sin dejar por eso de obser- 
var con atención aquellas aciagas señales que 
su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y 
cambiando de tono exclamó: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



67 



— ¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, 
Soledad! 

La joven soltó una carcajada. 

— ¿Eso es lo que estabas reparando, desabo- 
río? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has 
tenido asustada con esos ojos de alma del otro 
mundo? 

— No me engañes, Soledad... Tú has tenido 
un disgusto — repitió Uceda mirándola fija- 
mente. 

Soledad siguió riendo con afectación sin res- 
ponder. 

— ¡Hace tanto tiempo que estudio en tu 
semblante! Por torpe que sea, ya debo com- 
prender los signos de bonanza y tempestad — 
manifestó tristemente. — ¿Porqué ocultarme tus 
penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No 
debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo 
el mundo, y por eso no me abochorno. El amar 
no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme su- 
frir demasiado mostrándome los estragos de tu 
pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú 
me digas, mi imaginación de seguro ha ido to- 
davía más allá. Hace ya tiempo que vivo re- 
signado. Sé que no puedo esperar otra cosa 
que ser tu amigo-, pero, al menos, eso quiero 
serlo de verdad, quiero que no tengas otro 
mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, 
hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada 
por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen 
tanto allá dentro. 

Soledad reía mientras su antiguo novio ha- 



68 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



biaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo 
convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron 
por brotar de sus hermosos ojos. 

— Soledad, ¿qué tienes? — profirió asustado 
Uceda levantándose de la silla. 

La joven le hizo un gesto con la mano para 
que se sentase, sin dejar de reir. 

— ¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, 
de ese modo! 

La tabernera dejó caer la cabeza sobre el 
mostrador, ocultándola entre sus manos, y así 
permaneció algún tiempo sacudida por ince- 
santes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas 
fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron 
por completo. Al cabo alzó su rostro ente- 
ramente bañado de lágrimas, y dijo son- 
riendo: 

— ¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo? 
— ¿Te has puesto mala? — preguntó él con 
ansiedad. 

— No, ya estoy bien. 

Y levantándose tomó de la estantería un 
frasco de azahar, vertió con mano temblorosa 
una cucharada y la tragó. Después se enjugó 
el rostro cuidadosamente con el pañuelo y vol- 
vió á sentarse. 

— Vamos á ver, ¿qué ha sido? — le preguntó 
cariñosamente el joven. 

Soledad guardó silencio. El insistió con pa- 
labras cada vez más vivas y cariñosas. Al 
fin la tabernera profirió en voz baja y concen- 
trada: 



LOS MAJOS DE CADIZ 



6 9 



— Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero 
lo que está haciendo ahora ni yo se lo perdono 
ni se lo perdonará Dios. 

Y al pronunciar las últimas palabras se le anu- 
dó la garganta y estalló en sollozos. Uceda la 
dejó llorar un rato en silencio. 

— Que haga de mí lo que quiera — prosiguió 
cuando se hubo calmado... — Que me haga su 
criada... Después de todo, ya lo soy... Pero re- 
fregarme los ojos con otras mujeres ... eso no 
debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque yo no 
le he dado motivo hasta ahora para tratarme 
así, bien lo sabe Dios... Desde que estoy con 
él no he mirado á ningún otro hombre.,, ¡que 
se me quiebren las manos y se me salten los 
ojos si no digo la verdad!... No he ido un día 
siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, ni 
he puesto los pies fuera de casa más que cuan- 
do él me ha llevado á la plaza de Mina por la 
noche ó los domingos por la mañana á la del 
Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen 
míos... mucho más que si fuesen míos... ¿Por 
qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto 
hay mujeres delante me trata con un despego 
y un despotismo como no se trata á una ne- 
gra... Y les dice requiebros, y retoza con 
ellas... y si me presento en el cuarto me pre- 
gunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? ¿A 
qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y 
esas perdidas se quedan riendo de mí... Ahora 
le da por una que llaman Mercedes la Carde- 
nales Se pasa las tardes en su casa, ahí en las 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Barquillas de Lope, y se pasea con ella por el 
Perejil... De todo me han informado... 

— ¡Eso, más que maldad, es una estupidez! — 
exclamó Manolo, á quien le parecía monstruo- 
so que Soledad pudiera ser pospuesta á otra 
mujer cualquiera de este mundo. 

— Pues no se ha contentado con esto... Era 
necesario que me la pusiese delante de los ojos... 
Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. 
Y para que yo no dudase que era él, el malva- 
do, al cruzar por delante de la puerta, sacó la 
cabeza. 

— ¿Pero iban solos? 

— ¡No! Iba una hermana de ella y otras tres 
personas!... ¡Si me han dicho que se casan!... 
¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su pa- 
dre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no 
soy más que una pobrecita huérfana! 

Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. 
Manolo hizo lo posible por calmarla con re- 
flexiones consoladoras. Velázquez tenía buen 
fondo y la quería. No era posible que por un 
capricho momentáneo la abandonase, deshiciese 
un lazo que era sagrado por las circunstancias 
en que se había contraído. Le gustaba que na- 
die contrariara su voluntad; pero por lo mismo 
no se casaría á un dos por tres con cualquier 
mujer, sino con una que tuviera bien probada, 
que le estuviese enteramente sometida... como 
ella. 

¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad 
le había dado cuenta de la última etapa de sus 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



71 



agravios, que era, después de todo, la más do- 
lorosa para ella, pero no del proceder brutal 
que venía usando. Desde el día en que la gol- 
peó por causa de su hermano, Velázquez soltó 
las riendas á su temperamento altivo y capri- 
choso. La pobre muchacha no sabía cómo darle 
gusto. Por el asunto más baladí armaba una 
reyerta, se enfurecía y concluía por maltratar- 
la. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba 
un rato y volvía al cabo á él más sumisa y 
más enamorada que antes. Fuerza es declarar 
que el guapo no solía excederse en estos casti- 
gos, como otros: ni la hería ni la dejaba casi 
nunca señales ó cicatrices. Más que por hacerla 
daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; qui- 
zá hallando también cierta voluptuosidad en 
ello. De todos modos, no dejaba de ser curioso 
y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y 
arrogante, sufrir con resignación los golpes de 
un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era va- 
liente, y lo había demostrado en varias ocasio- 
nes; pero siempre con la navaja. Luchando á 
brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi 
seguro que Soledad hubiera dado buena cuen- 
ta de él. 

— No; conmigo no se casará jamás, no ha- 
biéndolo hecho ya... Ya no me quiere... 

— Son aprensiones tuyas. Velázquez te 
quiere, y tarde ó temprano se casará contigo. 

Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. 
Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir 
un movimiento de alegría que se le traslució 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo 
que es más probable, porque le saliese del al- 
ma en aquel momento, replicó limpiándose las 
lágrimas: 

— Es igual... De todos modos yo no seré de 
nadie más que de él en este mundo. 

Y murió repentinamente la alegría en nues- 
tro mancebo, como una chispa de fuego cuan- 
do cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío 
largo rato. Soledad, rumiando con desesperación 
sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió 
en voz baja: 

— ¡Daría la mitad de la vida por sorprender- 
los, por decir á esa sinvergüenza cuatro ver- 
dades! 

Manolo siguió silencioso. 

— Oye, querido — tornó á decir con resolu- 
ción al cabo de un rato. — Me voy en busca de 
ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompa- 
ñarme? 

Una ola de vergüenza subió á las mejillas 
del caballero de Medina. 
— ¿Yo?... ¿Qué dices?... 

— No te apures, hijo — manifestó la joven 
observando su turbación. — Te lo he pedido 
porque, como dudo que Velázquez me defienda, 
es fácil que entre todos ellos me maten. Pero 
si te parece mal, no he dicho nada... Tan ami- 
gos como antes. 

Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán 
de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogién- 
dola por la ropa. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



73 



— Aguárdate un instante, criatura... 

Con palabras sensatas le hizo presente lo 
desatinado de aquel paso, le expuso todos sus 
inconvenientes y peligros. Soledad no quiso 
escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los 
halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez 
más tuvo ocasión de convencerse de la terque- 
dad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó 
marchar. 

Estaba cerrando la noche. La tienda se 
poblaba de sombras que luchaban con la escasa 
claridad que aún entraba por la puerta. Uceda 
metió la cabeza entre las manos y quedó me- 
ditando. Indudablemente, lo qúe había dicho 
Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. 
Velázquez, irritado por la osadía de su querida, 
era muy capaz de dejar que la maltratasen, si 
es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Po- 
bre Soledad! Aquel funesto amor la había en- 
loquecido y sería la causa de su ruina completa. 
Cuando la vió aparecer de nuevo con un man- 
tón sobre los hombros y pañuelo de seda á la 
cabeza sintió tanta compasión que le dijo, al- 
zándose de la silla: 

— Vamos, niña... vamos donde tú quieras. 

— Gracias, Manolo — replicóla joven con voz 
temblorosa. — Salte fuera y aguárdame en la 
esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no 
tardará. 

Salió de la tienda Uceda y necesitó esperar- 
la cerca de media hora paseando por la mura- 
lla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados. 



74 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era ya noche completa: los faroles de la 
ciudad estaban encendidos. El mar rugía sorda- 
mente, batiendo su recinto amurallado. 

— Y cuando venga la gente de la reunión 
¿qué les dirá el chico? — preguntó Manolo. 

— Que me dolía la cabeza y estoy en mi 
cuarto durmiendo. 

Caminaron en silencio algunos minutos. 

— Pero ¿dónde vamos? — dijo al fin Uceda 
parándose. 

Soledad tardó en responder. Al cabo dijo 
con acento de vacilación: 

— Si han venido ya de Puerta de Tierra, de- 
ben de estar en la tienda de Crisanto. Veláz- 
quez suele parar allí muy á menudo. 

La tienda de Crisanto estaba en la calle de 
Pedro Conde, muy cerca de los muelles. Para 
ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, 
ó atravesarla por el medio. Soledad optó por 
lo primero. Siguieron la curva de la muralla 
ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á 
un lado las Barquillas de Lope, donde habitába 
la aborrecida rival, continuaron por el paseo del 
Perejil, y después de bastante andar llegaron á 
los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían 
despegado los labios. Manolo iba avergonzado 
y pesaroso, temiendo las consecuencias que de 
aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, 
emboscada en sus pensamientos sombríos, sin 
atender más que al egoísmo de su pasión, ni 
miraba á su compañero ni se daba cuenta si- 
quiera de que iba á su lado. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



75 



Era una noche desapacible de invierno. El 
cielo estaba nublado. El viento soplaba recio, 
haciendo rodar sobre la negra superficie del 
mar enormes olas que venían á estrellarse con 
fragor sobre la muralla. Cádiz, la más bella ciu- 
dad de la Bética, enclavada dentro del Océano, 
apoyándose en la tierra solamente por un bra- 
zo estrechísimo, vivía feliz y tranquila en las 
fauces del monstruo. El bullicio de sus calles 
llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De to- 
das las puertas y ventanas salían rayos de luz 
y de algunas también las notas dulces de la 
guitarra, el chasquido de los palillos y el canto 
vibrante, apasionado, de alguna copla. Ya po- 
dían las olas batir como bestias feroces sus 
murallas, rugiendo amenazas de muerte toda 
la noche. Nadie escuchaba sus gritos; nadie 
se asomaba siquiera á ver sus esperezos ti- 
tánicos 

Uceda y Soledad huían instintivamente la 
luz. En vez de acercarse á las casas, seguían el 
pretil de la muralla donde se amontonaban las 
sombras. Desde los baños del Carmen no to- 
maron por una de las calles trasversales para 
salir á los muelles, sino que continuaron dis- 
traídamente á la orilla del mar hasta la punta 
de San Felipe. Los clamores del Océano eran 
allí más sonoros y profundos. Las olas rompían 
en el baluarte con estrépito y muchas veces 
saltaban por encima del muro y mojaban el 
suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por 
aquel imponente espectáculo: quedaron inmó- 



76 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



viles frente á la hirviente llanura, olvidando en 
un punto sus penas. Al cabo Soledad pro- 
firió: 

— ¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco 
la luna. 

Uceda guardó silencio. Largo rato perma- 
necieron junto al pretil contemplando la agita- 
ción tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus 
ojos se fueron acostumbrando á la oscuridad. 
La inmensa superficie del Océano se desplegó 
ante ellos erizada de crestas amenazadoras. 
Soledad concluyó por sentirse aterrada, como 
si estuviera en medio de ellas sin pisar tierra 
firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocan- 
do poco á poco detrás de su amigo. 

— ¿Qué es eso? — dijo éste volviéndose. — 
v ¿Tienes miedo? ¡Qué harán entonces aquellos 
que van por allí! 

Y señaló con la mano un punto que apenas 
se divisaba en el horizonte. 

— ¿Un barco? — preguntó la joven con an- 
siedad. 
-Sí. 

— ¡Pobrecitos! 

Y añadió al cabo de un instante: 

— Pidamos á Dios, Manolo, que los saque 
de esta noche en paz... Padre nuestro que estás 
en ¿os cielos,.. 

El caballero de Medina respondió á la ora- 
ción quitándose el sombrero. Mientras mur- 
muraba el Padre nuestro, su pensamiento can- 
taba alabanzas á Soledad. «¡Tiene un corazón 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



77 



excelente! El día que adquiera juicio será una 
mujer adorable.» 

Apartáronse del pretil, doblaron la punta 
de la batería y entraron en los muelles. 

— ¿Sabes una cosa que estoy pensando, So- 
ledad? 

-¿Qué? 

— Que si por casualidad tropezásemos en este 
momento con Velázquez ó con algún amigo 
que se lo fuese á contar, podría imaginarse 
cualquier cosa y tendrías un grave disgusto... 

— No lo creas. Velázquez nunca ha tenido 
celos de ti — se apresuró á decir la joven con 
increíble aturdimiento. 

Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado 
hasta las orejas. 

— Es decir, no tiene celos de ti, como no los 
tiene de nadie... Porque él es así... ¿sabes? — 
añadió después de hacerse cargo de su indis- 
creción. 

— ¡Es natural!... Está muy por encima de to- 
dos los demás — manifestó el joven con acento 
sarcástico. 

— No es eso, Manolo... Cada cual es como 
Dios le crió... Hay unos que se celan de su 
sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y 
otros que son confiados y viven siempre tran- 
quilos. 

Uceda estuvo á punto de decir : « Sólo 
siente celos el que ama»; pero su alma gene- 
rosa le hizo volverse atrás, y guardó si- 
lencio. 



78 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



En el gran puerto de Cádiz numerosos bar- 
cos de todos portes cabeceaban furiosamente á 
impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, cru- 
jían las maromas y todo parecía á punto de 
estallar. Algunos farolillos sujetos á las vergas 
lucían con vivos movimientos en la oscuridad 
como estrellas filantes. 

Bajaron la escalerilla de la muralla, y en- 
trando en la calle de Pedro Conde se acerca- 
ron á la taberna de Crisanto, y Soledad supli- 
có á su amigo que se quedara fuera y se 
ocultase mientras ella entraba á preguntar. 
Penetró, en efecto, y la informaron de que Ve- 
lázquez había estado allí hacía poco rato, en 
compañía de algunos amigos y amigas. 

— Hemos llegado tarde — dijo, cuando sa- 
lió. — Han estado aquí, pero ya se han ido. 

— Me alegro infinito — replicó Manolo. — El 
paso que ibas á dar no podía menos de aca- 
rrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa 
antes que llegue Velázquez, sube á tu cuarto y 
duerme tranquila. Verás cómo mañana, con la 
luz del día, se disipan esas nubes negras que 
ahora te atormentan. 

— Sí, sí... me vuelvo — replicó la joven ba- 
jándose aún más el pañuelo de la cabeza para 
taparse la frente y embozándose con el man- 
tón. — Déjame ahora, que me voy por las 
calles. 

— Echa á andar delante. Yo te seguiré nada 
más que hasta la esquina de la calle de la Ve- 
rónica, porque me voy á la cervecería. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



79 



Emprendió la marcha la arrogante taberne- 
ra, y Manolo le dió escolta á respetable dis- 
tancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. 
Soledad, sin volverse, levantó el brazo é hizo 
un gracioso saludo de despedida. Uceda per- 
maneció inmóvil hasta que la perdió de vista. 
Después, lentamente, sofocado por mil pensa- 
mientos melancólicos, hizo rumbo hacia la 
Cervecería inglesa. 



f 



VI 



f)i$ptttk. 



oledad siguió á paso vivo por la calle 
de la Carne, que estaba á tales ho- 
ras animadísima. Los faroles del mu- 
nicipio y las luces de los escaparates la baña- 
ban de claridad. Discurría la gente por ella 
perezosamente, gozando de aquella primera 
hora de la noche antes de retirarse á casa. Gru- 
pos de hombres cruzaban charlando en voz 
alta. Las señoras iban de uno á otro escaparate 
paseando los ojos sobre las telas colgadas en 
ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recrea- 
ban con los dulces expuestos detrás del cristal 
de las confiterías. 

Soledad avanzaba rebujada en su mantón, 
con el pañuelo sobre los ojos. 

— ¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuer- 

6 




82 



ARMANDO PALACIO VAL DES 



po! — Mare bendita, ¿cuándo ha caído este ca- 
cho de firmamento? — ¡Bendígate Dios, salero, 
que me has deshecho el alma con ese taconeo 
chiquito! 

Pocos transeúntes cruzaban sin verter en su 
oído algún requiebro. Los grupos se abrían 
para dejarla paso. La gentil tabernera mar- 
chaba sin fijar la atención en tales palabras, sin 
oirías siquiera, totalmente abstraída de lo que 
la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su 
corazón y turbando sus ideas. 

Antes de alcanzar el fin de la calle comen- 
zaron á caer algunas gotas y se declaró al 
instante un fuerte aguacero. Siguió caminando 
impávida sin guarecerse en los portales, como 
hizo la mayoría de la gente. Y en vez de diri- 
girse á su casa, que ya no estaba lejos, se en- 
caminó hacia las Barquillas de Lope, donde 
esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar 
allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la in- 
temperie la plaza del Balón, y por una pequeña 
travesía entró en las Barquillas. Habita allí 
gente pobre; las viviendas son pequeñas, su- 
cias: hay algunas tiendas de vinos y comes- 
tibles. Hacia una de éstas algo mejor que 
las otras avanzó rápidamente; pero antes de 
llegar á ella escuchó un canto que la dejó re- 
pentinamente clavada al suelo. Era Velázquez 
que entonaba una seguidilla gitana. Quedó in- 
móvil y pálida. El canto de su querido le pro- 
ducía siempre efecto extraño que jamás se 
pudo explicar: la entristecía, le daba miedo; se 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



83 



ponía pálida, y siempre que era posible se es- 
curría para no oirlo. Y no porque el guapo 
cantase mal, al contrario: sin poseer una gran 
voz, era extremado por su estilo para las se- 
guidillas gitanas y soleares. 

Nunca se había atrevido á confesar este 
misterioso efecto; pero Velázquez llegó á no- 
tarlo, y como era nombre complaciente cuando 
no se tocaba á su orgullo, procuraba evitarle 
el disgusto; tanto más, cuanto que tampoco 
era muy inclinado á mostrar esta habilidad, 
que juzgaba poco varonil. Cuando le instaban 
para que tomase la guitarra, miraba de reojo á 
su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto 
para excusarse. 

A este inexplicable efecto uníase ahora otro 
que se explicaba perfectamente. Soledad nece- 
sitó de todas sus fuerzas para no caer al suelo. 
El coraje se las dio para seguir avanzando y 
llegar hasta la puerta de la tienda, que se ha- 
llaba abierta. Dentro no estaba más que su 
dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un 
departamento contiguo, cerrado por cristales al 
exterior y que comunicaba con la tienda, so- 
naba el canto y la guitarra. Los cristales esta- 
ban embadurnados con jabón para que no se 
pudiese registrar la habitación desde fuera. Se 
acercó á ella, y á fuerza de buscar dio con un 
pequeño intersticio donde la pringue no había 
caído, y por él logró ver quién había dentro. 
Estaban, á más de Velázquez, la Mercedes á su 
lado, Frasquito al lado de Pepa, prima de aqué- 



8 4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lia, con quien mantenía relaciones según se de- 
cía, y Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isa- 
bel su prima, hermana de Mercedes, con la que 
estaba próximo á casarse. La madre de las 
Cardenalas andaba de un lado para otro es- 
canciándoles el vino y sirviéndoles lo que les 
hacía falta. 

Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino 
para esta madre complaciente. 

— ¡Alcahueta! ¡asquerosa! — murmuró con 
ira reconcentrada. — Lo que tú buscas es enre- 
dar á Velázquez para que se case con tu hija. 
¡Claro, como es rico, para él todo son mimos! 
jQué te importa que una pobrecilla quede des- 
honrada y á la clemencia de Dios? 

Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se se- 
caron al instante. Velázquez había cesado de 
cantar y se inclinaba para hablar con Merce- 
des, quien con el codo sobre la mesa y la meji- 
lla sobre la mano mostraba una actitud mar- 
cadamente displicente. Era graciosa esta Mer- 
cedes con sus ojillos chispeantes, los dientes 
blancos y menudos y la nariz remangada. So- 
ledad la devoró con la vista largo rato y dejó 
escapar un suspiro. ¡Sí, si cualquiera hallaría á 
su gusto esta chiquilla! Y ella, que poseía los 
ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel 
momento los pequeñuelos y maliciosos de su 
rival; quisiera ser bajita y tener la nariz re- 
mangada como ella. 

Isabel era rubia y desgarbada. La prima 
Pepa, pequeña y fea con un costurón en el cue- 



LOS MATOS DE CÁDIZ 



85 



lio; pero eso y mucho más sufriría el avaro de 
Frasquito con tal de atrapar el gato de su pa- 
dre, que lo tenía gordo y lucido al decir de la 
gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo 
que decían llegaba distintamente á los oídos 
de la celosa tabernera. Espoleada por la curio- 
sidad, tanto como por la cólera, entró en el 
portal de la casa, donde había una puertecilla 
que comunicaba con el cuarto de la tertulia. 
Por el agujero de la cerradura apenas lograba 
verse nada; pero en cambio se oía claramente 
cuanto se hablaba. Pegó el oído á él y es- 
cuchó. 

Velázquez embromaba á la graciosa Carde- 
nala sobre su tristeza. ¿Por qué tenía aquella 
cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había 
visto al lobo? ¿Dónde le había cogido aquel 
aire? Mercedes respondía con palabras sueltas 
y breves, casi siempre agudas; porque tenía 
ingenio y sal la muchacha. Los demás reían y 
tomaban parte en la broma. La voz del guapo 
era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones 
humildes que Soledad jamás había percibido en 
ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que 
le penetró hasta los huesos, y ella, que había 
venido á armar un escándalo, á sacar los ojos 
á su rival, se encontró repentinamente sin fuer- 
zas para mover un dedo. Su felicidad había 
volado para siempre: Velázquez estaba enamo- 
rado de aquella mujer. Iba á salir de aquel 
maldito portal donde le faltaba la respiración, 
donde temía estallar en sollozos, cuando entre 



86 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el oleaje de la conversación creyó percibir su 
nombre. Aplicó más el oído: en efecto, se ha- 
blaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. 
Esta se excusaba-, había bailado ya mucho en 
Puerta de Tierra. El majo insistía. Frasquito, 
que no deseaba verse privado de la compañía 
de su novia, concluyó por decir: 

— Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? 
No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando 
tienes en casa una real hembra que baila en la 
mano. 

— ¡Echa realezas, hijo! — exclamó Pepa con 
mal humor. — ¡No eres alguien para dar títulos! 

— Déjalo , querida — replicó Isabel. — Ha 
querido decir que es una hembra de á real. 

— Nada de eso — profirió con viveza Fras- 
quito. — Soledad es una hermosa mujer aquí 
y en todas partes, y á nadie se lo he oído ne- 
gar hasta ahora. 

— ¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... 
¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá 
desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... 
Que me perdone Velázquez, pero en esta oca- 
sión no ha dado pruebas de buen gusto. No 
sé cómo hay quien pueda decir que es hermo- 
sa una mujerota grande, grande, como una 
ballena; sosa, sosa, más que las calabazas. 

— ¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin 
corsé! — exclamó Isabel. — ¡Para matarla, hija!... 

— El vientre le arrastra por el suelo. 

— Y la mitad del pelo que lleva es postizo: 
me lo ha dicho su peinadora. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



87 



— ¡Vamos, callaros ya! — dijo Mercedes con 
^nojo. — Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni 
á mí nos debe tener con cuidado. 

— Yo no digo más que una cosa — replicó 
Isabel, — y es que si fuese hombre me gustarían 
las mujeres, pero no los elefantes. 

— ¡Anda con ella, hija! — exclamó Frasqui- 
to. — ¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las 
espinas! 

— Oye tú, empachoso, yo no me como carne 
tan dura. Tú la subes mucho, porque está Ve- 
lázquez presente. 

Éste se hallaba molestísimo. Le indignaban 
aquellas injustas y malévolas palabras, pero no 
se atrevía á salir á la defensa de su querida por 
miedo de enojar á Mercedes. 

— Ni la subo ni la bajo — manifestó Frasqui- 
to en tono agrio. — Digo lo que todo Cádiz sa- 
be. Si tú no lo quieres confesar, será también 
porque está tu hermana delante. 

La disputa iba tomando mal sesgo. La ma- 
dre de las Cardenalas se creyó en el caso de 
atajarla. 

— Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa 
que dicen y algo más todavía. A ti no te toca 
más que compadecerla, porque le falta á la po- 
brecita la hermosura mayor, que es la honra. 

Soledad levantó el pestillo de la puerta y 
penetró en la estancia. Se acercó lentamente á 
la vieja, que retrocedió espantada, y plantán- 
dose delante de ella con los brazos en jarras 
dijo roncamente: 



88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Sabe usted, señora, por qué no tengo 
honra? Pues porque ese hombre que está ahí me 
la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle 
que me la vuelva, se humilla y le baila el agua 
para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, 
sino que me afrenta y me clava el puñal por la 
espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted 
que le entrega su hija por dinero, ó yo que me 
he entregado á él por amor? 

La sorpresa los había clavado á todos á la 
silla; pero repuestas las Cardenalas, al instante 
se levantaron como fieras para arrojarse sobre 
la intrusa. 

— ¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á ve- 
nir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á 
su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüen- 
za! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...! 

Y salió el vocablo infamante, y se repitió in- 
finitas veces á gritos por las cuatro mujeres, 
trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y 
hubieran dado buena cuenta de la infeliz Sole- 
dad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con 
arranque generoso, no se hubiese plantado 
delante de ella. 

— ¡Nadie la toque con un dedo siquiera! 

Las mujeres no osaron avanzar. La fiera ac- 
titud del majo les impuso silencio por un ins- 
tante. Volviéndose aquél después á su querida 
y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara 
con ira concentrada. Los dos estaban pálidos. 

— Di, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes 
aquí? 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



89 



— Pues á ver cómo te diviertes — respondió 
la joven, cada vez más pálida. 

— Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya 
ajustaremos cuentas. 

— Á eso vengo también... á que me pegues— 
replicó ella con el rostro contraído por una 
triste sonrisa. 

— ¡Ya arreglaremos eso, ya! 

— Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, 
hombre, pega, si con eso te desahogas!... 

— Lo que vas á hacer es largarte al momen- 
to, ¿entiendes? 

— Como tú quieras... Yo no hubiera entra- 
do si esa tía asquerosa no me hubiera insul- 
tado. 

Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y 
quisieron acometer á la tabernera; pero Veláz- 
quez la echó fuera á empellones y cerró la 
puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en 
injurias candentes, interminables. Velázquez las 
escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos 
el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo 
se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas 
más tiempo. 

— ¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado? — pro- 
firió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa. — 
¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la 
noche? 

Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron 
su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. 
Además, Frasquito y Gregorio las instaron á 
hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si 



93 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra 
vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los 
corazones, aunque los rostros se mostrasen ale- 
gres, cuando menos se pensaba estalló la tem- 
pestad de nuevo. 

Velázquez había tomado la guitarra y pre- 
ludiaba unas soleares. Todos callaban. De pron- 
to Isabel soltó una fuerte risotada, que al gua- 
po le produjo insoportable escozor. 

— ¿De qué te ríes, hija mía? — le preguntó 
con aparente calma. 

— Pues me río de verte así, tan pacífico, con 
la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, 
no lo puedo remediar. 

Y soltó otra risotada. 

— ¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con 
la navaja abierta? — replicó el majo, la voz 
alterada ya, aunque fingiendo sosiego. 

— No, pero como decían que eras esto y lo 
otro... y que las mujeres se desmayaban cuan- 
do tú las mirabas serio y que no se atrevían á 
mover un dedo sin tu permiso... francamente, 
me río. 

— Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me 
ha faltado al respeto, ¿sabes! 5 Pero si tú quieres 
empezar, puedes hacerlo... 

Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo 
insolente. Al cabo dijo con calma provoca- 
tiva: 

— La verdad es, querido, que se te caen los 
calzones de hombre de bien. 

El rostro del guapo se enrojeció, alzóse aira- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



9* 



do de la silla y se abs lanzó á la insolente, di- 
ciendo: 

— Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar 
cómo saben las bofetadas de este hombre de 
bien? 

Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las 
mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo 
había sido broma. Parecía mentira que tomase 
en serio las simplezas de Isabel. Esta se apre- 
suró igualmente á darle excusas. Restablecióse 
el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin des- 
pegar los labios, pero á los pocos momentos se 
despidió con trazas de marchar muy desabrido. 

Cuando entró en casa, Soledad se hallaba 
aún en la taberna. En vez de subir y mudarse 
la ropa mojada, había querido aguardarle. Al 
verle avanzó á su encuentro y le echó los bra- 
zos al cuello, diciéndole con voz temblorosa: 

— ¡Perdóname! 

Pero el majo traía el alma resquemando por 
las palabras de Isabel. Ningunas podían ser 
más pesadas y mortificantes para él. Se des- 
prendió vivamente de aquellos amorosos lazos 
y la rechazó, dándole un fuerte empellón. So- 
ledad retrocedió tambaleándose, tropezó con 
una silla y dio con su pesado cuerpo en el sue- 
lo, hiriéndose con la esquina del mostrador en 
la sien. Velázquez no acudió á prestarle soco- 
rro. La dejó tendida en el suelo y subió á en- 
cerrarse en su cuarto. 




VII 



3^1 columpio. 




a mojadura y el disgusto postra- 
ron en cama á la pobre Soledad. 
Se le declaró una fiebre intensa 
y estuvo algunos días bastante grave. Veláz- 
quez, como si le remordiese la conciencia de lo 
que había hecho, se portó con ella mejor de lo 
que podía esperarse. Hizo venir al médico y 
la prodigó todo género de cuidados y atencio- 
nes y, lo que aún es más raro, apenas salió de 
casa. En la de las Cardenalas no volvió á po- 
ner los pies; pero tal proceder no debía acha- 
carse al amor de su querida, sino á su vidriosa 
susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel 
eran una espina que tenía clavada en el cora- 
zón. El orgullo le hizo, pues, renunciar sin di- 
ficultad, no sólo á la mano, sino también al 



94 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



trato de la Mercedes. No volvió á acordarse de 
ella. Soledad, que muy pronto lo advirtió, sin- 
tió su alma bañada en alegría celeste, y pen- 
sando la inocente que era debido á su cariño, 
se lo agradeció profundamente. Tal conducta 
contribuyó infinitamente más á su curación que 
las recetas del médico. 

Después que se levantó de la cama gozó to- 
davía algunos días felices. Velázquez,en la con- 
valecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó 
de paseo y le hizo algunos leves regalos, para 
ella de gran precio. No tardó, sin embargo, en 
fatigarse. En cuanto la vio fuerte comenzó á 
tratarla de nuevo con desdén; luego con cruel- 
dad. Pero ella todo lo halló bueno, observando 
que no reanudaba sus amores con la Car- 
denala. 

Sus celos no estuvieron dormidos mucho 
tiempo, por desgracia. Principiaron á atormen- 
tarla con ocasión de las frecuentes y largas 
pláticas que el guapo mantenía con Paca la de 
la Parra. Esta proseguía infatigable su tarea de 
persuasión, ejerciéndola unas veces sobre Ve- 
lázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como 
otro la escuchaban sin disgusto, porque era 
una graciosa predicadora y porque les servía 
para hacer alarde de su ingenio con agudas 
respuestas. Resueltos á no seguir sus consejos; 
los recibían con benevolencia, se mostraban 
amables, jocosos, y embromaban cariñosamen- 
te á la célebre cantaora. La llamaban el padre 
Francisco. Pero ella no se atufaba ni descom- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



95 



ponía. Con la gracia y afluencia que caracteri- 
zaban su discurso no cesaba de sermonearles 
un día y otro, esperando que al cabo Dios les 
tocaría en el corazón. 

— Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre 
Francisco! — se decían "uno al otro guiñando el 
ojo. 

Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión 
por los pelos para volver á la carga. 

La verdad es que no tenía mérito alguno su- 
frir con paciencia sus sermones. Era Paca una 
de las más amables, ingeniosas y profundas 
mujeres que pudieran hallarse en parte alguna 
del mundo. En sus ojos brillaba la inteligencia-, 
su voz insinuante, sus modales impregnados 
de natural elegancia, sus palabras llenas de 
prudencia, como las de Néstor, rey de Pylos 
arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con 
los rizos de su negra cabellera mientras habla- 
ba, seducían á cuantos tenían la dicha de escuchar 
sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. 
Ningún problema, por arduo que fuese, refe- 
rente á los deberes del hombre consigo mismo 
y con los demás dejaba de tener solución ade- 
cuada en aquella linda cabeza rizada. Pudiera 
escribir un tratado del matrimonio más com- 
pleto é interesante que el del padre Sánchez. 
¡Con qué admirable habilidad iba descompo- 
niendo y repasando cada uno de los términos 
del caso ético que cualquier amiga le presenta- 
ba! «A tu marido, dices, no le gusta la ensala- 
da de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres 



96 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



días seguidos... y te pegó... pero ha sido por- 
que no tenías dinero para comprar longaniza ó 
carne, ¿no es eso?... Dices que se te había con- 
cluido el dinero antes del fin de la quincena, 
porque te habías comprado unos zapatos... 
Pero los compraste porque tu marido se enfadó 
un día que saliste con él y los llevabas ro- 
tos... etc. » ¡Oh, cuán. profundamente examinaba 
los datos y con qué suave elocuencia emitía 
luego su fallo inapelable! 

La esposa de Pepe de Chiclana no predi- 
caba sólo con la boca, como tantos moralistas, 
sino también con el ejemplo, A pesar de ha- 
berse criado en una taberna, con la libertad y 
los peligros que para las jóvenes ofrecen, ja- 
más tuvieron las malas lenguas sitio por donde 
atacarla . Era virtuosa por temperamento, qui- 
zá también por el orgullo que le inspiraba el 
convencimiento de su superioridad moral é in- 
telectual. Los requiebros no conseguían con- 
moverla. En cambio estimaba cualquier signo 
de respeto y consideración á su talento, goza- 
ba increíblemente cuando, gracias á su elo- 
cuencia, se alcanzaba la avenencia de dos ami- 
gas enemistadas, el perdón de un padre, la re- 
conciliación de un matrimonio. Y sobre esto 
ninguna rigidez antipática, ninguna hipocre- 
sía. No le importaba entrar en una casa de 
mala fama ni acompañarse de cualquier mujer 
de dudosa conducta. Cruzaba sin reparo por 
medio del lodo, segura de no mancharse. 

Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



97 



los halagos de los hombres, llamaron al cabo la 
atención del irresistible Velázquez y concluye- 
ron por preocuparle. Gustaba el guapo de pro- 
digar galanterías, de festejar á cuantas muje- 
res hablaba; pero hallaba justo que estas mu- 
jeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas 
ruborizadas, adivinar que le hallaban de su 
gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no su- 
cedió lo mismo. Cuantos más requiebros la sol- 
taba, cuanto más le hacía comprender que le 
causaban impresión sus atractivos, más indife- 
rente y distraída se mostraba ella. Con su do- 
naire peculiar cortaba en seco cualquier lison- 
ja, desviaba ingeniosamente la conversación y 
la encauzaba hacia los temas filosóficos en que 
tanto se placía. Velázquez sé sintió humillado. 
Por más que tenía conocimiento de la virtud 
de la esposa de su amigo Pepe, y nunca se le 
había pasado por la imaginación ponerla á 
prueba, excitado su orgullo, principió por ga- 
lantearla en broma y concluyó por requerirla 
de amores en serio. 

Paca opuso la misma suave indiferencia á 
uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofen- 
dida. Su táctica consistió en hacerse incrédula 
y en rehusar oírle . 

— ¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa 
viva. Déjala para las pobrecitas que no te co- 
nozcan como yo. 

Y el majo con esto se mordía los labios y 
ocultaba con una sonrisa forzada el despecho 
que le roía. 

7 



9 8 



ARMANDO PALACIO VAL DES 



No pasó inadvertido este galanteo para So- 
ledad. Aunque su inteligencia no era pene- 
trante de ordinario, la tenía muy fina para adi- 
vinar cuanto ocurría en el alma de su amante. 
Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún 
deseo más ó menos vago se le escapaba. Com- 
prendió, pues, al instante, al través de las bro- 
mas triviales de siempre, que Paca le interesaba 
y que la estaba galanteando. Pero aquí se de- 
tuvo su penetración. No vio que Paca rehusaba 
aquel galanteo, que le daba un ardite por Ve- 
lázquez, como por todos los demás hombres; no 
comprendió el carácter altivo y original de su 
amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, 
á responderla con sequedad y aun á dirigirle 
algunas indirectas ofensivas. Como no podía 
concebir que mujer alguna rechazase los obse- 
quios de su querido, estaba persuadida de que 
Paca los alentaba. Esta, al principio, no dio 
importancia á su actitud: la vio triste y seria, 
y pensó que su desgraciada situación y el des- 
vío cada vez más acentuado de Velázquez eran 
la causa. Pero llegó un momento en que ad- 
virtió claramente que Soledad tenía celos de 
ella, y se propuso provocar lo más pronto po- 
sible una explicación. 

Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la 
recibió con marcada frialdad. Cambiaron al- 
gunas palabras indiferentes y, como siempre, 
la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por 
tocar el asunto del matrimonio de su amiga, 
dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



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llevaba á cabo para su realización y procu- 
rando infundirle esperanzas. Soledad escuchó 
distraída y dijo al cabo con impaciencia: 

— Mira, Paca, no te molestes más. No tengo 
ya ninguna gana de casarme. Estoy perfecta- 
mente así. 

— ¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace 
pocos días bien fatigadita andabas por llegar á 
la Vicaría — repuso Paca, picada por el acento 
despreciativo que Soledad había dado á sus pa- 
labras. 

Esta no respondió. Encolerizada á su vez 
por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no 
dispararse, y lo consiguió; pero no pudo repri- 
mir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún 
más herida por este gesto y volvió á pregun- 
tar con sorna: 

— Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo? 

Entonces Soledad, volviendo hacia ella su 
rostro contraído por la ira, dijo con afectada 
calma: 

— Desde que tú y Velázquez os entendéis 
tan bien. Por si se muere Pepe, no quiero ser- 
viros de impedimento. 

Paca soltó una carcajada. 

— ¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Con- 
que Velázquez y yo nos entendemos?... ¡Qué 
traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que 
se confía, que me abre su corazón y me pide 
ayuda... Por delante mucha sonrisa, mucha com- 
pasión, mucha promesa, y por detrás claván- 
dole el cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La 



100 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



verdad es que no sé cómo te contienes y no 
me rompes la cabeza con una de esas bote- 
llas... 

Se echó hacia atrás en la silla y se puso á 
jugar con los rizos negros de su frente. Pero 
su mano, á despecho del sosiego que afectaba, 
temblaba levemente. Soledad, con la cara entre 
las manos, se mantenía en actitud fiera y re- 
celosa. Paca tuvo lástima de ella. 

— Escucha, Soledad: tú eres una criatura 
que no ha visto el mundo más que por un 
agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha 
dado cabeza para saber lo que entra y lo que 
sale y lo que cada cual se trae... En una pala- 
bra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú 
no vas á ninguna parte... Porque me ves ale- 
gre y guasona á ratos, y bebo y canto y no 
me asustan las sandeces de los hombres, te has 
llegado á figurar que estoy aquí para todo el 
que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te 
quite, hija. Tengo un alma de la cual he de dar 
cuenta á Dios, y no he de faltar á mi Pepe por 
nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí 
donde le ves tan pesadote y tan pelmazo, y 
que parece que se le pasea el alma por el cuer- 
po, es un hombre que sabe distinguir, ¿entien- 
des? Y hay otros que parece que las cogen por 
el aire y, sin embargo, no distinguen, ¿esta- 
mos?... Y voy á decirte una cosa para que la 
sepas, sólo para que la sepas: si el diablo me 
tentara algún día, ten por seguro que no es- 
cogería á Velázquez para ello, porque sabe 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



IOI 



muy bien que en la vida me han gustado los 
hombres fanfarrones... Bien puedes dispensar- 
me, hija: ya comprenderás que en este mundo 
los gustos no son iguales. En mi sentir, los tu- 
yos son de los que merecen palos-, por eso te 
los dan. 

Soledad guardó silencio obstinado. 

— ¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fá- 
cilmente te lo voy á poner clarito como el agua. 
Velázquez va á llegar dentro de un momento, 
¿no me has dicho eso?... Anda, hazme el favor 
de esconderte en ese cuarto y verás qué chala- 
dita estoy por él... Y mira bien por la cerra- 
dura, no sea cosa que nos hagamos una seña 
para engañarte. 

La tabernera empezó por resistirse; pero 
vencida al cabo de las instancias de su amiga, 
y aún más por los vivos deseos de arrojar los 
celos que la mordían, consintió en ocultarse y 
asistir á la plática que se preparaba. 

No tardó en llegar Velázquez, quien se sin- 
tió tan sorprendido como alegre de encontrar 
sola á Paca, y más cuando se enteró de que 
Soledad había ido á casa de una vecina que 
estaba de parto y tardaría en volver. No la 
quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sen- 
tó en la silla que había de la parte de fuera del 
mostrador, relamiéndose interiormente, aunque 
mostrando en lo exterior la misma actitud fría 
y soberbia que le caracterizaba. Y comenzó 
muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión 
de hablar á solas con la esposa de Pepe. Aho- 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ra que se presentaba no quiso desperdiciarla. 
— Vengo muy cansado, padre. 
— Pues descansa, hijo. 

— ¿Me permite su paternidad besarle la 
mano? 

— Mi paternidad no da la mano á pillos. 

— Me alegro. Por eso debe dármela á mí, 
que soy hombre de bien. 

- — ¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has co- 
nocido en tu vida. 

— No lo crea su merced, padre. Si no tuvie- 
se vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo 
algunas cositas que me hacen cosquillas en el 
alma. 

— Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque 
si las tienes hace tiempo guardadas deben de 
oler á podrido. 

— Los sacerdotes tienen obligación de escu- 
char en confesión á los penitentes... 

— Pero es á los que llegan arrepentidos. 

— Yo lo estoy, padre Francisco. 

— ¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado 
mortal. Cásate con Soledad. 

Velázquez soltó una risotada. 

— ¡ Ya pareció aquello! Me extrañaba que tar- 
dase tanto. 

— Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y pare- 
cerá mientras me quede alguna palabra en la 
boca. 

— ¡Anda! pues tendré que esperar hasta el 
día del Juicio. Primero le faltará agua al mar 
y al cielo estrellas que á ese piquito palabras. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



I03 



Paca se incomodó. Le picaba cualquier alu- 
sión dirigida á su increíble afluencia. Así que, 
sin advertir que con ello dejaba firme la burla, 
respondió con un sin fin de denuestos; de aquí 
pasó á las reprensiones, á las censuras, después 
á las consideraciones y por último á los con- 
sejos. En un cuarto de hora no cerró la boca. 

Velázquez la escuchó con la suya abierta, 
muy atento y admirado, porque Paca hablaba 
tan bien ó mejor que cualquier folletín de los 
que había leído. Pero no quiso confesárselo. 
Antes persistió en embromarla desviando la 
conversación hacia los parajes donde le con- 
venía . 

— Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes 
hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes 
unos ojos, chiquilla, que bailan como las estre- 
llitas sobre el agua, si cuando hablas y te mue- 
ves hasta el aire que te envuelve queda empa- 
pado de sal?... 

— ¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empe- 
zar con las simplezas de siempre? 

— ¡Que sí, niña, que sí! — profirió Velázquez 
bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia 
ella hasta meterle las alas del sombrero por los 
ojos. — Que eres más rica que los doblones de 
á cuatro, más salada... 

— Vaya, niño, déjame el alma quieta y no 
me saques los ojos con el sombrero, que aun- 
que no son bonitos á mí me hacen avío. 

— ¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y 
di eso delante de testigos y te llevarán á la cár- 



104 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón 
les has faltado... 

Al pronunciar estas palabras se alzó de la 
silla y alargando las manos cogió la cara de la 
joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas 
con prontitud-, volvió á tomarla Velázquez y 
de nuevo se arrancó con fuerte sacudida, le- 
vantándose y saliendo á la parte de afuera. 
Avanzó airada hacia el majo, que se había sen- 
tado, y le dijo con voz alterada apoyándose en 
el mostrador con una mano y poniendo la otra 
en la cadera. 

— Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas 
que no hay más que decir «allá voy» para que 
te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace 
años, me estás hablando casi todos los días, 
¿y todavía no te has enterao de que no me 
gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y 
botones de brillantes y botas de charol ¿no 
hay más remedio que derretirse por ti? No, 
hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de 
esos requiebros mohosos que traes siempre en 
la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las 
infelices que te han escuchado. En el mundo 
hay seda y hay percal, pero quien no sabe dis- 
tinguir la seda del percal no debe ir á la tien- 
da, ¿comprendes? Aquí te has equivocado de 
medio á medio. Lo siento por ti, que no has 
dado prueba de mucho pesqui, y lo siento tam- 
bién por esa pobre muchacha, que merece un 
hombre más regular. 

Y salió de la tienda con ademán resuelto 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



105 



y airado. Velázquez quiso echarlo á risa y la 
detuvo por el mantón . 

— Perdone su merced, padre... No he queri- 
do faltarle al respeto... 

Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejan- 
do en su mano algunos flecos. 

Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa 
que contraía sus labios se apagó. Permaneció 
algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo 
esfuerzos por tragar la amarga pildora que le 
habían propinado. Al cabo logró consolarse á 
medias por la consideración de que nadie ha- 
bía presenciado su derrota y Paca seguramen- 
te no daría cuenta de ella. Mas cuando averi- 
guó que Soledad estaba en casa y cuando ésta 
le confesó, después de muchas instancias, que 
lo había oído todo, se le encendió el alma de 
vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, 
para disimular. Dio á su revés la apariencia de 
una broma mal interpretada. Ya sabía que con 
la mayor parte de las mujeres acostumbraba á 
usarlas, que las hacía disparatadas declaracio- 
nes de amor y le gustaba verlas enojadas. Con 
Paca las había usado infinitas veces, sin que 
jamás se le hubiese puesto seria; pero como 
ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un 
poco la persona y darse tono... 

Soledad fingió creer estas explicaciones, ó 
acaso las creyó de veras, pues mirando desde 
su punto de vista le costaba trabajo suponer 
que hubiera mujer capaz de desdeñar aquella 
octava maravilla de la tierra . 



IOÓ ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al día siguiente, víspera de Carnaval, fue- 
ron ambos á la tienda de la Parra, por ser 
último día de columpio. Es costumbre en Cá- 
diz, cuando llega Navidad, fijar columpios en 
los patios de las casas, y aun dentro de éstas 
cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes 
se reúnen mancebos y zagalas en torno del 
aparato y pasan gozosamente el tiempo co- 
lumpiándose, en medio de alegres cánticos y 
algazara. Los columpios se descuelgan cuando 
llega Carnaval. 

En casa de los padres de Paca todos los años 
se ponía y era uno de los más famosos y con- 
curridos de la ciudad, porque la tienda poseía 
un gran patio (donde crecía la parra que le 
diera nombre), muy acomodado al caso. La 
reunión de la casa de Velázquez se trasladaba 
allí en masa por las tardes. Este casi nunca 
faltaba tampoco, tanto por el empeño que había 
formado de conquistar á Paca, cuanto por las 
muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante 
las cuales gustaba de mostrar su ingenio y 
gentileza. A Soledad sólo la había llevado dos 
veces en la temporada, y eso gracias á los rue- 
gos de las amigas. Pero este sábado, por ser 
la despedida, ó quizá con algún secreto desig- 
nio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad 
aceptó con alegría. 

Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su 
esplendor. Una linda morena de rostro picares- 
co ocupaba el columpio y unos cuantos jóve- 
venes lo impulsaban á poríía sin cesar de cam- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



I07 



biarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo 
un sin fin de donaires, de bromas picantes, de 
frases., insustanciales muchas veces, pero ale- 
gres siempre y con un delicado sabor de ga- 
lantería que sólo se halla en esta poética re- 
gión del mundo. Derramados acá y allá, sen- 
tados unos en bancos, otros de pie formando 
pintorescos grupos, charlaban los mancebos 
con las mocitas ó escuchaban embelesados el 
punteado melancólico de la guitarra. Las con- 
versaciones eran animadas, ingeniosas-, en to- 
das campeaba la imaginación inquieta, el fácil 
ingenio, la incoherencia y la irreflexión que ca- 
racteriza al amable pueblo andaluz. Era un 
burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos do- 
rados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuán- 
to embuste! 

Debajo de la clásica parra, nuestra pareja 
halló sentados á Antonio y María-Manuela con 
otras personas, y fueron á colocarse cerca de 
ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; 
pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, sa- 
ludó á Soledad con efusivo cariño y á Veláz- 
quez con la franqueza de siempre, como si no 
hubiera pasado nada. La presencia de Soledad 
causó, como de costumbre, grata impresión en 
el sexo masculino . Se murmuraron requiebros 
hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros 
frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Ve- 
lázquez aquella mujer elevada y arrogante 
como una torre de marfil, de pies diminutos y 
lindos como los de Hebe la inmortal copera 



io8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en 
voz alta, porque el majo tenía fama de punti- 
lloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como ami- 
go íntimo, tuvo fuero para exclamar: 

— Dios guarde á la rosa hechiza. Ven acá, 
salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien 
años más. 

Soledad sonrió con benevolencia. 

— ¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi 
vera que vivir cien años? 

— ¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, cla- 
vel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies 
una hora que seis meses tomando monedas de 
cinco duros. 

— Es que no las has visto. 

— Todos los días, en cuanto amanece Dios, 
le doy tres ó cuatro á María para que me com- 
pre buñuelos. 

— ¡Sí darás! — murmuró María-Manuela con 
mal humor. — ¡Disgustos! 

— ¡Y bofetás! — añadió Velázquez riendo. 

— Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese 
ramo bien organizado. 

—¡Vaya, no te las eches de plancheta, 
hijo — profirió la irascible María, — que se va á 
creer la gente que te comes los niños crudos! 

Algunas personas se habían acercado y ro- 
deaban el banco donde se hallaban sentados. 
Las eternas disputas de Antonio y su querida 
causaban gran placer á los amigos. Esta, por 
desgracia, se cortó en flor merced á la voz del 
guitarrista, que cantó: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ IO9 



«A la que se columpia 
echarle rosas, 
que todo se lo merece 
por buena moza.» 

— ¡Ole! — j Anda con ella! — gritaron de todas 
partes. 

Y la atención se convirtió á la linda morena 
que ocupaba el columpio. Esta sonrió compla- 
cida, cerró los ojos y á los pocos instantes 
cantó: 

«Al columpio he subido 
porque no digan 
que mi amante está ausente, 
yo pensativa.» 

Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de 
entusiasmo, acogieron la copla de la chávala. 

Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella 
con la misma gracia. Las conversaciones se ha- 
bían suspendido. La gente se había acercado 
al columpio y formaba círculo en torno para 
jalear á la simpática cantaora. 

En aquel instante Manolo Uceda, á quien el 
chico de la tienda de Velázquez había dicho 
dónde estaban sus amos, apareció en la puerta 
del patio y quedó inmóvil contemplando la es- 
cena. La cantaora, que le vio desde el colum- 
pio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta 
copla: 

«Mocito que está á la puerta 
mirando para el columpio: 
entre usté y columpiará 
la que sea de su gusto.» 



no 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Todos los rostros se volvieron entonces ri- 
sueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo 
galantemente: 

— De mi gusto, prenda, ninguna más que 
usté. 

— Pues columpie me usté, hijo, y de salud le 
sirva. 

Apartáronse los jóvenes que movían el apa- 
rato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces 
entre los aplausos del concurso. 

La casualidad había hecho que Paca y Ve- 
lázquez estuviesen juntos en el círculo formado 
alrededor del columpio. Cuando, por haberse 
bajado la graciosa morenita, se distrajo la aten- 
ción de los concurrentes y se diseminaron otra 
vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al 
majo á un rincón y tuvo á bien darle una sa- 
tisfacción de las injurias que le había dicho el 
día anterior. 

— Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te 
habré dicho las mil perrerías: que eras esto y 
lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida 
chilla más que una rata salida del caño... Lue- 
go que me dio el aire entendí que había hecho 
mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco 
sin vergüenza, siempre te has portado como 
buen amigo y serías un sujeto á pedir deboca... 
si te dieran las viruelas. Quiero decir que el 
día que no presumas tanto no tendrás pero... 
á lo menos para mí... Porque hay mujeres que 
les gustan los hombres así... ¡vamos!... que re- 
piquen gordo al andar... Á mí me hicieron de 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



III 



otro modo. Me gustan los hombres formales, 
callados... y sobre todo que no se la den de 
nada, ¿comprendes? 

Las explicaciones de la joven fueron largas, 
interminables é impregnadas de una profunda 
filosofía. Así era todo lo que salía de su espíri- 
tu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez 
de calmar el rencor de Velázquez dieron por 
resultado lo contrario. El guapo se sintió aún 
más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, 
de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo 
echó á broma y pidió que no se hablase más 
del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y 
no esperaba más que un pequeño agujero para 
salir rugiente y abrasadora. 

Soledad y María-Manuela se habían sentado 
de nuevo bajo la parra, que formaba en verano 
fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba 
desprovista de pámpanos, habían echado por 
encima algunas sábanas para guardarse del 
sol de Febrero que ya quemaba. A las dos mu- 
jeres se habían agregado algunas otras y les 
hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo 
Uceda y algún otro joven. Hallábanse char- 
lando tranquilamente cuando, rompiendo por 
entre los grupos con señales de agitación en el 
rostro, apareció el señor R afael. 

— ¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está 
ése? — venía preguntando en voz alta. 

Y así que llegó á la parra y le divisó, acer- 
cóse rápidamente á él y le dio un estrecho 
abrazo. 



112 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Qué ocurre? — ¿Qué ha sucedido? — ¿Qué 
albricias son esas? — preguntaron todos picados 
por la curiosidad. 

Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía 
estrechando entre sus brazos y dando afectuo- 
sas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien 
no correspondía en modo alguno á tales de- 
mostraciones de cariño, antes procuraba zafar- 
se, mostrando un semblante fruncido que daba 
miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando 
atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurren- 
tes con su voz ronca y su ceceo de andaluz ce- 
rrado, exclamó: 

— ¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes 
bien!... ¿A que no saben ustedes lo que ha he- 
cho? Voy á contarlo mas que se ponga colo- 
rao... porque sí... porque las cosas buenas de- 
ben decirse y las malas callarse... Han de saber 
ustedes que ése y yo hemos estado anoche en 
la Pahua de Londillo á comer un guiso de al- 
mejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de 
importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que 
nada tiene de particular-, pero vamos al caso. 
El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tam- 
poco esto vale la pena de que se fijen ustedes, 
porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. 
Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una 
vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el 
gasto de anoche? — Ya está pagado me con- 
testaron. — ¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado? — Pues 
su sobrino. — ¡Vamos, niño, no gastes guasa! — 
Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado. — 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



113 



¿Cuándo? — Esta mañana ha pasado por aquí y 
ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, seño- 
res, me enseñaron el libro y estaba borrada la 
partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao 
borrar! 

Las últimas palabras del viejo apenas pudie- 
ron oirse. Tal fué la algazara que había levan- 
tado su discurso. 

— ¡Tío! ¡tío! — exclamó Frasquito rojo de có- 
lera! — ¡No tenga usted tanta guasa!... 

— Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo 
mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero na- 
die me creerá. 

— ¡Tío, ya le he dicho más de cien veces 
que la hora menos pensada le falto á usted al 
respeto! 

Con dificultad lograron calmarle; todavía 
más trabajo costó impedir que se marchase. 
Afortunadamente intervino Paca, y con su la- 
bia sin pareja y su trasteo logró pronto recon- 
ciliarlos. Llevada á feliz término esta obra de 
caridad y de elocuencia se subió al columpio. 

Mientras Velázquez iba de grupo en grupo 
haciendo penar á mocitas y casadas con sus 
palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, 
y el atractivo de su elegancia, Manolo Uceda 
se había acercado al de Soledad y María-Ma- 
nuela. Quiso entablar conversación aparte con 
la primera, pero no pudo conseguirlo. Soledad, 
engañada por la complacencia de su amante y 
por el semblante alegre que mostraba, era fe- 
liz en aquel instante. Su egoísmo infantil laha- 

8 



ii4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar 
siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su 
antiguo novio. Recibióle con marcada frialdad, 
y apenas hizo caso de sus palabras. Manolo 
sintió el corazón apretado. Comprendió que su 
ídolo se hallaba bajo el influjo de uno de aque- 
llos engreimientos en ella tan comunes, y se 
levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de 
llegar á la puerta salióle al encuentro la more- 
nita del columpio, que estaba agradecida de su 
galantería. 

— ¿Adonde tan solo, hijo? 

— Pues á la calle, niña — respondió Uceda 
haciendo esfuerzos por sonreir. 

— ¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve 
uté aquel rinconsito tan apañaito donde ya 
no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté 
y yo... pa que uté me diga algo... porque ésta 
es la hora en que no me ha dicho todavía que 
tengo los ojos así y la boca andando y el talle 
de esta manera y los cabellos de la otra... en 
fin, toas esas simplesas que disen ustés los hom- 
bres cuando están ajumaos. 

— No se necesita estar ajumao para decir 
que es usted preciosa... pero no puedo sentar- 
me porque me aguardan. Otro día será... Hasta 
la vista, prenda — manifestó Uceda con la mis- 
ma sonrisa contraída, alejándose. 

La morenita quedó inmóvil mirándole, y 
cuando ya estaba lejos exclamó con acento 
donde se traslucía el despecho: 

— ¡Vaya usté con Dios! 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



115 



Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde 
el columpio dejaba oir su voz celebrada. Todas 
las conversaciones quedaron en suspenso. El 
grito dulce y poderoso á la vez de la gentil 
cantaora los había reunido presto á todos en 
torno del columpio. Mas apenas cesó el canto 
tornáronse á sus respectivos sitios. 

No tardaron en agruparse de nuevo, pero 
no alrededor del columpio, sino del banco que 
ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo 
y su querida, Soledad, el señor Rafael y su so- 
brino . La disputa había aparecido al fin. Rara 
vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y 
María- Manuela se hallaban reunidos en públi- 
co. Esta pobre mujer, después de tantas expe- 
riencias, aún no había escarmentado y seguía 
cayendo inocentemente en los lazos que para 
reirse de ella le tendía aquél. Ahora la quere- 
lla se había producido porque Antonio la había 
llamado en son de desprecio femenina, 

— Oye, guasón, á mino me digas eso — res- 
pondió María, preparada á encolerizarse. 

— Que sí, que no eres más que femenina te 
digo... y todas tus hermanas lo mismo. 

— ¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno! 

— Cuando quieras — replicaba él con firmeza, 
y añadía con énfasis: — Y tu madre igual... 

— ¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza 
porque vamos á salir mal! 

— ¡Todas! ¡todas lo mismo! — replicaba An- 
tonio con el mayor desprecio, volviéndose á 
los circunstantes que estallaban de risa. 



116 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira 
que tengo la sangre más negra ya que mis za- 
patos y no respondo de mí — decía ella con los 
labios pálidos, temblando de ira. 

— Lo digo y lo repito aquí y en todas par- 
tes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre mascu- 
lino! 

El furor de María-Manuela no tuvo lími- 
tes al oir el nombre de su padre. 

— ¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi pa- 
dre también? 

Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los 
amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le ex- 
plicaron el significado de los vocablos que creía 
ultrajantes quedó repentinamente en calma, 
y echando una mirada torva á su querido le 
dijo: 

=¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de 
jiguera negra! 

Velázquez se había acercado á un grupo de 
muchachas y departía con ellas regocijadamen- 
te. Soledad lo vio al principio con indiferencia; 
pero la alegría de las chávalas al cabo fué tan 
ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sono- 
ras, que concluyeron por crisparla. Sintió la 
mordedura de los celos, y sin prever las con- 
secuencias se acercó al grupo y mostrando 
semblante alegre quiso tomar parte también 
en la jarana. Este paso fué la gota que hizo 
rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiem- 
po comprimido. Volvióse hacia ella y con ges- 
to desabrido le preguntó: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



117 



— ¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña? 

Era costumbre fatal del guapo tratarla de 
usted cuando estaba enojado, para hacer más 
ostensible su desdén. El tratamiento, la burla 
que envolvía la pregunta y la presencia de las 
jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á So- 
ledad, que permaneció clavada al suelo sin 
acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, 
su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con 
voz apagada: 

— Vengo á preguntarte si quieres que nos 
vayamos... Pronto serán las cinco... 

— Usted se puede ir cuando guste. Yo me 
encuentro muy retebién aquí. 

Guardó silencio la joven y bajó los ojos, du- 
dando qué partido tomar. Pero al levantarlos 
vió pintada en el rostro de las jóvenes presen- 
tes una sonrisa de burla. Su orgullo se embra- 
veció súbito con tan cruel espuela. Alzó la 
cabeza de un modo arrogante y dijo con voz 
firme: 

—Está bien. Quede usted con Dios, y gra- 
cias por la galantería. 

Velázquez, enfurecido por la ironía de estas 
palabras, replicó riendo sarcásticamente: 

— Anda tú con él, hija, y ten mucho cuida- 
do de no caerte de simple. 

— Más vale caerse de simple que de fanfa- 
rria — dijo ella mirándole cara á cara. 

El majo se puso encendido hasta las orejas. 

— ¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no 
te vas á casa tan sana como has venido? 



n8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No apuesto nada: para esa hazaña y otras 
menores sé yo que eres capaz. 

Pintóse un furor rabioso en el rostro de 
Velázquez al escuchar estas palabras inso- 
lentes; alzó el bastón que llevaba en la mano 
y cruzó con él las espaldas de su querida, 
que estaba ya medio vuelta para irse. Y 
hubiera seguido golpeándola si los concu- 
rrentes nó se hubieran apresurado á inter- 
ponerse. Todos le recriminaron aquel acto de 
barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amis- 
tosas reprensiones; poseído de una cólera cie- 
ga, trataba de desasirse, y no pudiendo con- 
seguirlo, la saciaba con feroces insultos y ame- 
nazas. 

— Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía 
deslenguada... Quiero que se acuerde de mí 
toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á de- 
jarme insultar delante de personas regulares 
por una cualquier cosa á quien he recogido en 
medio de la calle? .. 

— Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que 
te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes 
tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos 
arrechuchos entre dos que se quieren no tienen 
importancia — manifestó sensatamente el señor 
Rafael. 

— ¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me 
sofoca ya más que un día de levante!... Si ten- 
go más ganas de soltarla que del premio gordo 
de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque 
me revienta., y está dicho... 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 119 



Y de esta suerte prosiguió todavía dejando 
caer otras pesadísimas palabras. 

Soledad, al escucharlas, se puso más pálida 
que la cera, y sin responder ninguna, sin ha- 
cer siquiera un gesto, se dirigió precipitada- 
mente á la puerta y salió. 




VIII 




alió y emprendió una rápida carrera 
al través de las calles, sin saber 
dónde iba. El corazón le palpitaba 



con violencia, ardía su frente y sentía un ex- 
traño frío interno que la violencia del paso no 
alcanzaba á mitigar. Al cabo de un rato se 
encontró frente á su casa. Quedó un instan- 
te inmóvil y se llevó la mano á la frente cual 
si tratase de ordenar sus ideas diseminadas. 
Había allí dentro algo que le abrasaba mu- 
cho más que el bárbaro golpe de la espalda, 
cuyo cardenal le quedó impreso largo tiempo. 
Eran las infames palabras que Velázquez aca- 
baba de pronunciar en presencia de la gente: 
« ¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he recogido en 
medio de la calle!...» 



122 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



No quiso entrar en la tienda en tal estado 
de agitación, por si había gente dentro: cruzó 
el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. 
Allí, de bruces, en el sitio mismo que había 
ocupado Manolo Uceda la noche que había 
llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas re- 
frescaron su alma. Al erguirse de nuevo había 
recobrado la calma-, era otra mujer. Cuando en 
su espíritu sencillo y limitado penetraba una 
idea, inmediatamente se enseñoreaba de él y 
no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora 
la idea era ésta: c Puesto que él no me quiere, 
yo no debo quererle á él » . Y de tal manera se 
imprimió en su cerebro que ya no volvió á sen- 
tir vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde 
aquel punto quedó irrevocablemente tomada 
su resolución. Se enjugó cuidadosamente las 
lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para 
que la brisa del mar borrase por entero sus 
huellas, y así que se halló bien serena se diri- 
gió con paso firme á la puerta de la tienda y 
entró. 

Las pocas personas que allí había saludáron- 
la con agasajo. Joselillo le preguntó si podría 
marcharse á evacuar algunos recados; no lo 
consintió: tenía que hacer arriba. Subió, pues, 
á casa é inmediatamente se puso á sacar de los 
armarios y á descolgar de las perchas la ropa 
que le pertenecía y á guardarla en el baúl. Se 
iba: se iba inmediatamente. Mientras colocaba 
con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en 
el sitio adonde debía dirigirse. Sin duda el 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



123 



único proyecto que le pareció natural era el de 
irse 4 Medina con su madre y ponerse á tra- 
bajar de nuevo y vivir del mejor modo que 
Dios les diera á entender; pero necesitaba sa- 
ber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su 
amiga Paca: era la más digna por su conducta 
y la que por su posición mejor podía ofrecerle 
hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún 
de lo que había pasado entre ambas y quizá 
también á causa de un cierto rencorcillo que 
no había podido arrojar de sí, renunció á pedír- 
sela. Resolvió ir á casa de María-Manuela, y 
partir al día siguiente en el tren. 

Velázquez, luego que sació su cólera y or- 
gullo con las afrentosas palabras que se ha di- 
cho, siguió departiendo y jaraneando con sus 
amigos, como si nada hubiera pasado. Sin em- 
bargo, no tardó en sentir una vaga inquietud, 
algo que podía ser remordimiento y podía ser 
también temor de las fatales consecuencias que 
la desesperación de su amante pudiera aca- 
rrear. Una mujer despechada es capaz de todo. 
Tuvo miedo que hubiese ido derecha á tirarse 
por la muralla ó se tragase una caja de fósfo- 
ros. Así que, no tardó mucho en despedirse de 
la buena compañía y se vino hacia casa con el 
objeto de cerciorarse de que nada funesto ha- 
bía ocurrido y también con el loable propósito 
de reconciliarse con su querida, si ésta se alla- 
naba á pedirle perdón. 

Al entrar preguntó con fingida indiferencia 
por ella, y como le respondiesen que estaba 



124 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



arriba y la oyese andar con los muebles, quedó 
tranquilo. Charló unos instantes con sus pa- 
rroquianos y al cabo subió. Al cruzar para su 
cuarto vió en uno del pasillo á Soledad lim- 
piando un vestido, y tuvo la magnanimidad de 
decir: «¡Hola!» Aquélla levantólos ojos y res- 
pondió con la misma gravedad y concisión:» 
«Hola». Siguió el guapo hasta su habitación un 
poco sorprendido: esperaba hallarla bañada en 
lágrimas ó presa de algún ataque de risa con- 
vulsiva de los que á menudo la cogían. Aque- 
lla seriedad, y más que nada la indiferencia de 
la mirada y el saludo, le molestaron fuerte- 
mente. Desvanecióse su buen propósito de re- 
conciliación. Sacó del armario los libros de co- 
mercio, encendió la lámpara, porque ya estaba 
oscuro, se sentó delante de la mesa y se puso 
á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en 
advertir que no tenía la cabeza para cuentas. 
La reyerta primero, la inquietud después y 
ahora un poco de irritación y despecho, le ha- 
bían agitado demasiado para poder concentrar 
su atención. Además, hallándose escribiendo 
creyó percibir en la habitación contigua cierto 
ruido especial, como de un baúl que se arras- 
tra. Sintió curiosidad y sorpresa, se levantó y 
encaminó sus pasos hacia la salita donde te- 
nían las camas, y vió á Soledad inclinada sobre 
el baúl, apretando la ropa con las manos. 
— ¿Qué haces? 

— ¿No lo ves? El baúl — replicó ella con voz 
firme sin volver la cabeza. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



125 



El guapo quedó suspenso un instante. 
— ¿Para marcharte? 
— Eso mismo. 
Nueva pausa. 

— Bien, hija. Vete bendita de Dios — replicó 
al cabo girando sobre los talones y encami- 
nándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la 
mesa y otra vez comenzó á trasladar partidas 
y confrontar sumas. Pero si antes le costaba 
trabajo concentrar su atención, ahora le fué del 
todo imposible; de tal suerte, que á los pocos 
minutos dejó la pluma descansar, metió las 
manos en los bolsillos y se recostó en la silla, 
quedando inmóvil con los ojos en la pared. 
Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, 
pero no los percibía; en cambio notaba perfec- 
tamente las vueltas que Soledad daba por 
la casa buscando sus enseres. Al cabo de 
rato largo apareció ésta y le dijo desde la 
puerta: 

— ¿Quiere usted venir á ver el baúl? 
— ¿Para qué? 

— -Para saber si me llevo algo que le perte- 
nezca. 

— No, hija, no ; ya sé que no te llevas 
nada... y si quieres llevártelo puedes hacerlo: 
todo está á tu disposición. 

— Muchas gracias. Adiós — respondió vol- 
viéndose. 

Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, 
Velázquez la llamó. 

— Atiende un instante. 



126 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Qué se le ofrecía á usted? — preguntó ella 
quedándose á la puerta. 

— Acércate, hija, que no vamos á hablar á 
gritos. 

Soledad, de mala gana, dio algunos pasos 
hacia él. 

— ¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, 
niña? — preguntóle riendo. 

Soledad alzó los hombros con desdén y pro- 
firió gravemente: 

— Hágame usted el favor de decirme lo que 
se le ofrece, que tengo prisa. 

— Pues nada más sino que eres una tonta 
rematada, y que por esta simpleza que estás 
haciendo merecías que me enfadase y te calen- 
tase la cara — manifestó Velázquez sin dejar de 
sonreir. 

— Está bien. Adiós. 

Y de nuevo se volvió para irse. Pero Veláz- 
quez la retuvo tomándole una mano. 

— Vamos, niña, no te pongas guasona; no 
vayamos á enredar el asunto más de lo que 
está. Me has dicho una simpleza, te he pegado 
un palo... Corriente... ya no hay que hablar del 
asunto... ¿Pasó?... Pasó. 

La joven se desprendió con un fuerte tirón 
y repitió con acento aún más grave y displi- 
cente: 

— Está bien. Adiós. 

Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó 
de la silla y, acercando su rostro al de la joven, 
le dijo con frase lenta y amenazadora: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



127 



— ¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, 
y que si llegas á sacarme de mis casillas habrá 
que sentir? 

. — Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pé- 
game, mátame... aprovéchate ahora, porque en 
cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo. 

El guapo la miró fijamente y en silencio. Al 
cabo soltó una carcajada. 

— ¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy? 

— Ninguna. Lo único que te aseguro es que 
estamos hablando por última vez. 

— Basta, basta — dijo poniéndose grave de 
nuevo. — No lo cacarees tanto, que aquí nadie 
te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija. 

— Adiós. 

— Adiós... Oye una palabra... Aunque te re- 
pito que puedes hacer lo que gustes, debo ad- 
vertirte que el marcharte ahora no me parece 
muy decente... Es ya noche, como ves, y cual- 
quiera, viéndote salir de mi casa de ese modo, 
podría suponer que te he echado de ella. 

— Pierde cuidado. Ya me encargaré de de- 
cir á todo el mundo que he salido por mi 
gusto. 

— De todos modos, el irte ahora es dar una 
campanada inútilmente. Tienes que buscar casa 
donde pasar la noche, y la hora no es á propó- 
sito para eso... Quédate á dormir, y mañana 
será otro día. Y si sigues plantada te puedes ir 
adonde mejor te parezca. 

— No puede ser — repuso con sosiego y fir- 
meza la joven. 



I2S ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes 
comprender que no hay razón para esa terque- 
dad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que 
ha pasado ya muchas veces... Que tú has estado 
un poquillo insolente.. 7 que yo he estado otro 
poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente 
para que se rompa nuestra unión. Nuestras re- 
laciones no son de ayer, hija mía. Te he visto 
nacer, como quien dice; he sido amigo de tu 
padre, y no puedo dejarte en medio del arroyo 
expuesta á la miseria y á la perdición... Tú no 
eres para mí una mujer cualquiera, una queri- 
da que se toma y se suelta como un perro de 
caza... A ti te he mirado siempre como cosa 
propia, y si algunas veces te maltrato es por la 
misma confianza que contigo tengo y por este 
genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero 
eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te 
aprecio, Soleá, porque eres buena y eres hon- 
rá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de 
tiempo se toma cariño á las sillas, cuanto más 
á las personas... Y para que más de la verdad... 
á ti te he tomado más cariño que he tomado 
hasta ahora á ninguna mujer... 

Soledad levantó los ojos y le miró á la cara 
con sorpresa y curiosidad. El majo había pro- 
nunciado las últimas palabras con emoción. 

— Todo eso será verdad, Velázquez... pero 
estoy convencida de que ni yo puedo hacer- 
te feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí — 
repuso la joven dulcemente, pero con fir- 
meza. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



129 



— Eso lo dices porque aún me tienes coraje; 
pero no es cierto... Ven acá, guasona, ven acá 
que te dé un mordisco por esas palabrillas amar- 
gas que has soltado... Ni tienes vergüenza ni 
mereces que te mire á la cara... 

Al mismo tiempo le tomó una mano, y con 
el otro brazo le enlazó cariñosamente la cintu- 
ra para sentarla sobre sus rodillas. Pero la jo- 
ven se soltó bruscamente. 

— Hazme el favor de dejarme. He dicho que 
me iba y no me vuelvo atrás — profirió en tono 
resuelto frunciendo el entrecejo. 

El guapo se enfureció otra vez, y olvidando 
toda galantería, la insultó groseramente. 

— Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas 
que tengo empeño en tenerte en mi casa? 
Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero -tú 
de qué presumes, criatura?... ¡Si no vales dos 
maravedís! ¡Si hace ya mucho tiempo que no te 
despido por compasión!... ¡Pues estamos avia- 
dos! ¡No se pone pocos moños el pendoncillo 
porque le dicen que se quede!... Anda, hija, 
anda donde estás haciendo falta... 

Soledad recibió sin pestañear la rociada de 
injurias que le escupió á la cara. Cuando hizo 
una pausa se volvió sin responder palabra y 
salió de la estancia. Al trasponer la puerta 
dejó escapar un sollozo ahogado. Velázquez si- 
guió todavía largo rato vomitando cólera. Mil 
frases desdeñosas, infamantes, salieron de su 
boca después de quedarse solo. 

Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se 

9 



13o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fueron sosegando poco á poco, y permaneció 
en la silla sin hacer movimiento alguno, con 
los ojos muy abiertos, emboscado en vaga y 
sombría meditación. 

Las voces de la tienda le sacaron al fin de 
ella. Se levantó, encendió un cigarro y guardó 
de nuevo los libros en el armario. Tomó la 
lámpara y fué á la habitación contigua á bus- 
car su capa para salir. Lo primero con que tro- 
pezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad ce- 
rrado en medio de la sala. Dejó la lámpara 
sobre la mesa, comenzó á pasear por la estan- 
cia chupando el cigarro y envolviéndose en 
nubes de humo. Concluyó el cigarro y encen- 
dió otro, y después otro. Fumaba maquinal- 
mente y daba vueltas, hasta que concluyó por 
marearse. Al fin, enojado consigo mismo, le- 
vantó los hombros con ademán desdeñoso^ 
arrojó violentamente la punta del cigarro y 
tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir 
oyó abajo las voces del señor Rafael y Pepe de 
Chiclana: «Ya están esos ahí» se dijo. Y volvió 
á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda. 

Mostróse á los amigos más alegre y jovial 
que de costumbre y estuvo locuaz en demasía. 

— ¿Cómo no baja Soledad? — preguntó al fin 
Paca. 

— ¿Soledad? — respondió el guapo dando á 
su rostro una expresión burlona. — Anda y pre- 
gunta por ella al sereno. 

— ¿Qué quieres decir? 

—Que ya no vive aquí. Se ha mudado. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ I3I 



— Pero ¿es de veras? 

— ¡Y tan de veras! Hace más de una hora 
que ha salido disparada como un cohete. Dios 
sabe dónde habrá caído. 

Fué grande la sorpresa de los tertulios y 
unánime su sentimiento, porque Soledad, á pe- 
sar de su gravedad habitual y pocas palabras, 
era generalmente estimada. Todos mostraron 
vivo interés por conocer los pormenores del 
rompimiento y lo deploraron con amargura. 

— ¡Vaya un lance feo! — exclamó Paca. — 
Por supuesto que las has de pagar todas jun- 
tas, Velázquez. No hallarás en la vida una mu- 
jer que te quiera tanto. 

— Ni tan guapa — apuntó Frasquito. 

— Ni tan hacendosa y limpia — manifestó 
Pepe de Chiclana. 

— ¿Limpia? — exclamó Paca. — Como los cho- 
rros del oro. Daba gusto ver á esa mujer re- 
volverse por casa. Las cosas que ella tocaba 
con las manos relucían como si les diesen cera. 

— Yo no creo que este rompimiento sea 
para siempre — articuló gravemente el señor 
Rafael . — Será una desazón volandera de esas 
que acostumbráis los que andáis metíos en el 
querer. Mañana os vorveréis á juntar y ni tú 
ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo 
ó dos besos... Pero si es cierto que la has echa- 
do de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, 
Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no 
has hecho una cosa regular... Soleá es una mu- 
jer como pocas... 



132 



ARMANDO PALACIO VALLES 



— ¡Ea, dejarme ya de Soleá! — exclamó el 
guapo riendo. — ¿Me van á dar ustedes jaqueca 
toda la noche? ¿No hay otra conversación más 
entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú 
otro tenía que suceder... Sucedió... ¿Qué le va- 
mos á hacer?... Precisamente en este momento 
me están apeteciendo unas lónjitas de jamón. 
¿Echamos un solo y las jugamos?... ¡En, niño! 
tráete una baraja... 



IX 




l sol abandonaba la mar espu- 
mosa y ascendía por la bóveda 
del firmamento cuando Veláz- 



quez despertó de su sueño. Iba á llamar á So- 
ledad para que le trajese una camisa, pero re- 
cordó súbito lo que había pasado y sintió un 
leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y 
se vistió lentamente malhumorado y taciturno. 
Aproximóse al balcón, que señoreaba una gran 
extensión de mar, y derramó por ella sus ojos 
distraídos. El céfiro rizaba la inmensa superfi- 
cie coronando de hermosos y fugaces pena- 
chos blancos sus olas azules. El sol esparcía 
sobre ella su madeja de oro haciéndola lúcida 
y trasparente como una esfera de cristal. 
Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no 



134 



ARMANDO PALACIO VAL DES 



fueron poderosas para desarrugar el semblan- 
te ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vuel- 
tas por la casa y, cosa que nunca había nota- 
do, le pareció grande y fría. Pensó que era ne- 
cesario buscar una mujer para que la arreglase 
y guisase la comida, y tuvo intención de llamar 
á Joselillo para enviar por ella-, mas se contuvo: 
no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. 
Bajó al cabo á la tienda, se desayunó y se 
puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo deseos 
de salir para esparcir su mal humor y refres- 
car la cabeza, no lo hizo retenido por una 
vaga esperanza, que no tardó mucho en cua- 
jarse. A eso de las doce apareció un hombre 
en la puerta preguntando por él, con una carta 
en la mano. Por su semblante fruncido pasó 
una imperceptible ráfaga de satisfacción. ¡Al 
fin! Esto era lo que había estado esperando 
toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más 
temprano había de llegar, y por eso no se ha- 
bía separado de la tienda. Abrigaba la cer- 
tidumbre de que Soledad, á solas consigo mis- 
ma y así que tropezase con las primeras con- 
secuencias de la miseria y desamparo en que 
había quedado, reflexionaría sobre su falta, se 
arrepentiría de ella y, depuesto todo orgullo, 
vendría humillada á pedir que la admitiese de 
nuevo en su casa. Tomó con su habitual gra- 
vedad la carta que le presentaba el portador, 
le gratificó con largueza y le despidió. Pero el 
mozo le respondió: 

— Aguardo contestación. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



135 



Entonces el guapo echó una mirada al sobre 
y observó que estaba escrito de mano de hom- 
bre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. 
Era de Antonio Robledo, su amigo: le decía en 
ella lacónicamente que Soledad estaba en su 
casa y que hiciera el favor de entregarle al da- 
dor el baúl. No fué menudo el desengaño al leer 
la tal esquelita. En sus breves y sencillas pa- 
labras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo 
menos indiferencia, que le irritó la bilis. Disi- 
muló, no obstante, lo mejor que pudo, y levan- 
tándose de la silla subió á casa seguido del 
mozo y sin decir palabra le llevó hasta la sala 
y le mostró el baúl, que estaba en medio de 
ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á 
resoplar con furia y á dejar salir de su boca 
palabras amargas. 

— [Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á 
recoger en su zahúrda las palomas que se 
suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... 
¿Y quién es el tío para pedir el baúl?. ¿Le 
toca algo con Soledad?... ¿Por qué no lo pide 
ella?... 

Y muy desabrido y amenazando cantar al- 
gunas claridades á Antoñico , se salió de 
casa. 

Era domingo de Carnaval. Las calles rebo- 
saban de gente. En los balcones de las casas 
se apiñaban lindas muchachas de ojos negros 
para ver desfilar los coches ocupados por jóve- 
nes enmascarados que les arrojaban puñados 
de almendras, anises y caramelos. Desde los 



136 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



coches á los balcones entablábanse animados 
diálogos, cambiábanse requiebros por donaires, 
confites por sonrisas; arrojábanse sonoros be- 
sos que, en alas del viento, iban á posarse tí- 
midamente sobre alguna tersa mejilla rubori- 
zada. Y la gente de á pie, desde la acera, ha- 
cía coro á aquellos diálogos batiendo las pal- 
mas, celebrando con igual algazara los requie- 
bros picarescos de los mancebos que las 
respuestas saladas de las niñas. Cruzaban nu- 
merosas comparsas ataviadas con trajes origi- 
nales, unas de majos, otras de trovadores, otras 
de frailes, etc., todas tocando y cantando muy 
concertadamente. Pero la que excitaba la ad- 
miración y el aplauso de la muchedumbre era 
la denominada de las viejas ricas, compuesta 
de veinte ó treinta muchachos disfrazados de 
viejas con espléndidos trajes de seda, peluca 
blanca, media negra y zapato de raso, cuyos 
cantos deliciosos, impregnados de toda la sal 
de la Bética, pronto iban á dar la vuelta á Es- 
paña. 

El sol nadaba sereno por el espacio hacien- 
do brillar la seda de los vestidos, el carmín de 
las mejillas, el azabache de los ojos . Por do- 
quier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado 
de perfumes, de colores y reflejos, vibraba con 
los dulces sones de las músicas, con los cantos, 
con las risas, con las palabras de amor. En las 
estrechas calles, distribuidas en todas direccio- 
nes, cortándose, retorciéndose de un modo ca- 
prichoso, hervía la muchedumbre con inquieto 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



137 



oleaje, bañándose en un gozo vivo y espontá- 
neo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, 
como la diosa de Chipre, de su blanco cin turón 
de espuma, lanzaba una fresca y alegre carca- 
jada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este 
modo! ¡Más feliz aún el que pueda vivir y mo- 
rir en su seno amoroso, bañándose en su aire 
tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los 
besos incesantes de su mar azul que riza la 
brisa! 

Velázquez recorrió las calles sin participar 
de esta alegría como otras veces. Llevaba en 
su alma el peso de la cólera y el despecho. Es- 
tuvo en la calle Ancha, donde la animación era 
más grande y las máscaras se apiñaban con pre- 
ferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien 
le invitó á entrar en la cervecería á beber una 
copa de Jerez. Aunque muy contra su gusto, 
aceptó la invitación para que no sospecha- 
se su mal humor, y se esforzó en aparecer jo- 
coso. 

Consiguiólo sólo á medias-, tanto que Mano- 
lo, que ignoraba el rompimiento con Soledad, 
notó, sin embargo, al poco rato que su alegría 
no era espontánea y le preguntó: 

— ¿Qué tienes? Parece que estás preocupado. 

— ¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que 
este ruido del Carnaval me empacha un poqui- 
11o, ¿sabes? 

Manolo, como de costumbre, no le preguntó 
por Soledad. Sería delicadeza ú orgullo, pero 
es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo 



138 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el guapo pudo salvar del compromiso en que 
la pregunta le hubiera puesto, y al poco rato 
se despidió pretextando que le aguardaban sus 
amigos. Recorrió las calles más animadas sin 
que las contorsiones grotescas ó los gritos des- 
apacibles de las máscaras que tropezaba pro- 
vocasen una débil sonrisa en su rostro tacitur- 
no. Varias le saludaron llamándole por su nom- 
bre, porque era hombre popular y conocido en 
todas las clases sociales. «Adiós, Velázquez. — 
Adiós, guapo. — Adiós, elegante.» Respondía y 
apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo 
conversación. Sin embargo, en la calle de la 
Amargura, de un grupo de mujeres disfraza- 
das de gitanas se destacó una que logró abor- 
darle. Se le plantó delante y le dijo de manos 
á boca: 

— ¿Conque ya no está Soledad contigo? 

— Eso parece — respondió el majo con su ha- 
bitual desenfado. 

— ¿Y por qué la has echado, niño? Eso está 
muy feo. 

— Yo no la he echado. Se ha ido ella — re 
plicó con orgullosa modestia, seguro de no ser 
creído. 

— ¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que 
le has dao una paliza gitana en la tienda de la 
Parra y luego la licencia absoluta. 

— Te engañas, máscara. Se ha marchado ella 
por su gusto. 

— ¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué trai- 
dor con las pobres mujeres!... Pero Dios te cas- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



139 



tigará algún día; no tiene remedio. Dame la 
mano, falso; voy á decirte la buenaventura. 

— Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne 
mucha gente. 

En efecto, las compañeras de la gitana se 
habían aproximado y tras ellas algunos tran- 
seúntes. 

— Una mujer te quiere, salao, pero tú no la 
quieres á ella — dijo la máscara observando las 
rayas de la mano del guapo y remedando á las 
gitanas. — En cambio, estás chalao por otra 
que huye de ti. Llegarás á conquistarla, pero 
al fin te la pegará. Un amigo falso te hará 
traición. Serás muy desgraciadito y nadie te 
compadecerá. La mujer que primero te dé un 
beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella 
se reirá de ti... 

Velázquez sospechó en aquel momento que 
la máscara era Paca, y dijo riendo con fa- 
tuidad. 

— Consiento en pasarlas. Dame un beso, 
prenda. 

— No; no quiero tu desgracia sobre la con- 
ciencia... Suelta, niño. 

El la retuvo á pesar de sus esfuerzos. 

— Dámelo, aunque tus labios tengan vene- 
no. Mira que muero de ganas de pasar esas fa- 
tigas y de que me hagas desgraciado. 

— ¡Suelta, traidor, suelta! 

La gente reía. Las gitanas tiraban de su 
compañera mientras los hombres, que se habían 
parado, animaban al guapo gritándole: 



140 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la gua- 
sita! 

Al cabo se desprendió la máscara y, unida 
al grupo, se alejó gritando, mientras Velázquez 
prosiguió su camino con los labios contraídos 
por una sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel 
ligero incidente le había puesto de buen humor, 
pues apenas le cabía duda de que la gitana era 
Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su 
modo de andar. 

Disipada en parte la niebla que pesaba so- 
bre su espíritu, pudo fijarse y tomar interés en 
lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la 
bulla crecían á medida que avanzaba la tarde. 
Una agitación tumultuosa reinaba en las ca- 
lles: de su recinto estrecho salía un clamor pro- 
fundo como el de un río que se despeña. La 
muchedumbre se estancaba en las calles prin- 
cipales impidiendo el paso de los carruajes, que 
se veían obligados á permanecer inmóviles lar- 
go rato. De pie sobre ellos, máscaras con gro- 
tescas cabezas de cartón excitaban la risa de la 
gente, gritando y manoteando de un modo fre- 
nético: estaban roncos ya casi todos. Las da- 
mas de los balcones, excitadas por tanto voce- 
río, mareadas y nerviosas, gritaban también 
con alegría loca, arrojaban puñados de papeli- 
llos de colores, cubriendo la calle y la muche- 
dumbre de un manto irisado. Algunos jóvenes 
respondían á esta graciosa agresión lanzándo- 
les, con jeringas de goma, chorritos de agua 
perfumada. Cuando acertaban á darles en la 



LOS MAJOS DE CADIZ 



141 



cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. 
Otros, de pie sobre las banquetas de los coches 
con una botella en la mano y una copa en la 
otra, servían manzanilla á los conocidos que 
divisaban. 

— ¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez! 

El majo vio un máscara que desde lo alto 
del coche le ofrecía una copa de vino y se 
acercó. 

— Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la sa- 
lud de tu niña. 

Velázquez tomó la copa y dijo gravemente: 

— Y á la de la tuya, máscara. 

— ¡Oh! La mía no vale un comino al lado de 
Soledad ¡Vaya una mujer castiza!... En tu caso^ 
no envidiaría ni al arcángel San Rafael. 

¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar 
á Soledad? Si era hermosa, otras había como 
ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, 
levemente disgustado por tal ridículo empeño. 
Y de nuevo enderezó su pensamiento hacia 
Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda 
prisa en su mente á fin de borrar la imagen 
que, al parecer, todos se proponían ponerle de- 
lante de los ojos. Había vuelto á quedarse ta- 
citurno y marchaba con arrugado ceño por la 
calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban po- 
niendo nervioso. 

Pero al revolver la esquina quedó estupefac- 
to viendo frente á sí á Paca, que marchaba 
tranquilamente al lado de su marido. Sintióse 
turbado y molesto. ¿Quién era, pues, la másca- 



142 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ra que le había dicho la buenaventura? Sin em- 
bargo, los abordó con fingida calma y alegría. 
Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias 
más graciosas que aquella tarde habían oído. 
Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba 
paz á la lengua, narrando las aventuras de su 
paseo, haciendo observaciones profundas unas 
veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre 
todo lo que había visto y oído . Pero se detuvo 
de pronto y las cortó para decir á Velázquez 
bruscamente: 

— Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? 
Ya no se va hasta dentro de unos días. María 
y Antonio se han empeñado en retenerla... 

Velázquez se encogió de hombros con afec- 
tada indiferencia. 

— ¡Qué mal has hecho, niño! — prosiguió. — 
¡Algún día te pesará! No hallarás mujer tan 
fiel ni tan cuidadosa de tus intereses. 

¡ Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de 
que hablar en Cádiz? Abrevió cuanto pudo la 
conversación y se despidió de los esposos. 

La tarde declinaba. Las calbs iban quedando 
oscuras y el semblante del guapo también. De- 
cidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, 
pues no había comido. « ¡Vaya con Antoñico! se 
decía mientras mascaba distraídamente. ¡Ya lo 
creo que trabajará porque Soledad se quede en 
su casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido 
teniéndola al alcance de la mano!... ¡Valiente 
verde de restregones y achuchones se dará en 
estos días!» Y en su corazón, que la tristeza 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



143 



oprimía, sintió de pronto la quemadura de los 
celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pre- 
texto ó con otro, de florearla. Mil veces le ha- 
bía oído decir que ninguna mujer le había gus- 
tado tanto en la vida. Luego, era un hombre 
audaz, no conocía la vergüenza; lo mismo le 
importaba recibir una injuria ó una bofetada 
que beberse una copa de vino... Ella, claro que 
no se iba á enamorar de semejante asqueroso; 
¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto 
las adulan se vuelven jalea. Había observado 
que las payasadas de Antonio le caían en gra- 
cia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. A fuer- 
za de machacar el hierro se dobla... 

Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de 
la cervecería le sofocaba. Se levantó, pagó y sa- 
lió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la no- 
che. Su pecho oprimido se dilató aspirando con 
felicidad el aire puro, que refrescó al mismo 
tiempo sus sienes y serenó su espíritu. A paso 
lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de 
su casa siguiendo la ruta de la muralla al borde 
de la mar para evitar la gente. Una débil espe- 
ranza lucía en la oscuridad melancólica de su 
pensamiento, la de encontrar á su llegada carta 
de Soledad. Le parecía increíble que ésta rom- 
piese de un modo tan insulso los lazos estrechí- 
simos que los unían, olvidase en un punto su 
amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas 
había recibido. Animado por esta luz y viéndola 
brillar delante de sí, cada vez con mayor in- 
tensidad, insensiblemente fué apretando el paso 



144 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró 
dar á su rostro la misma habitual expresión 
indiferente y altiva y, después de saludar á las 
tres ó cuatro personas que allí había, preguntó 
á Joselillo: 

— ¿Ha venido algún recado para mí? 

— No, señor — respondió el chico. 

Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama 
fatigado del largo paseo que había dado y más 
aún de tanto pensar en la misma cosa. Con- 
cluyó por enfadarse consigo mismo. <¡A qué 
tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca tonta 
la que se estaba buscando! Si se marchó, buen 
viaje. Las consecuencias del rompimiento se- 
rían peores para ella; porque él se quedaba en 
su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á 
parar. La idea de ver á su amante padeciendo 
los rigores de la miseria ó quizá hundida en 
un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se 
dijo enternecido. Es una niña caprichosa. Ni 
sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula 
lo que le puede sucederá Y dilatándose su 
espíritu con estas imaginaciones tiernas y so- 
segada la cólera, al cabo de un rato se quedó 
traspuesto. 

Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el 
oído á los ruidos de la tienda, y no percibien- 
do la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no 
vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por 
ahí de juerga en cualquier montañés» . Y rápida- 
mente se echó sobre los hombros su capa torera, 
bajó al establecimiento, dió á toda prisa las ór- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



145 



denes necesarias y salió á la calle. Sin vacilación 
de ningún género, con paso vivo y firme se di- 
rigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en 
la calle de Enrique de las Marinas, bastante 
lejos del Campo del Sur, en el piso segundo 
de una casa vieja y de modesta apariencia. 
Estaba el portón abierto. Subió por la estre- 
cha y sucia escalera, y cuando llegó á la puer- 
ta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrir- 
le. Llamó más fuerte, y tampoco. Entonces 
se puso á dar fuertes porrazos con el puño, 
hasta que se abrió una de las puertas de al 
lado y salió una mujer á decirle que excusaba 
de llamar porque no había nadie en el cuarto. 
Los vecinos habían salido hacía poco rato y 
debía de ser para el baile, porque la señá Ma- 
ría-Manuela y una amiga que estaba con ella 
iban disfrazadas. 

Velázquez bajó la escalera con un nuevo 
desengaño en el corazón. ¿Cómo? La niña, des- 
pués de lo que había pasado y en situación tan 
angustiosa, ¿tenía humor para irse al baile? Su 
amor propio le sugirió la idea consoladora de 
que había ido, no por su gusto, sino arrastrada 
por Antonio, quien tenía interés en aturdiría 
y aun corromperla, por aquello de que « á río 
revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo 
un instante á calcular adonde podrían haber 
ido, y después de pesar atentamente las pro- 
babilidades resolvió encaminarse al teatro Prin- 
cipal. 

El salón estaba ya lleno. En el medio baila- 

10 



I4Ó ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ban trabajosamente veinte ó treinta parejas 
ceñidas por una muralla de espectadores que 
gritaban, reían, y les daban ruidosa cantaleta 
avanzando insensiblemente y sofocándolas cada 
vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó to- 
cando en las lindes de la embriaguez y sus 
chanzas eran descomedidas. Pero los que bai- 
laban con las máscaras hallábanse poco más ó 
menos en el mismo grado de la escala alcohó- 
lica y no se quedaban cortos en las respuestas. 
Solamente las mujeres estaban disfrazadas: 
hombres, uno que otro por excepción, acaso 
para llevar á feliz término alguna aventura que 
exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta 
gente habían formado ya una atmósfera espe- 
sa y asfixiante. 

Velázquez se introdujo en el grupo de es- 
pectadores y á fuerza de codazos logró pronto 
colocarse en primera fila. Se puso á examinar 
las parejas que cruzaban. El disfraz ordinario 
de las mujeres era el dominó; las había, sin em- 
go, graciosamente ataviadas con trajes de ca- 
pricho. Muchas, sofocadas por aquel ambiente, 
se habían quitado la máscara, saltaban con las 
mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose 
arrebatar en el torbellino del baile. Unas se des- 
plomaban con lángido abandono en los brazos 
de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando 
la cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras 
brincaban con frenesí, enloquecidas por el rui- 
do y el movimiento, respondiendo con viveza 
á cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



147 



al pasar. Una linda rubia de ojos negros daba 
puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al 
galán que la llevaba abrazada, en castigo quizá 
de algún desmán, mientras otra muchacha se 
volvía á menudo para saludar con la mano á 
unos jóvenes que miraban desde un palco, lo 
cual mortificaba mucho á su pareja. 

Velázquez observó cuidadosamente á cuan- 
tas mujeres bailaban esperando descubrir á So- 
ledad-, pero no logró nada. Calló, al fin, la or- 
questa. Por todo el ámbito del salón comenzó 
á hormiguear la muchedumbre con algazara. 
Los gritos de las máscaras dando bromas á sus 
conocidos levantaban horrible algarabía. Al- 
gunas, por su donaire, llamaban la atención y 
lucían la viveza de su ingenio en medio de un 
grupo que las aplaudía, mientras el pobre hom- 
bre víctima de sus burlas, con el rostro encen- 
dido y desfigurado por una sonrisa forzada, ha- 
cía inútiles esfuerzos por exprimir el ingenio y 
sacar de él alguna respuesta graciosa. 

El guapo recorrió el salón en todas direc- 
ciones por ver si descubría entre las máscaras 
á su querida. Tenía la seguridad de reconocer- 
la. Mientras se dedicaba á esta caza sabro- 
sa sin resultado, alzóse súbito gran tumulto. 
La gente se arremolinó hacia uno de los án- 
gulos; las mujeres chillaban; los hombres se 
precipitaban para introducirse en el lugar de 
la gresca: .por algunos momentos reinó es- 
pantosa confusión en el baile. El motivo era 
que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, 



I48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la estaba dando de bofetadas. El galán que la 
acompañaba salió á su defensa: se había traba- 
do una lucha en la cual tomaron parte los ami- 
gos de uno y otro: brillaron las navajas, y hu- 
biera habido que sentir si los muchos concu- 
rrentes no sujetasen á los gladiadores y la po- 
licía no llegase al punto. Velázquez, que siem- 
pre se había mostrado indiferente á estas bullas 
y se había reído de los burlados, dijo en voz 
alta y con acento colérico que estaba bien he- 
cho y que fué lástima que el hombre no le hu- 
biese sacado las tripas al galancete . 

Cuando los culpables fueron arrojados del sa- 
lón y se restableció la calma, vio entre las más- 
caras una más alta que le pareció su amante. 
La pequeña y gorda que la acompañaba era 
sin duda María-Manuela. Corrió á su encuen- 
tro, pero ellas, al verle, se separaron viva- 
mente y, cada cual por su lado, se intro- 
dujeron en la muchedumbre, desapareciendo 
al instante de sus ojos. Por más que hizo 
no le fué posible dar con ellas. Mareado de 
tanta vuelta, rendido y triste, se determinó 
al cabo á salir del baile. Soledad y María- 
Manuela sin duda se habían vuelto á casa. Pero 
antes de retirarse á la suya quiso dar un vista- 
zo por el café Suizo. Un vago presentimiento 
le animaba á ello. Sabía que Antonio era pa- 
rroquiano y solía llevar con él á María-Ma- 
nuela. 

En cuanto abrió la puerta y puso el pie den- 
tro la vio. Estaba sentada cerca del mostrador 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



149 



con su amiga María y otra mujer, Antonio y 
otro hombre. Llevaba dominó negro y se ha- 
bía quitado la careta. Sus ojos se encontraron, 
pero ella apartó los suyos vivamente y por 
su hermoso rostro sonriente se esparció una 
nube sombría. Velázquez vaciló unos instantes, 
pero al fin se decidió á acercase á la mesa ha- 
ciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para 
aparecer sereno. 

— A la paz de Dios, señores. 

Soledad no respondió. Los demás, que no le 
habían visto, levantaron la cabeza sorprendi- 
dos y saludaron. 

— ¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué 
milagro es éste? — dijo Antoñico con intención 
burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la 
sangre del guapo. 

¡Con qué placer le hubiera estampado la bo- 
tella en la cara! Se contuvo, esperando que 
algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y 
adoptando un tono desenfadado explicó su 
aparición. Salía del baile, donde se había abu- 
rrido como un perro en misa y, sintiendo sed, 
se había metido en el café á tomar una limo- 
nada. Y al decir esto batió las palmas y se la 
pidió al mozo. 

— Sí, ya sé que has estado en el baile — re- 
plicó Antonio con la misma sonrisilla gua- 
sona. 

Velázquez mintió; dijo que había recorrido 
antes otros dos, y que en ellos había bailado-, 
pero aunque tenía por cierto que la vecina se 



I50 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo diría, no tuvo valor para confesar que ha- 
bía estado antes en su casa, esperando que de 
aquella conferencia saldría algo que evitase tal 
humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, 
como en sus horas más felices, cuando se halla- 
ba delante de mujeres que se proponía cauti- 
var. Antonio llegó á dudar, viéndole tan des- 
preocupado, si serían ciertas sus explicaciones 
y habría entrado allí por casualidad. Ni una 
sola vez volvió los ojos hacia Soledad, cerca de 
la cual estaba sentado; pero, sin mirarla, veía 
su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La 
joven permanecía rígida y silenciosa: los esfuer- 
zos del guapo no lograban desarrugarla. 

Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez 
había prevenido al mozo con una seña, y al pe- 
dir la cuenta se encontró con que ya estaba 
pagada. Soledad hizo un movimiento de impa- 
ciencia y disgusto, que no pasó desadvertido 
para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy 
delicado y se puso de mejor humor. Salieron á 
la calle. Las tres mujeres se habían cogido del 
brazo; los hombres marchaban delante. Mas 
Velázquez maniobró hábilmente para quedarse 
rezagado y se volvió al lado de Soledad, que 
daba la acera á las otras dos. Al cabo de un 
rato de silencio dijo en voz baja: 

— ¿Te has divertido en el baile? 

— Sí — respondió la joven secamente sin vol- 
ver la cabeza. 

Después de otra pausa volvió á preguntar 
tímidamente: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



151 



— ¿Has bailado mucho? 

— No — respondió con la misma sequedad. 

Nuevo silencio, durante el cual el majo es- 
trujaba su inteligencia buscando medio de pa- 
sar á la conversación que deseaba. 

— Te he visto y te he reconocido perfecta- 
mente hace un momento aunque llevases ca- 
reta — dijo al cabo disimulando inútilmente su 
emoción. 

Soledad no respondió. 

— ¿Sabes por qué te he conocido? 

—No. 

— Pues por esos pies menuditos que Dios te 
ha dado y que no tienen pareja. 

— ¡Bah! — dejó escapar la joven con indife- 
rencia. 

María-Manuela, que deseaba vivamente la 
reconciliaión de los amantes, oyéndoles ha- 
blar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, 
y ambas se separaron bruscamente de Soledad, 
dejándola sola. Velázquez lo agradeció en el 
fondo del alma; pero un gran temor y embara- 
zo le sobrecogieron inmediatamente. 

—Hace un rato estuve en casa de Antonio... 
Quería darte la mano antes de que te fueses... 
Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber 
cuál era fui derecho á ese... ¡La querencia, hija 
mía!... Teníala seguridad de conocerte en cuan- 
to te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni 
tu aire, ni tus pies se pueden equivocar con 
otros. Tardé mucho en dar contigo; pero cuan- 
do al cabo te vi y traté de saludarte, desapare- 



152 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ciste de mis ojos entre la gente y ya no pude 
hallarte... ¿Me has visto tú? 
—Sí. 

— ...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... 
Pues mira, Soledad, por mucho que tú me ten- 
gas, más me tengo yo. Quisiera poder moler- 
me las costillas á palos. Te sobra razón para 
no mirarme á la cara en tu vida; pero dicen 
que de los arrepentidos es el reino de los cie- 
los, y tú para mí eres el cielo, ¡el cielo de la 
mañana con campanillas de plata! Un cachi- 
to de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan 
chalado... Desde que saliste de casa, ni cantan 
los pájaros en la jaula, ni huelen las flores en 
el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el 
día que aullar... Todos parecen decirme: <¡Anda 
por ella!» 

La joven permanecía silenciosa y grave. En- 
tonces Velázquez, deponiendo las últimas mi- 
gajas de orgullo que le quedaban, profirió con 
voz temblorosa: 

— He pasado una noche y un día muy 
amargos, Soledad. Me parecía imposible que 
un cariño de toda la vida pudiera romperse en 
un minuto. Te he querido de chiquita, cuan- 
do te hacía bailar sobre las rodillas y gorjeabas 
á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he 
visto crecer y desarrollarte y volverte poco á 
poco una real hembra que hacía la boca agua 
á toos los gachós de la villa. Y entonces co- 
menzaron mis cuidaos, ¿sabes?... Después pasó 
lo que pasó y me fui metiendo, metiendo en 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



el querer... y hoy eres para mis ojos, criatu- 
ra, la misma Virgen del Carmen, el principio y 
el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has 
escrito, di? Una palabra tuya me hubiera he- 
cho volar á tu lado y pedirte perdón... Pero 
hacer que me escribiese ese tío no te lo per- 
donaré jamás... 

Soledad alzó los hombros con ademán dis- 
plicente y dijo: 

— Allá tú. 

Velázquez se sintió cada vez más turbado. 
Una tristeza profunda iba entrando poco á poco 
en su pecho. La que él imaginaba pequeña ba- 
rrera fácil de saltar se trasformaba en alta, in- 
accesible muralla. Entonces halló en su alma 
palabras sumisas y fervorosas que ofreció en 
holocausto á aquella diosa irritada. 

— Desde que te has ido de mi vera no sé lo 
que me pasa, gachona; ni duermo, ni como, ni 
sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. 
¡Y yo que me figuraba que podía vivir tan ri- 
camente sin verte! ¡Sin duda me has echado 
algunos polvos en la comida antes de irte, gi- 
tana! Me parece como si hubiera vivido hasta 
ahora con una venda sobre los ojos sin saber 
que tenía cerca un pedazo de cielo, una palo- 
mita de oro, un talego de perlas que á patadas 
hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que 
me ha caído la venda me bajo á recogerlas y 
las beso, ¿sabes?... Escucha: todo el mundo dice 
que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero 
contigo no quiero serlo más. Si has estado en 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mi casa humillada, de hoy para arriba no vol- 
verá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocu- 
parás en ella el sitio que mereces, serás respe- 
tada como las santas que están en los altares 
y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me 
basta para ser feliz oir tu voz y sentir tus pasos 
menudos. 

Soledad escuchó impasible este concierto de 
palabras dulces y protestas de amor. Camina- 
ron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, 
con voz más débil, prosiguió: 

— Borra de tu memoria cuanto malo te haya 
hecho hasta ahora. Quiero ser otro hombre 
para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una 
perrada, mala puñalada me den rejoneá. No 
pienses más en irte á Medina, ni en que esas 
manos de cera trabajen para comer: casa tienes 
en Cádiz, y mientras yo viva tan señora serás 
en ella como la reina en su palacio... 

El mismo silencio obstinado por parte de su 
compañera. 

— Di, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás 
tan rencorosa como todo eso? — profirió ansio- 
so y acongojado. 

Pero Soledad, en vez de responderle, se di- 
rigió en voz alta y tono jocoso á sus amigas, 
que marchaban delante. 

— Andad más vivito, hijas, que llevamos paso 
de procesión. ¿Queréis pasarla noche al fresco? 

Cayéronsele al guapo las alas del corazón. 
En su vida se había sentido tan triste. Aún 
tuvo fuerzas para exclamar: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



155 



— Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres 
muy buena y me perdonarás... ¿Te vienes con- 
migo? 

La joven guardó silencio cruel y siguió ca- 
minando con igual tranquilidad, como si no 
hubiese oído. 

Velázquez perdió la esperanza de llevarla de 
nuevo á su casa. Sintió frío y se pasó la mano 
por la frente con abatimiento. Pero no tuvo 
aliento para continuar suplicando y caminaron 
algún tiempo, y llegaron hasta la puerta de la 
casa de Antonio, sin que ninguno de los dos 
despegase los labios. Antonio y su amigo se 
detuvieron; uniéronseles en seguida María-Ma- 
nuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez 
iban á hacer lo mismo, cuando éste dejó caer 
en los oídos de la joven, con voz angustiosa, 
estas palabras: 

— ¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar 
marchar solo?... ¡Por lo que tú más quieras... 
por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, 
no me hagas esa ofensa... no tengas tan mala 
sangre!... ¡Anda, hija mía, vente conmigo! 

Soledad volvió la cabeza sorprendida de 
aquella voz extraña y temblorosa, le miró un 
instante á la cara y al fin dijo gravemente: 

: — Bueno; vamos. 

La alegría dejó suspenso al guapo por al- 
gunos minutos; pero reponiéndose en seguida 
y tornando á su habitual arrogancia, tomó la 
mano de la joven, la pasó por debajo del brazo 
y así enlazados se acercó al grupo diciendo: 



156 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Camarás, ustedes se van á la cama: nos- 
otros también. Conque á la paz de Dios y dor- 
mir bien. 

María-Manuela prorrumpió en exclamacio- 
nes de gozo. Ya sabía ella que todo aquello 
era mojama y conversación de Puerta de 
Tierra. 

— ¡Pues no faltaba más que dos gachós tan 
serranos se juntasen y se apartasen como dos 
perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras 
de la calle os irán echando bendiciones. Sole- 
dad, no consientas más en la vida que ese 
desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que 
habíais de reñir... 

Los demás se mostraron igualmente alegres 
por la reconciliación y les felicitaron-, pero An- 
tonio no dejó de verter su gotita de hiél en la 
alegría de Velázquez. 

— ¡Así me gustan los hombres! — exclamó 
dándole palmaditas en el hombro. — Una mujer 
como Soleá merece que nos echemos la fachen- 
da á la espalda. 

El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero 
disimuló, esperando la ocasión de tomar re- 
vancha; y temiendo no fuese más adelante en j 
sus bromas, se apresuró á alejarse arrastrando 
consigo á su querida. Los despidieron con al- 
gazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les 
gritó recordando la conclusión de los cuentos: 

— Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y 
yo fui y vine y no me dieron nada. 

Soledad se volvió con la faz sonriente y 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



157 



replicó, aludiendo también al final de los 
cuentos: 

— Te regalaré tinos zapatitos de manteca, si 
los quieres. 

Quedaron al fin solos. Velázquez no halló 
palabras, acometido á un tiempo mismo de tur- 
bación y gozo. Embargábale una emoción gra- 
tísima, una ternura suave que refrescaba su 
corazón y lo bañaba de deleite. Jamás había 
experimentado aquello. Mil veces había sentido 
el brazo de Soledad sobre el suyo, sin que su 
dulce peso le hiciese estremecer de alegría, sin 
pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por 
qué era tan exquisita la sensación que ahora 
percibía? El suave calor de aquel brazo, tras- 
mitido al suyo, se difundía por todo su cuerpo 
inundándole de felicidad. 

Al cabo su lengua se desligó para propo- 
nerle tímidamente que siguiesen el camino de 
la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y 
por una de las bocacalles salieron al Perejil, to- 
talmente desierto á aquellas horas. 

Era una noche tibia de las postrimerías de 
Febrero. La luna bañaba ya su punta argenta- 
da en el mar preparándose á dormir en su 
seno. Por la inmensa llanura líquida se espar- 
cía una blanca claridad que hacía temblar al 
monstruo de júbilo. La blanca diosa, al aban- 
donar el firmamento y hundirse en las olas, 
mostraba en silencio su faz radiante y serena. 
Las estrellas palidecían ante su majestad. Nin- 
gún ruido se escuchaba más que el leve batir 



158 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de las olas. De los confines del horizonte ia 
noche venía desplegando su velo misterioso, 
que pronto iba á envolver en la sombra la tie- 
rra, el cielo y el mar. 

Velázquez, que nunca había fijado su aten- 
ción en los esplendores de la naturaleza, sintió 
la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que 
brotaba del fondo del alma, poblaba de encan- 
tos cuanto abrazaban sus ojos, y desataba su 
lengua avara de palabras. Oprimiendo cada 
vez más el brazo de la joven, narrábale al oído 
cuanto había acaecido en su ausencia, la infor- 
maba de todos los pormenores de la casa, des- 
lizando en el relato conceptos halagadores, fra- 
ses cariñosas que daban testimonio de su ven- 
tura. Sentía en aquel instante irresistibles im- 
pulsos de adoración, de poner al descubierto 
su alma y explicar los sufrimientos que había 
experimentado en las últimas horas; los expli- 
caba con el placer de un náufrago que, al amor 
del fuego, en un sillón confortable, cuenta los 
terribles peligros que ha corrido, seguro de no 
verse más expuesto á ellos. 

Soledad escuchaba serena, complacida, de- 
jándose arrullar por aquella cascada de pala- 
britas de miel que nunca habían llegado á sus 
oídos. Llevaba los ojos puestos en el cielo y 
sonreía de vez en cuando á los amorosos ex- 
tremos de su amante. De repente vió correr 
una estrella, y para que no fuese mensajera de 
algún mal exclamó: 

— ¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe! 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



159 



Velázquez la miró sorprendido. 

— ¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha 
guiado hacia ti, serrana, y estoy contento. 

— No: se lo decía á una estrella corrida. 

— ¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo? — dijo 
el guapo. — Pues ten cuidado, porque tantas 
como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... 
Pero no te importe, niña, que cuando eso su- 
ceda yo no podré ya con la fe de bautismo en 
papeles y tendrás que sacarme en una espuer- 
ta al sol. 

Ambos rieron representándose aquel por- 
venir lejano. Y charlando de esta suerte llega- 
ron al fin á casa; y después que Soledad hubo 
echado una mirada investigadora por el esta- 
blecimiento, subieron para reposar. 




X 



Rebelión. 



elázquez se sintió al día siguiente 
avergonzado en presencia de su 
querida. Se levantó, no obstante, 
de buen humor y la prodigó muchas delicadas 
atenciones que no acostumbraba á usar: bebió 
y comió con apetito y estuvo locuacísimo todo 
el día. Por la noche agasajó á sus amigos en 
celebridad de la reconciliación, y éstos pudie- 
ron notar que su alegría era excesiva y que ha- 
bía depuesto aquella gravedad displicente que 
rara vez le abandonaba. En los días sucesivos 
se alteraron un poco sus hábitos. Estaba mu- 
cho menos tiempo fuera de casa: dentro no se 
escuchaban aquellos juramentos y amenazas 
que por el más insignificante descuido dejaba 
escapar de su boca: se levantaba tarde, se acos- 

1 1 




IÓ2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



taba temprano: jugaba largas horas al rentoy 
con los parroquianos, y en las disputas que el 
juego suele engendrar mostrábase tolerante y 
conciliador. En suma, parecía un hombre feliz 
en paz con el mundo y consigo mismo. 

Soledad también lo era, al parecer. Atenta 
á la dirección del establecimiento, grave, acti- 
va, tranquila como una diosa, recibía las fine- 
zas de su amante con suave sonrisa de compla- 
cencia, mirándole de vez en cuando con el ra- 
billo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco 
y observaba sin cesar. Las noches en que ha- 
bía música en la plaza de Mina, salía con su 
amante á escucharla. Por las tardes también 
quería éste sacarla á paseo, pero rara vez acep- 
taba. Los quehaceres la retenían. Deseaba 
aquél tomar una criada para aliviarlos; pero 
ella se opuso siempre con tenaz resolución . 

Sin embargo, el majo no podía vencer aquel 
sentimiento de vergüenza que le acometiera 
después de la escena de la reconciliación. Aun- 
que ponía empeño en aparecer fresco y des- 
preocupado y como si hubiese olvidado entera- 
mente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la 
noche memorable en que por primera vez en 
su vida descendió á las súplicas delante de una 
mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque 
hubiera logrado borrarlo de la memoria, ¿qué 
adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues esto 
era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á 
pesar de la paz y ventura en que vivía, le cau- 
saba sordo malestar. Creía estar viéndolo, al 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



163 



través de sus grandes ojos negros, impreso con 
caracteres indelebles en su imaginación. 

Pero Soledad no parecía preocupada con 
tal recuerdo, ni mucho menos advertir la in- 
quietud de su amante. Era la misma de siem- 
pre. Se mostraba con él cariñosa y solícita, 
prevenida á darle gusto en todo: de tal modo, 
que el guapo nada echaba menos de los rega- 
los con que le tenía acostumbrado. No había 
pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no 
lo hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se fe- 
licitaba de que en su casa hubiera tanto orden 
y que Soledad hubiera progresado tanto en 
pocos días. El demomio de la soberbia, no obs- 
tante, abatido y aletargado con el golpe de la 
escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle 
cosquillas en el alma. El resquemo de la hu- 
millación no se suavizaba, antes iba siendo cada 
días más áspero é insufrible. Menester era arro- 
jarlo pronto, dar merecida satisfacción á su 
orgullo y recobrar la prístina grandeza y ma- 
jestad á los ojos de todo el mundo y á los de 
sí mismo. 

Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar 
en la conversación aquel tono de superioridad 
displicente que siempre le había caracterizado. 
Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, 
por un resto de temor, que al cabo también fué 
desapareciendo. Esta ni se sobresaltó por el 
cambio, ni se dio siquiera por entendida . Se- 
guía tranquilamente la marcha ordinaria de su 
vida: al hablarle lo hacía con. absoluta libertad 



164 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de espíritu, con un aplomo que mortificaba al 
guapo, pues nunca hasta entonces creía habér- 
selo notado. 

Al fin, una noche, hallándose todos los ami- 
gos reunidos en la tienda, Velázquez, que 
estaba de vena, se aventuró á soltar una pu- 
llita á su querida, de aquellas con que antes la 
regalaba y que no pocas veces la hacían de- 
rramar lágrimas en presencia de la reunión. 
Soledad alzó la cabeza vivamente y le clavó 
una larga mirada luciente y colérica. El guapo 
dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco 
colorado y procuró distraer la atención de los 
amigos. Aquel aviso tácito le impresionó más 
de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el 
efecto y pudo recapacitar nació en su alma un 
sordo despecho con mezcla de desaliento. Aho- 
ra fué cuando entendió claramente que la si- 
tuación había cambiado. Aquella mujer, antes 
esclava sumisa, se atrevía á desafiar su cóle- 
ra; luego estaba bien convencida de que no 
podía vivir sin ella. Devoró su enojo y se guar- 
dó en adelante de dirigirle ninguna burla mor- 
tificante. Sólo con muchas precauciones y mi- 
rándola siempre á la cara se autorizaba de vez 
en cuando algunas bromitas tímidas y cariño- 
sas que más parecían caricias. 

Pero como es difícil mantenerse siempre en 
un justo medio inofensivo, y más poseyendo el 
carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que 
otra noche, sin darse cuenta, se le fué la len- 
gua y soltó una impertinencia. Soledad esta vez 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



165 



no se contentó con mirarle, sino que exclamó 
con acento amenazador: 
— ¡Cuidado! 

Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le 
dijo algunas frases cariñosas para desagraviar- 
la. Ella permaneció seria. 

Cada día lo fué estando más, y cada día se 
mostró más silenciosa, afirmándose en el pues- 
to preminente que al fin había logrado adqui- 
rir en la casa. Y mientras ella, á toda prisa, 
ganaba aplomo y libertad, con la misma rapi- 
dez los perdía él. Perdió aquellos modales arro- 
gantes que jamás le abandonaban, su mirar 
altivo, su displicente sonrisa: cuando hablaba 
con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar 
su rendimiento, pero sin conseguirlo más que 
á medias. Temía ofenderla con cualquier frase 
un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía 
su divino entrecejo por la broma más inocente; 
iba adquiriendo una susceptibilidad tan deli- 
cada que casi se la hería con la vista. 

Sin embargo, hasta entonces se habían guar- 
dado las apariencias, aunque con trabajo. Ve- 
lázquez seguía siendo la autoridad infalible é 
indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y so- 
metida que le servía. Pero tal situación no te- 
nía fundamento alguno en la realidad. Veláz- 
quez lo sentía allá en el fondo de su alma: sa- 
bía que todo era comedia, que su poder era 
una sombra, que, aunque invisible, Soledad le 
tenía puesto el pie en el cuello. Esta idea hacía 
botar su orgullo como un corcel brioso á quien 



i66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad 
había logrado ocultarlo á todo el mundo, y 
aun pretendía con mil artificios ocultárselo á sí 
mismo, pero en vano. La triste verdad, que á 
su despecho se imponía, le roía el corazón y le 
quemaba la sangre. Comenzó á vivir en un es- 
tado de zozobra que al cabo se le hizo insopor- 
table. Comprendió que era necesario salir de 
él á toda costa, si no quería fenecer de un em- 
pacho de bilis. Y determinó volverlo todo pa- 
tas arriba con un golpe de audacia, súbito, in- 
esperado. Espió con paciencia algunos días la 
ocasión; se mostró más afable y condescen- 
diente que nunca, y al cabo, cuando aquélla se 
le ofreció oportuna, dio fuego á la mecha y dis- 
paró el tremendo cañonazo con que esperaba 
amedrentar al enemigo y alcanzar de nuevo la 
cumbre del poder. 

Era día de toros. Había prometido á su que- 
rida que la llevaría á la corrida y, al efecto r 
tenía comprados dos asientos de delantera de 
grada. Salió á dar una vuelta, quedando en 
venir á recogerla á la hora conveniente. Mien- 
tras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con 
los mejores trapos que tenía, el vestido de fina 
merino negro, la media de seda calada, los za- 
patos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los 
pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo 
adornó con flores al uso de la tierra y se sentó 
detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó 
ésta, sin embargo, y trascurrieron algunos mi- 
nutos después sin que el guapo pareciese. Pasó 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



IÓ7 



media hora, pasó una, y nada. Entonces la ga- 
llarda tabernera, abrasada el alma de despe- 
cho, subió á su cuarto y se quitó, mejor dicho, 
se arrancó con mano trémula el vestido de 
gala. 

Velázquez entró en casa á la noche y se con- 
dujo con la misma soltura y libertad que si no 
hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo 
con afectada ligereza: 

— Dispensa, hija, que no haya venido á bus- 
carte. Me encontré con un antiguo conocido 
de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle 
tu asiento. 

Soledad le dirigió una torva mirada de tra- 
vés y guardó silencio. Al cabo de un momen- 
to repitió maquinalmente, como si no diese im- 
portancia á lo que decía: 

— -Has perdido poco. El ganado regular, 
pero los chicos no sé por qué no duermen esta 
noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué 
guasa! 

La tabernera tampoco despegó los labios. 
Su rostro estaba sombrío, amenazador. Veláz- 
quez se levantó al cabo de la silla y se dirigió 
hacia ella con sonrisa petulante. 

— ¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados 
por el lance? Otra corrida vendrá en que no 
tendré compromisos... 

Al mismo tiempo le tomó la barba con la 
punta de los dedos para acariciarla. Pero ella 
se sacudió vivamente, exclamando con voz al- 
terada: 



IÓ8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete 
la cara de vergüenza, ¿y vienes con arruma- 
cos?,.. Me tienes tan harta, ¡tan harta! que 
milagro será que sufra tus sandeces mucho 
tiempo... 

El guapo se irguió entonces con arrogancia 
y respondió fríamente: 
— ¿Es de veras eso? 

— ¡Y tan de veras! — exclamó ella mirándole 
con ojos de indignación. 

— Pues, hija mía, no te mortifiques más 
tiempo... Cuando las cosas no convienen, ya sa- 
bes el remedio. 

Soledad le miró fijamente y con sorpresa. 
Resistió el guapo la mirada sin pestañear. Hu- 
bo una corta pausa en que ambos trataron de 
escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla le- 
vantándose: 

— Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más 
pronto, mejor. 

Y subió á su cuarto con paso firme. Veláz- 
quez permaneció en la tienda inmóvil, silen- 
cioso, con la vista fija en la puerta por donde 
había salido. No tardó en presentarse de nue- 
vo con el mantón sobre los hombros, y sin 
mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de 
la calle. Pero el majo, con rápido ademán, se 
puso delante, cortándole el paso. 

— ¡Pero niña! ¿has tomado en serio la bro- 
ma? — exclamó sonriendo con afectada ale- 
gría. — ¿Tú no sabes que estamos amarraditos 
y sentenciados á cadena perpetua? 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



IÓ9 



— ¡Quita! ¡quita!— exclamó la joven ponién- 
dole la mano en el pecho para rechazarlo. — Sólo 
sé que me duele el alma de aguantar tus nece- 
dades y que no las aguanto más tiempo. 

— No necesitas irte para eso, porque no vol- 
veré á decirte ni hacerte nada que te ofenda. 
Te doy mi palabra. La de esta tarde será la 
última... 

Y siguió cerrándola el paso para que no pu- 
diera alcanzar la puerta. 

— Te digo que me dejes Velázquez — repi- 
tió con calma y severidad. — Nada adelantarás 
con retenerme á la fuerza. 

Entonces el majo se abatió á las súplicas, á 
los halagos, empleando los recursos de su in- 
genio en persuadirla. Todo fué en vano. La 
irritada joven le escuchaba inflexible y repetía 
con tenaz resolución: 

— Me voy, me voy: no quiero sufrir más. 

Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo 
por el vestido, dirigiéndole ruegos tan vehe- 
mentes y haciéndole promesas tan disparatadas 
que Soledad vaciló. Le miró todavía con ojos 
coléricos, le cubrió de dicterios, le amenazó con 
marcharse á la primera ofensa que le hiciera; 
pero, desahogada su cólera, consintió al cabo 
en quedarse. 



XI 




o volvió á rebelarse. Aquel hom- 
bre de corazón altivo, tan fiero 
con las mujeres que habían te- 



nido la desgracia de amarle, rindió al fin la 
cerviz al yugo de la última. Fué una pasión 
súbita, ardorosa, que le abrasaba las entra- 
ñas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez 
insoportable inquietud, como si hubiese be- 
bido un filtro mágico que le trastornara ó pe- 
sase al fin sobre él la venganza de la diosa del 
amor, justamente irritada por sus ofensas. Per- 
dió el gusto de las francachelas en Puerta de 
Tierra, de la conversación, de la guitarra y las 
cañas y hasta de salir á la calle. Se hizo melan- 
cólico, taciturno, indolente: en sus miradas no 
brillaba aquella chispa de arrogancia que le 



172 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



daba ascendiente entre los hombres; de su boca 
no fluían las palabras chistosas y libres con 
que sometía á las mujeres. 

Delante de Soledad se mostraba amable y 
rendido, sin ocuparse ya en disimular su venci- 
miento. Al contrario, parecía que sentía gozo 
y el pecho se le dilataba cuando la daba un 
testimonio de adoración más vivo que de cos- 
tumbre. No se saciaba de estar á su lado, de 
prodigarla nuevas y sabrosas caricias. R ecibió- 
las ella con gratitud y alegría primero, después 
con graciosa condescendencia y sin devolver- 
las sino tal vez que otra; por último, á medida 
que el guapo las menudeaba, le fueron siendo 
más indiferentes, terminando por hacérsele pe- 
sadas. 

Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano 
siempre que hablaba con ella y á retenerla en- 
tre las suyas largos ratos, cosa que llegó á mo- 
lestar á la bella. Suave, lentamente comenzó á 
desasirse siempre que podía. El, achacándolo á 
distracción, volvía á tomarla sin darse por ad- 
vertido. Pero estas retiradas se fueron haciendo 
poco á poco más francas, de tal modo que, 
desengañado al fin, le preguntó con acento 
triste: 

— ¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano? 

Ella, grave y silenciosa, volvió á entregár- 
sela. Pero tanto llegó á enfadarle aquella prue- 
ba de afecto, que se puso nerviosa y un día le 
dijo bruscamente: 

— Mira, suéltame la mano. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



*73 



— ¿Por qué? — preguntó él tímidamente. 

— Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes? 

Velázquez, confuso, hizo lo posible por echar- 
lo á broma, pero se abstuvo en adelanté de 
molestarla. 

Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á 
medida que Soledad se hacía más reservada, 
sus raros momentos de expansión adquirían 
mayor atractivo, tenían un sabor exquisito que 
le resarcía de su creciente frialdad. Lo único 
que le causaba grave desazón era la amenaza 
de marcharse, que cada día más á menudo y 
por cualquier pretexto salía de su boca. Cuan- 
do esto acaecía quedaba anonadado, como si 
fuese la mayor desgracia que pudiera sobreve- 
nirle, y se apresuraba á conjurarla por los me- 
dios que estaban á su alcance. Para tenerla 
contenta apelaba al recurso de los regalitos; 
apenas se pasaba un día que no viniese de la 
calle con alguno: un alfiler imperdible, una 
peineta, un frasco de perfume. Lo que más pa- 
pel representaba eran las yemas de San Lean- 
dro, aquellas famosas yemas que tanto agrada- 
ban á la tabernera y con las cuales antes no 
cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las 
que le trajo que consiguió empalagarla y que 
las aborreciese. 

De tal modo llegó á impresionarle la amena- 
za, no obstante, que pronto le hizo vivir en un 
estado de agitación y anhelo insoportable. En- 
tonces, para arrancarse del corazón esta espina, 
pensó seriamente en casarse con Soledad. Una 



I 74 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que 
volvería á adquirir el perdido predominio y go- 
zaría sin zozobra la dicha de poseerla. No se 
le pasaba por la tela del juicio volver á tratar- 
la del modo cruel y desdeñoso que antes: la 
amaba ya demasiado para que esto pudiera re- 
petirse. Lo único que ambicionaba era estre- 
char el lazo que los unía, hacerlo indisoluble 
y vivir en calma. 

Acarició por varios días la idea, gozando de 
antemano con el efecto que iba á causar en 
Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta 
era adquirir la dignidad de esposa. Su situa- 
ción humillante era lo que la tenía constante- 
mente seria, malhumorada. En cuanto se viese 
colocada en la jerarquía á que era merecedora, 
no temiendo ya ser herida en su orgullo, per- 
dería aquel humor melancólico é irascible que 
desde algún tiempo la venía dominando. Y en 
cuanto se ofreció una ocasión para hablar de 
ello, se lo propuso abiertamente en términos 
halagüeños y con alegre semblante. Contra lo 
que esperaba, el de Soledad no se dilató al oir 
la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió 
haciendo sin levantar la cabeza ni dignarse 
responder una palabra. Velázquez aguardó en 
vano alguna señal de aquiescencia: como no 
llegaba, trató de provocarla hablando con ani- 
mación de su proyecto, pintando un cuadro li- 
sonjero de su dicha futura. Pero la tabernera 
permaneció impasible y grave, como si nada 
de lo que estaba escuchando fuese con ella. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 175 



Calló al fin el majo y, sin atreverse á exigir 
respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y 
salió de la estancia no poco triste y desenga- 
ñado. 

Así anduvo varios días; pero la esperan- 
za, que tarde ó nunca nos abandona, le hizo 
pensar al fin que lo que había hecho callar á 
Soledad fué la sorpresa en parte y en par- 
te también el temor de ser burlada como 
otras veces. Era absolutamente incomprensi- 
ble que no prefiriese ser su esposa á vivir con 
él sin decoro. Por esto se determinó á provo- 
car una explicación que concluyese con sus 
dudas. 

Viéndola un día más expansiva y serena que 
de ordinario, como hablasen de Paca la de la 
Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos 
que vivían á pesar de la oposición de sus ca- 
racteres, Velázquez le tomó de pronto una 
mano y le dijo cariñosamente: 

— Tú y yo viviremos al fin tan felices como 
ellos... Di, flamenca, ¿cuándo quieres que nos 
casemos? 

El rostro de la joven se oscureció repenti- 
namente y, retirando su mano, profirió con 
acento desdeñoso y colérico á la vez: 

— Mira, déjame de casorios... Como he vivi- 
do hasta ahora seguiré viviendo... sin honra, 
pero libre... muy libre, ¿sabes? 

Velázquez quedó confuso, anonadado. Cono- 
ciendo el temple de su querida, se abstuvo de 
insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, 



I76 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pensó con tristeza que los lazos que á ella le 
unían no podían ser más frágiles y que el me- 
jor día caerían al suelo rotos. 

Los amigos, de un modo inconsciente, con- 
tribuían á llevar el desconsuelo á su corazón. 
Paca no abandonaba la idea de legalizar la si- 
tuación de los amantes: las atenciones extrañas 
que ahora observaba en Velázquez la animaban 
á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; 
los compadres de la reunión, solicitados por 
ella, le prestaban ayuda. Así que, comenzaba á 
tocarse más á menudo que antes el punto del 
matrimonio en la conversación. El efecto que 
esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba re- 
pentinamente sombrío, paralizado, y no pocas 
veces se le habían subido los colores á la cara, 
lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad 
en otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin 
ningún vano alarde que dejase traslucir que el 
platillo de la balanza había subido para ella y 
bajado para su querido; al contrario, hacía lo 
posible por distraer la conversación y sacarle 
del aprieto. 

Pero aunque Velázquez se esforzase en ocul- 
tarlo y Soledad nada hiciese para ponerlo de 
manifiesto, el cambio operado en sus relacio- 
nes no era ya un secreto para nadie. Los ami- 
gos murmuraban, se hacían guiños cuando ob- 
servaban algún signo de sumisión, se comuni- 
caban sonriendo los descubrimientos que iban 
haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las 
comadres del barrio que frecuentaban la tien- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 1 77 



da llegaron pronto á sospechar lo que ocurría. 
Desde entonces cien ojos de zahori los espia- 
ron incesantemente: muy pronto se supo con 
todos los pormenores la caída del guapo y el 
estado de abatimiento á que su pasión le ha- 
bía reducido. Las comadres celebraron con al- 
borozo el triunfo de Soledad, no sólo por ser 
de justicia, sino también por espíritu de cuer- 
po. Era la apoteosis merecida del elemento fe- 
menino. Y la celebraban y la festejaban con 
toda especie de palabrillas, homenajes y son- 
risas picarescas. 

— i Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe 
ser: la mujer siempre muy alta... ¿Qué se creen 
esos tíos? ¿Que porque somos buenas y calla- 
mos la mitad de las veces por evitar disgustos 
se nos ha de tratar como trapos sucios?... ¡Que 
se limpien!... Yaque le tienes bajo el pie, aprie- 
ta, hija, no temas; cuantos más sofocones le des 
más suavecito lo tendrás... Esos malditos hom- 
bres son así,.. 

Soledad no se mostraba ni alegre ni lison- 
jeada por esta charla arrulladora. Guardaba si- 
lencio, según su costumbre . Cuando le parecía 
que se dilataba demasiado ó se excedían en 
ella, la cortaba bruscamente. 

Sin embargo, las comadres no podían ex- 
plicarse aquella súbita mutación de un modo 
natural. Para ellas fué indiscutible pronto que 
Soledad había apelado á las artes mágicas para 
lograrla. Y aun alguna se atrevió á insinuár- 
selo sonriendo maliciosamente. 



12 



i 178 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos, querida, confiesa que le has dado 
jicarazo... 

Pero la tabernera se había puesto tan en- 
crespada al oirlo, que no se tocó más el asunto 
en su presencia. • 

— ¡Qué jicaras ni qué cuernos! ¿Soy yo qui- 
zá una bruja como usted? Todavía no he llega- 
do á necesitar polvos para atraer á los hom- 
bres... ¿sabe usted? 

A espaldas suyas, no obstante, todas seguían 
sosteniendo que hubo maleficio. La que menos 
afirmaba que Soledad llevaba constantemente 
sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, 
plata y coral, algunos granos de trigo y una 
piedra imán con raspaduras de acero. 

Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus 
rendimientos, no tanto para suavizar la aspere- 
za de su querida, como por el íntimo placer que 
esto le causaba. El placer de antes dominándo- 
la, martirizándola, era menos que nada compa- 
rado con el que ahora sentía satisfaciendo sus 
caprichos, uncido, prosternado á sus pies. Y á 
pesar de su inveterada fanfarronería, cada día 
le iba importando menos que los amigos se en- 
terasen de su humillación. Alguna vez, obser- 
vando ya señales vergonzosas de ella, los más 
autorizados, como el señor Rafael y Pepe de 
Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. 
«No era ése el camino para ser feliz. Bueno 
que á las mujeres se las lleve con mano suave: 
está en el orden de Dios, y para eso somos 
cristianos y no cafres; pero eso de dejar las 



LOS MAJOS DE CÁDIZ I 79 



riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en 
su vida, porque hasta los animales corren peli- 
gro de desbocarse, cuanto que más la mujer...» 
Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose 
á contradecirlos y no osando tampoco confesar- 
les el miserable estado á que su pasión le había 
conducido. Llegó un día, sin embargo, en que 
todos pudieron cerciorarse y verlo claramente. 

Se hallaban reunidos, como de costumbre, 
en uno de los cuartos de la tienda. Se había 
bebido y charlado en demasía. Velázquez esta- 
ba de alegrísimo humor, quizá porque su que- 
rida no lo tenía tan melancólico como otras ve- 
ces y se había avenido á bailar unas seguidi- 
llas con Frasquito, cosa que hacía mucho tiem- 
po no se había podido recabar de ella. En la 
corriente de la conversación se habló de fruta, y 
el majo manifestó que había recibido aquel mis- 
mo día de Medina unos albérchigos magníficos. 

— Vamos á probarlos — concluyó diciendo — ■ 
y nos refrescaremos la boca... A ver, Sólita, 
hija, haz el favor de subir y traérnoslos. 

— No tengo gana— respondió secamente ésta. 
Velázquez quedó suspenso y acortado. 
— Vamos, querida — manifestó tímidamen- 
te, — es cuestión de un instante... Los tienes á 
la puerta misma del comedor, en un cesto... 

— Es que no tengo ganas de subir escaleras 
ahora. Vé tú por ellos si quieres — respondió 
con más sequedad aún. 

Entonces Velázquez, reparando que los ami- 
gos se habían callado y observaban con asom- 



l80 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bro la escena, tuvo la debilidad de insistir. 

— Pero, hija, no seas así. Estos señores están 
aguardando, y por subir cuatro escalones no 
te vas á morir. 

Los ojos aterciopelados de la tabernera bri- 
llaron con cólera y, dando á sus palabras acen- 
to despreciativo, profirió: 

— Te he dicho ya dos veces que no me da 
la gana. ¿No te has enterado aún? Si lo quie- 
res por escrito, trae pluma y papel y te entre- 
garé en seguida el documento. 

Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso 
responder, pero la palabra expiró en sus la- 
bios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, 
echándose bien de ver la triste impresión que 
en todos había causado la breve pero signifi- 
cativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, 
llamada por Joselito, salió Soledad del aposen- 
to, el señor Rafael, Pepe, Frasquito y hasta la 
misma Paca y María-Manuela cayeron sobre 
él, afeándole su conducta. < ¡Aquello era un 
escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo toleraba se- 
mejante insolencia? Ningún hombre que tuvie- 
se dignidad se dejaba sopapear de una mujer. 
Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe adón- 
de llegarían los vuelos de la niña!» 

El majo los escuchaba, pintada la angustia 
en su semblante. Al fin- exclamó con desespe- 
ración, mesándose los cabellos: 

— ¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sin- 
vergüenza. Pero no puedo... ¡no puedo! ¡Esa 
mujer me ha cogido la acción! 



XII 



omo si hubiese tenido una venda so- 
bre los ojos y repentinamente se le 
hubiese caído, todas las cualidades 
-de Soledad se le aparecieron con maravilloso 
relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, 
otras su destreza en el baile; ahora se fijaba en 
sus pies torneados, después en su cabellera de 
ébano. Y con sus partes morales acaecía otro 
tanto. No había en todo Cádiz mujer más ha- 
cendosa y limpia y discreta ni más amiga de 
la verdad, y se empeñaba en que todos admi- 
rasen, como él, sus palabras graves y medidas, 
su gesto severo y hasta las más leves inflexio- 
nes de la voz. 

Un día María-Manuela le llamó aparte es- 
tando de reunión en la tienda y le dijo en voz 
baja: 




182 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Mira, Velázquez, te veo ya demasiado 
chalao. Cuando la tortilla dio vuelta confie- 
so, hijo, que me alegré y le puse un cirio á 
San Rafael bendito, porque tú eres un gitano 
falso, traidor, sin vergüenza, y me tenías á la 
pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delan- 
te de los amigos, la corrías como una mona. 
¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella y te dió 
lo que merecías. Ya sabes lo que son ducas. En 
la cara las llevas señalás . Estás paliito y oje- 
roso como un chavaliyo de quince años. Me da 
lástima de ti y no quiero que te ahoguen las 
fatigas. Si deseas que Soleá te quiera como 
antes y se case contigo pásate mañana por mi 
casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que 
digas ná al lechonaso de Antonio!... Ve á la 
hora en que está en la oficina... Ya sabes, des- 
pués de las diez. 

El guapo se había reído toda la vida de la 
ciencia mágica de la querida de su amigo: fue- 
ron infinitas las bromas que había gastado con 
ella por tal motivo. Pero ahora, á semejanza 
de los que maldicen de los médicos y se apre- 
suran á llamarlos en cuanto les duele algo, 
aceptó el ofrecimiento con alegría y prometió 
no faltar á la cita. 

Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y 
media y once, salió de su casa y se fué por la 
orilla del mar á la de Antonio. Después de 
cerciorarse que éste f había salido, subió por la 
estrecha y sucia escalera á las alturas en que 
habitaba. Y llamó á la puerta pálido y jadean- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



183 



te, tanto por el esfuerzo como por la emoción. 
María-Manuela abrió instantáneamente y le 
llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta 
una salita donde había un sofá y cuatro sillas 
de paja, una consola con sus correspondientes 
caracoles de mar encima, espejo resguardado 
de las moscas por una gasa, algunos cuadros 
en litografía representando la historia de Her- 
nán Cortés y D. a Marina y en el centro una 
mesilla cubierta con tapete de hule. Le hizo 
sentar en el sofá y comenzó á hablarle con voz 
baja y grave ademán autoritario que contras- 
taba con su habitual desenfado: 

— Me alegro que hayas dado este paso. Den- 
tro de un momentito sabrás tu suerte, y, sea 
mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque 
contra lo que allá arriba está ordenado no hay 
más que bajar la cabeza. Pero yo espero que 
saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina 
con que te cures pronto y logres tus deseos... 
Díme antes de empezar qué es lo que te 
pasa. 

Velázquez la miró con sorpresa. 

■ — Sí; es menester que me cuentes toíto lo 
que sientes, que yo sepa una por una tus du- 
cas desde que han comenzao... Se me ha me- 
tió en la cabeza, hijo, que te han dado bebía, y 
si es así, hay que deshacerla con alguna ora- 
ción, ó de otro modo que ya te iré expli- 
cando. 

Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cam- 
bio que había sentido hacía tres meses: cómo su 



I 84 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



indiferencia hacia su querida se había trocado 
repentinamente en amor ardiente, cómo desde 
entonces vivía en constante zozobra pendiente 
de sus menores gestos, con qué frenesí la ado- 
raba y qué mal pagaba ella esta adoración. 
Narró los más insignificantes pormenores de 
su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, 
complaciéndose en enumerar los desaires que 
de ella recibía y en pintar los humillantes tes- 
timonios de idolatría que él la prodigaba sin 
lograr suavizarla. Cuanto más amoroso y hu- 
milde se mostraba, más se embravecía ella y 
peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llo- 
rando como una criatura. 

María- Manuela le puso su mano protectora 
sobre el hombro. 

— No te apures, querido, que todo se arre- 
glará. ¿Lo has desembuchao too? 

— Todo. 

— Pues entonces no me cabe duda que te ha 
dao una bebía compuesta ó bien has olio una 
rosa hechizá... Bien pudiera suceder también — 
añadió cayendo en una meditación profunda — 
que te hubiera pasao la piedra imán por la es- 
palda; pero esto me parece poco para tanto 
maleficio... O bien que haya hecho el muñeco... 
Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el armario 
donde guarda la ropa y regístrala bien, y si 
encuentras un muñeco que tenga clavados unos 
alfileritos sobre el corazón, deshazlo prontito; 
hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al ce- 
menterio y entiérralo. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



185 



Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez 
más inflada y poseída de su papel maravilloso, 
le dijo: 

— Antes de pasar adelante, es menester que 
consultemos las cartas. Según lo que te anun- 
cien, así tendré yo que aconsejarte lo que de- 
bes hacer. Te confías en mí, ¿verdá tú?... Para 
que las cartas digan la verdad hay que creer 
en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo 
prometes? 

Velázquez, aunque fingiese despreocupación 
y se riese de agüeros, guardaba, como buen 
andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado 
ahora por su pasión además, juró de buena fe 
que creía en la virtud de las cartas y los en- 
salmos, y se manifestó dispuesto á seguir cie- 
gamente cuanto María-Manuela le ordenase. 
Esta, desvanecida por su humildad, le obligó á 
declarar que se arrepentía de cuantas guasas 
había gastado respecto á los oráculos y que 
sólo de ella esperaba su salvación. 

Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas 
de cera verdes y un mantón negro, con el cual 
tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encen- 
dió las velas. Abrió el cajón de la consola y 
sacó una baraja. 

— Aquí dentro está tu suerte — dijo en voz 
baja y misteriosa colocándola sobre la mesa. 

Velázquez se sintió impresionado. La maga 
le hizo sentarse, quedando ella en pie. Dió al- 
gunas vueltas en torno murmurando palabras 
de conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasán- 



186 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dose las manos por la cara, con aparato solem- 
ne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo 
rato en silencio y la entregó á Velázquez para 
que la cortase con la mano izquierda. La puso 
otra vez encima de la mesa é, inclinándose ha- 
cia aquél, le dijo al oído: 

— Da encima tres golpecitos y llámala. 

El guapo abrió los ojos sorprendido. 

— ¿Á quién? 

— ¿Á quién ha de ser, desabono? Á ella, á 
la mujer por quien penas. 

Obedeció, dando con los nudillos sobre la 
baraja y diciendo al mismo tiempo con voz apa- 
gada y temblorosa: « ¡Soledad! » 

— Está bien — dijo la maga tomando la ba- 
raja y formando con ella varios montoncitos. 

Contó de derecha á izquierda, y del quinto 
montón sacó una carta que dejó separada. Ba- 
rajó después, hizo que Velázquez cortase y lla- 
mase de nuevo á su querida, y volvió á hacer 
montoncitos y á sacar del quinto otra carta, 
repitiendo la operación hasta siete veces. 

La emoción del guapo crecía. Aquel apara- 
to mágico iba influyendo poco á poco en su 
imaginación y disponiéndole á creer en la ca- 
balística revelación que se preparaba. Pero aún 
más contribuía á turbarle la repetición solem- 
ne del nombre de su querida, hecha en voz baja, 
como una evocación misteriosa y dulce. Así que 
cuando la maga le dijo con afectada majestad: 
«En esas siete cartas está escrito tu porvenir » 
sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



187 



María-Manuela volvió las siete cartas, colo- 
cándolas en fila, siempre de derecha á izquier- 
da. Las examinó largo rato con atención. Des- 
pués, pasándose la mano por la cara repetidas 
veces, respirando con agitación como si se sin- f 
tiese inspirada y hablando en voz de falsete para 
mayor solemnidad y misterio, comenzó á decir: 

— Este cuatro de copas que aquí ves prime- 
ramente no es para ti de buen agüero: signi- 
fica que vas á regañar con tu amante, que será 
fuerte el enojo, y este rey de oros que le sigue 
dice que será á causa de un hombre moreno. * 
El dos de espadas al revés, que viene luego, 
te anuncia que debes librarte de amigos falsos 
y traidores; que te levantarán un testimonio y 
te costará mucho trabajo poner en claro tu ino- 
cencia. El siete de oros al revés dice que has 
de pasar muchas desazones que te harán per- 
der el sentío; pero si logras tener calma y no 
haces un disparate, el siete de espadas que está 
á su lado te anuncia esperanza: harás las paces 
con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No 
durará mucho la paz, porque este as de bastos 
dice que pronto tropezarás y caerás otra vez. 
Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis 
con más fuerza aún que antes; pero este rey de 
copas, que es la última carta, está diciendo que 
al cabo todo se arreglará con la bendición del 
cura, que os casaréis y seréis muy felices... 
¿Quieres saber más, empachoso, traidor? — aña- 
dió volviéndo hacia el guapo su faz radiante 
de satisfacción y suficiencia. 



188 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo 
desahogó con un largo suspiro que hizo sonreir 
á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo 
al oirle decir: 

~¿Y todo eso será como lo cuentas? 

— ¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto 
has oído te sucederá. Lo que importa ahora es 
deshacer el maleficio de la bebía compuesta, si 
es que la has bebió, ó de la rosa hechiza, si la 
has olio... Primeramente, un día de éstos que 
salga Soleá á la calle, tomarás un puchero y 
echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hie- 
rro atados por la cabeza. Lo verterás todo 
cuando ella vaya á llegar á la puerta de casa. 
Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta 
como una media: te seguirá á todas partes y 
no verá ya sino por tus ojos... Si entrase sin 
pisar los clavos, entonces hace falta que digas 
á las doce de la noche una oración que voy á 
enseñarte... 

Y se puso á repetirle gravemente algunas 
palabras de ensalmo en que se conjuraba á 
una cierta Elena, hija de rey, que escarbando 
la tierra del monte Olivete se había hallado los 
tres clavos de Nuestro Señor, para que clavase 
uno de ellos en el corazón de Soledad. 

Para que no pueda vivir, 
ni sosegar ; 
ni en silla sentar > 
ni en cama acostar» 
sino que muriendo de pena 
me venga á buscar. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



189 



Velázquez, aunque con menos fe que en las 
cartas, aprendió la oración. 

— La dirás al sonar la primera campanada 
de las doce, en camisa y descalzo. Luego te 
meterás en la cama y escucharás con atención. 
Si oyes un burro rebuznar ó ladrar á un perro 
es de mal agüero; pero si oyes el ruido de una 
puerta ó el canto de un gallo, entonces, {alé- 
grate, corazón! tus ducas se acabaron. Soledad 
se hará mansa como una gatita mimosa y te 
querrá como á las niñas de sus ojos... 

El majo, que los recordó en aquel momento 
jtan negros, tan brillantes! sintió un estreme- 
cimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo 
abrazó á la maga y quiso darle uno de los ani- 
llos que llevaba en los dedos; pero no aceptó 
el regalo; estaba contenta con descubrirle su 
buenaventura. 

— No tomaré ningún regalo hasta el día en 
que os caséis, ¿sabes, niño? 

Luego, llena de magnanimidad, se dignó 
darle algunos preciosos consejos para que su 
horóscopo feliz no se retrasase. 

— No regales ligas á Soleá si quieres casarte 
con ella, ni tampoco tijeras... Evita las miradas 
de los tuertos... No des vueltas en la mesa al 
cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala 
pata, ya te lo he dicho... Hazlo posible por no 
pisar carbón... 

Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con 
majestuosa expresión profética. 

Velázquez salió de aquella casa feliz como un 



I90 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



desahuciado á quien prometen la vida. Y á 
paso corto de transeúnte curioso y satisfecho 
emprendió el camino de su casa al través de 
las calles buscando la sombra. El verano se 
presentaba duro y fogoso, y aunque la singu- 
lar posición de Cádiz, flotando como un buque 
anclado en la mar, templaba sus rigores gra- 
cias á la brisa que lo baña, todavía al atrave- 
sar algún espacio abierto el ardiente latigazo 
del sol obligaba á apresurar el paso. 

En la calle Ancha encontró algunos amigos 
y estuvo con ellos jovial y locuaz como pocas 
veces se le había visto. Al despedirse de ellos 
tropezó con Mercedes la Cardenala, á quien 
no había vuelto á hablar desde la memorable 
noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. 
Como el buen humor le retozaba en el cuerpo, 
se aventuró á detenerla, saludándola con afec- 
tuosa expansión. La muchacha, sorprendida de 
aquel arranque, estuvo fría, circunspecta y 
no dejó de mortificarle con algunas palabritas 
amargas. 

— ¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué 
hora tienes permiso?... Dicen que ya no echas 
roncas como antes, que estás convertido en un 
palomo buchón... 

Pero el majo no se dió por ofendido; procu- 
ró echarlo á risa, le dijo algunas galanterías y 
se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con 
alegría: 

— ¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo 
tuviese dos corazones, le daría uno. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ I9I 



Justamente al acercarse á su casa vio salir 
de ella, bajando los escalones, á Miguel, el 
hermano de Soledad. En cuanto el chico le di- 
visó, dióse á correr desesperadamente en direc- 
ción de la plaza de toros. Velázquez lo siguió 
también á la carrera, logrando estrechar la dis- 
tancia. 

— ¡Quieto, Miguel! 

El muchacho, sin hacer caso, presa de un te- 
rror pánico, redobló sus esfuerzos, tratando de 
perderse en las callejuelas próximas á la cate- 
dral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en 
darle alcance, poniéndole una mano sobre el 
hombro. 

— ¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto? 

El chico retrocedió asustado, arrojándose 
contra la pared de una casa. 

— ¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo 
no he tenido culpa! Fué ella quien me mandó 
á llamar. 

El guapo sonrió y repuso cariñosamente: 
— No temas, querido, ninguna gana tengo 
de pegarte... Al contrario, deseaba verte y char- 
lar contigo un rato... 

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo 
precursor de los golpes, se oprimía aún más 
contra la pared, dirigiendo una mirada ansio- 
sa á los lados para ver por dónde podría esca- 
par mejor. 

— ¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á 
pegarte!... Quiero que seamos amigos y no se 
hable más de lo pasado. 



192 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto 
que, habiéndole invitado á entrar en una taberna 
inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó 
á poner el pie dentro, temiendo una asechanza. 

— ¡Qué escamón estás, hijo! — exclamó el 
guapo riendo. — Mira, si tienes miedo, llévame 
adonde tú quieras con tal que haya vino. 

Confiado en estas palabras, Miguel le con- 
dujo á un tabernucho cerca de los muelles, gua- 
rida cómoda de otros picaros como él, donde 
solía comer y beber cuando tenía dinero, y no 
pocas veces también dormir. Mientras camina- 
ban emparejados, Velázquez le preguntó: 

— ¿Has estado mucho rato en casa? 

— No, señor; un momento nada más... y eso 
porque Soleá me había pasado dos recaos, uno 
hace quince días y el otro ayer mismo, por 
un amigo que la vio en la tienda de la Parra... 

Se disculpaba todavía con empeño, sin con- 
vencerse de que Velázquez no estuviese enfa- 
dado. 

— No importa que entres y salgas en mi casa 
cuando bien te venga... Telo hepreguntao por 
hablar algo. 

Llegaron á la tienda y Miguel se introdu- 
jo en ella con la familiaridad de parroquiano, 
acomodándose en un rincón y batiendo las 
palmas para pedir vino. Velázquez se sentó 
frente á él, despojóse del sombrero y le miró 
sonriente y un poco acortado. Después se in- 
formó alegremente de su vida y le agasajó, 
procurando inspirarle confianza. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



193 



— Miguelillo, eres una bala perdida; has 
dado muchos disgustos á tu familia, pero siem- 
pre he pensado que tienes buena entraña: así 
lo he dicho á tu hermana cuando ha venido al 
caso. Lo que te está haciendo falta es alguien 
que te abra los ojos. Se puede un hombre di- 
vertir, correr guasas y gozar del mundo sin 
meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia tiene correr 
hoy una juerga y mañana que le corran á uno 
en pelo los guardias? Es menester que dejes á 
esos andrajosos con quien andas, que no pue- 
den darte más que desazones. Reúnete con 
hombres regulares que tengan un duro en el 
bolsillo y sepan gastarlo con los amigos... 

El chiquillo estaba encantado. Habiendo 
perdido todo temor, le confesó que le dolía el 
alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no 
dormir con sosiego, de ser machucado por todo 
el mundo... «¡Si yo le contase las crujías que 
he pasado! > 

Al compás de las cañas la conversación se 
fué animando, estableciéndose pronto entre 
ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, 
lleno de condescendencia, le prometía no aban- 
donarlo, hacerle un hombre. Al fin concluyó 
haciéndole un elogio caluroso de su hermana. 
En media hora no se detuvo. Todo lo ensalza- 
ba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de 
ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su 
corazón tierno y sus pies diminutos. 

— Cada día estoy más satisfecho de tenerla 
en mi casa — manifestó al cabo con su antigua 



194 



ARMaNDO PALACIO VALDÉS 



superioridad. — Y si continúa portándose tan 
bien como hasta aquí, es casi seguro que al fin 
me casaré son ella... 

Avergonzado de su baladronada, pronunció 
las últimas palabras rápida y confusamente. 
Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca 
con el pañuelo y añadió en voz baja, no sin 
que le subiese un poco de calor á la cara: 

— Si por casualidad hablases con ella de mí, 
espero que te portarás como amigo... Porque, 
ya sabes... es inocente y propensa á los en- 
greimientos y se cree todas las paparruchas 
que le cuentan... Y como no faltan malinten- 
cionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... 
Eres un hombre y conoces el mundo... Me pres- 
tarás un favor grande, Miguelillo, si la conven- 
ces de que nadie puede hacerla más feliz que 
yo... Que no haga caso de comadres ni de ja- 
leadores que sólo buscan modo de que regañe- 
mos para pescar á río revuelto... Bien sabes j 
que nunca he sido tacaño para ella. Á Dios I 
gracias, me sobra dinero para llevarla vestida ti 
como la hija del mayor caballero... Si no va %\ 
mejor es porque no quiere... Siendo buena para 
mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú 
nada perderás tampoco... 

El chico no comprendía bien, pero le hacían 
feliz las confidencias de un hombre á quien es- 
taba acostumbrado á admirar y temer . Pro- 
metió todo lo que el otro quiso, bebió un nú- 
mero prodigioso de cañas y declaró terminan- 
temente que su hermana sería una sinvergüen- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



195 



za si algún día olvidase lo que le debía. Veláz- 
quez, por su parte, se había puesto también de 
excelente humor. 

— Atiende, Miguelillo, no quiero que andes 
ya más á salto de mata. Te vas á mi casa, ¿en- 
tiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que 
te haga falta... Supongo que Soledad no se 
opondrá á que vivas con nosotros — añadió ba- 
jando la voz y pronunciando con respeto el 
nombre de su querida. 

— Miguel, que no estaba al tanto de ciertas 
interioridades, tomó aquellas palabras á burla 
y alzó los hombros riendo. 

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al 
chicuco para pagar. Cuando lo hubo efectua- 
do, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le 
preguntó: 

— ¿No te ha dado hoy ningún dinero So- 
ledad? 

Miguel negó rotundamente poniéndose co- 
lorado. 

— ¡Vamos, Miguelillo, confiesa! 

— ¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más 
que darme de comer y este pañuelo de seda 
que usted ve— repuso sacando uno del bolsillo. 

Pero Velázquez insistía bromeando. Por úl- 
timo declaró que le había dado tres pesetas. 
El majo soltó una carcajada. 

— Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! 
¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo. 

Al mismo tiempo echó mano generosamente 
á la cartera y le dió un billete de diez duros. 



XIII 



®qtoiii¿o. 




azón tenía para poner reparos al 
ofrecimiento de su casa. Por más 
que hizo, nunca se pudo lograr 
de Soledad que admitiese en ella á su hermano. 
Insistía la joven en que Miguel volviese á Me- 
dina para hacer compañía á su madre, ya que 
en Cádiz llevaba una vida de perdido y se es- 
taba corrompiendo cada día más. El chico se 
negó resueltamente á obedecerla, con lo cual 
quedaron las cosas en tal estado, salvo que Ve- 
lázquez proveía ahora á sus necesidades y no 
pocas veces también á sus vicios. 

Cayó al fin sobre éste un cuidado más gra- 
ve que los anteriores y mucho más riguroso. 
Hasta entonces los desdenes de Soledad y las 
humillaciones que le hacía experimentar podían 



198 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



achacarse á su carácter altanero y quizá al de- 
seo de vengarse de las que él le había infligi- 
do. Esto las hacía más llevaderas; parecían un 
castigo justo. A veces él mismo, acometido de 
anhelos de adoración, las provocaba, hallando 
en ellas dulzura exquisita, como los ascetas en 
sus penitencias. Pero el sabor se hizo amarguí- 
simo, insoportable, cuando vinieron acompa- 
ñadas de celos. Soledad, que siempre había 
mostrado buen semblante á las guasas de An- 
tonio Robledo, las iba encontrando cada día 
más sabrosas; de tal suerte que cuando entra- 
ba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino 
para él. Establecióse entre ambos una corrien- 
te de confianza y aun de inteligencia que no 
pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto 
la antipatía que Antoñico le inspiraba hacía 
tiempo creció hasta convertirse en aborreci- 
miento, el cual apenas con gran trabajo podía 
disimular. Notábalo aquél en la frialdad y re- 
rerva con que su antiguo amigo le hablaba, en 
las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez 
sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que 
entre los amantes acaecía, no cejaba en sus 
proyectos de seducción, aunque guardándose 
cuanto podía, porque siempre le había tenido 
miedo. Esforzábase en mostrar en todos los mo- 
mentos su ingenio gracioso y maleante. Ani- 
mado por las carcajadas de Soledad, llegaba á 
ejecutar farsas estupendas que tenían en. conti- 
nuo alborozo á la reunión. 

Velázquez manifestaba su desabrimiento 



LOS MAJOS DE CÁDIZ I99 



manteniéndose serio ó saliéndose del- aposento 
en lo más culminante del regocijo. Cuando ha- 
blaba de Antoñico en presencia de Soledad lo 
hacía con afectado desdén: le llamaba payaso, 
titiritero, y recordaba con fruición cualquier 
lance ridículo de su vida. Pero, no bastanqlo 
esto á desahogar su cólera sorda, un día, con 
las debidas precauciones, llegó á recriminar á 
su querida por la atención que le prestaba. 

— Mira, Soledad, no hay nada que más me 
ensanche el corazón que verte alegre y con- 
tenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cie- 
lo se abren de par en par para mí... Pero me 
hace daño que te pongan tan alborotada las 
desvergüenzas de ese mono sabio... jMe re- 
vienta ese tío!... no lo puedo remediar. Luego 
hazte cuenta que todas esas gracias mohosas 
las suelta para tu regalo. Apenas dice una pa- 
labreja aguda, ya te mira á la cara á ver qué 
gesto pones... Trae de casa los chistes almace- 
nados para ir largándolos poco á poco á modo 
de anzuelos... 

Soledad le escuchó en silencio y se contentó 
con hacer una mueca de desdén. Y sin parar 
mientes en su disgusto, siguió riendo con más 
alegría aún las bufonadas de Antoñico . Este, 
halagado por ello y también por el malestar y 
los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á 
pensar seriamente en la conquista de la bella 
tabernera. Acudía solícito todas las noches á la 
reunión, y si siempre se mostraba alegre é in- 
genioso, los días en que no le acompañaba 



200 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



María-Manuela subía de punto su gallardía y 
se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á 
Soledad lindamente y departir con ella en un 
rincón siempre que la ocasión se presentaba. 

El malestar y la tristeza de Velázquez iban 
creciendo. En cuanto Antoñico ponía el pie en 
la tienda quedaba silencioso y sombrío que 
daba grima mirarle. Al cabo volvió con la mis- 
ma suavidad á amonestar ásu querida. «Aque- 
llas confianzas con un hombre á quien detesta- 
ba le causaban mucha pena. ¿Qué necesidad 
tenía de aparecer tan contenta cuando él entra- 
ba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y 
en voz baja?... Ya sabía que todo aquello era 
agua de cerrajas, que ella no iba á enamo- 
rarse de sujeto tan ruin; pero con estas con- 
fianzas él se crecía y pudiera pasarse á mayo- 
res si no se le atajaba. Además, los amigos lo 
notaban... Estaba quedando en ridículo...» 

Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. 
Luego, gravemente y afectando indiferencia, 
respondió: 

— Antoñico tiene buena sombra y me hace 
reir... Y ¿qué hay con eso?... Los demás tam- 
bién se ríen... Si tú no lo haces ahora es por- 
que le has tomado tema. ¿Quieres que habien- 
do jarana ponga la cara larga como si fuese á 
hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... 
Cada cual es cada cual, y porque tú no críes 
bilis no me voy á morir de empacho de risa. 

No pudo lograr de ella otra respuesta. 

— Pues si ese guasón sigue dándome jaque- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



20I 



<;a, el día menos pensado le cojo por un brazo 
y le planto en la calle. 

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó 
á decir sordamente: 

— Harías muy mal. 

Transcurrieron bastantes días después de 
esta corta explicación y las cosas, en vez de me- 
jorar, empeoraron. Soledad no sólo no repri- 
mía la expresión de su simpatía, sino que 
afectaba demostrarla con testimonios más visi- 
bles. Antonio, observando su frescura, dióse á 
entender que Velázquez estaba por completo 
esclavizado y aguantaría todo lo que le echa- 
sen encima. Por lo que no se guardó ya tanto 
de él: festejaba á la tabernera con su habitual 
desembarazo y sostenía con ella, hasta en pre- 
sencia del guapo, largos apartes en los cuales 
se embromaban y reían como locos. 

La desazón de Velázquez era tan grande que 
para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comen- 
tarios en voz baja y no faltó quien reconvinie- 
se á Antonio por su conducta. Pero éste alzó 
los hombros y respondió, como siempre, con 
una desvergüenza. El majo se hallaba en una 
tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, 
acometido de cólera furiosa, proyectaba arro- 
jar á su amigo de la tienda á puntapiés y 
pescozones, como, presa de profundo abati- 
miento, quedaba paralizado y devoraba su 
afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba 
jamás y, contra su costumbre, bebía bastante 
vino. 



202 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al fin rompió la cuerda, como era de pre- 
sumir. La insolencia del uno y la despreocupa- 
ción de la otra llegaron á tal extremo que, ha- 
llándose cierta noche en el aposento habitual 
de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger 
un cigarro que se le había caído, apretó los 
pies de la hermosa tabernera, quien en vez de 
enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió 
la maniobra, sintió que un flujo de sangre le 
invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano 
al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantar- 
se, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si 
una mano de hierro le hubiese clavado á la 
silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de 
partir el corazón de su rival, sintió ganas 
atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. 
Llenó, con manu trémula, el vaso de vino y lo 
apuró con ansia. 

Cuando los tertulios se despidieron y quedó 
solo con su querida, inició con voz alterada 
una explicación. 

— Soledad, hija mía, me estás dando muchos 
disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio 
propasarse contigo sin que te hayas dado por 
ofendida... Por milagro de Dios no le he de- 
jado clavado á la pared como un sapo... Vuel- 
vo á suplicarte que si me aprecias en algo de- 
jes de hablar con ese hombre... Ya te he di- 
cho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que 
no puedo!... 

— Pues haz por soportarlo — respondió se- 
camente la joven. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



203 



Calló un momento, herido por aquella frase 
cruel. Luego dijo con humildad, acercándose 
á ella: 

— Sabes que soporto todo cuanto tú quie- 
ras... hasta una bofetada en medio de la calle... 
Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases 
tirarme por la muralla, me tiraría... si se te an- 
tojase la cruz de la custodia, iría á robarla 
para ti... Pero hay cosas que hieren más que 
una bofetada, más que una puñalada en el co- 
razón... Te ruego, por tu salud y por la de tu 
madre, que no me des más celos... Mira que 
me estás quitando la vida... 

Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla 
en que estaba y se puso á arreglar las botellas 
de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo 
á ella suplicante. 

— Lo que te pido no creo que te ha de cos- 
tar mucho trabajo... Déjame echar á ese hom- 
bre de casa, y yo te prometo no molestarte 
más con celos... 

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una 
larga pausa. Al cabo insistió con voz temblo- 
rosa: 

— Vamos, Sólita, no me des ese disgusto... 
Pídeme en cambio lo que quieras. 

— Lo único que te pido es que me dejes ya 
en paz — repuso ella alejándose para limpiar 
una de las mesas. 

Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró 
acobardado algunos instantes y al fin profirió 
con amargura: 



204 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿No merezco siquiera ese pequeño sacrifi- 
cio? Por ti me privaría yo de hablar con todas 
las mujeres de este mundo. . . ¡y tú, en cambio, 
no puedes pasarte sin las guasas de ese tío! 

Soledad, que reprimía á duras penas la im- 
paciencia, exclamó: 

— ¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. 
Ni tú estás amarrado á mí con una cadena, ni 
yo á ti tampoco... Así, el día que se me pon- 
ga en el moño, con ese ó con otro, con el que 
me dé la gana, me voy y te dejo plantado. ¿Lo 
quieres más claro? 

Y sin aguardar contestación se dirigió á la 
puerta para subir á acostarse. Una blasfemia 
de Velázquez la hizo volverse. 

— ¡Ah!... i Ya se concluyó mi paciencia! Si no 
quieres ser mía, tampoco serás de otro, porque 
antes te voy á partir el corazón. 

Rápidamente echó mano á un cuchillo que 
había sobre el mostrador y se lanzó sobre su 
querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas 
por súbita inspiración exclamó sonriendo: 

— ¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de 
verdad? 

Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, 
inflamadas las mejillas, llameantes los ojos. 

Entonces la joven se acercó á él con sem- 
blante pálido que desmentía su forzada son- 
risa. 

— Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza 
•que acabo de decir? ¿Es que no se puede gas- 
tar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 205 



que yo me había de chalar por ese titiritero? 

El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó 
caer sobre una silla. Soledad se sentó á su 
lado y charlaron un rato. Apretada por el 
miedo, hizo un esfuerzo por mostrarse afectuo- 
sa y se disculpó de sus insolentes palabras. 
Después subieron á casa. 

Cuando al cabo logró quedar sola en su cuar- 
to, el rostro de la joven cambió enteramente. 
Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dila- 
taba y quedó temerosamente fruncido. La cólera 
y el miedo se enseñorearon de su alma. ¿Por qué 
había de estar unida á un hombre á quien no 
quería? ¿Era su marido? No. Pues entonces, 
¿qué obligación tenía de sufrirlo? Además, co- 
rría grave riesgo de que con cualquier pretex- 
to fundado ó infundado de celos la diese una 
puñalada... Conocía bien su temperamento 
brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disi- 
mulaba ó parecía dormido á causa del capricho 
repentino que por ella le había entrado. El día 
menos pensado se le subía la fachenda á la ca- 
beza, lo echaba todo á rodar, como otras ve- 
ces, y perecía á sus manos. 

Bruscamente tomó la resolución de abando- 
nar la casa. «Nada, yo no estoy más tiempo 
con este tío.» 

Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en 
el baúl y lo cerró. Después se sentó sobre la 
cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, 
aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y 
suponiendo que Velázquez estaría ya bien dor- 



20Ó 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mido, se echó el mantón sobre los hombros, 
bajó quedo la escalera, abrió la puerta con 
cautela, salió y la cerró sin ninguna, echando 
la llave y dejándola puesta para que su queri- 
do no pudiera salir á perseguirla, en el caso 
de que despertase. 

Justamente éste acababa de recitar el conju- 
ro que le había enseñado María-Manuela. Al 
oir el golpe de la puerta, no imaginando que 
fuese la suya, sino la del vecino, tomólo por 
feliz agüero que venía á coronar la escena 
amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de 
beatitud dilató su rostro y quedó plácidamente 
dormido. 

Mientras tanto, Soledad corría por las calles 
de Cádiz y llegaba á casa de su amiga Paca. 
No quiso ir á la de María-Manuela por razo- 
nes de delicadeza fáciles de apreciar. Además, 
aunque ruda de inteligencia, ésta no había de- 
jado de advertir que las bromas y chicoleos que 
su amante usaba ahora con Soledad tenían 
sabor distinto que antes. Andaba inquieta, ce- 
losa y, aunque amiga entrañable de aquélla, 
no podía disimular su escozor. 

Paca la recibió con efusión, porque la quería 
de veras; la hizo acostarse, y apenas había 
amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y 
la obligó á contar lo que había pasado. Sole- 
dad relató lo sucedido; cómo Velázqvez había 
estado á punto de matarla, los esf jerzos de di- 
simulo que había tenido que hacer para librar- 
se de una puñalada, el miedo terrible que ha- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



207 



bía pasado y, por último, los pormenores de 
su fuga. Calló el motivo de la reyerta. Paca no 
se lo preguntó porque de sobra lo conocía. 
¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia su- 
perior y universal? Pero sin aludir á él directa- 
mente, supo pronunciar una brillantísima ora- 
ción encaminada á persuadirla de que todo 
aquello «era conversación de Puerta de Tie- 
rra», y que el único hombre que la convenía, 
á pesar de sus defectos, era Velázquez, porque 
tenía buena entraña y la quería y porque con 
él se había perdido, y porque la mujer de ver- 
güenza no debe ser más que de un hombre en 
su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pa- 
só á otra conversación, porque suponía que, 
dado el estado de ánimo de su amiga, era di- 
fícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba 
que trascurriesen algunos días para que se cal- 
mase y surtieran efecto. 

Soledad quería marcharse en seguida para 
su tierra. No lo consintió su amiga, esperando 
que la nube se disiparía y vendría la reconcilia- 
ción. Pero la tabernera cada día se mostraba 
menos dispuesta á ella. Á cuantas reflexiones 
la hacían contestaba resueltamente: 

— No se cansen ustedes: yo no vivo ya con 
ese hombre. 

Achacábanlo todos á terquedad, porque, en 
efecto, era apretada de sienes como una arago- 
nesa, casi imposible de convencer cuando se 
apoderaba de ella una idea. Pero, además, po- 
seía un fondo de rectitud, un alma justiciera 



208 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que mantenía viva la llama de la ofensa. Los 
desprecios con que Velázquez había pagado su 
amor tierno y desinteresado le causaban cada 
día mayor indignación. Había llegado á abo- 
rrecerle y lo confesaba tranquilamente con la 
sinceridad que la caracterizaba. 

No era esto, sin embargo, lo que más pre- 
ocupaba á Paca. Tenía absoluta confianza en 
su elocuencia y sabía que más tarde ó más tem- 
prano llegaría á convencerla. Lo peor era que 
Antoñico rondaba la costa. En cuanto salían de 
casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la 
plaza de Mina, en todas partes se pegaba á So- 
ledad como una lapa. La joven, en vez de huir- 
lo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante 
risueño y satisfecho. Esto tenía inquieta á la 
esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía 
las pésimas condiciones del sujeto. Deploraba 
lo que podía suceder, no sólo ya por Soledad, 
sino también por María-Manuela, á quien igual- 
mente estimaba. Tal inquietud subió de punto 
y se convirtió en miedo cuando supo que An- 
tonio y María, después de una escandalosa re- 
yerta en que se arañaron y apalearon, habían 
concluido por separarse: él se quedó en casa y 
ella se fué á la de su hermana. 

Justamente acababa de recibir la noticia 
cuando tropezó en la calle con Manolo Uceda. 
Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Des- 
de el rompimiento de Soledad con Velázquez, 
en vez de acudir solícito á sitiar la plaza vacan- 
te, se había despegado un poco. Saludaba á la 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



209 



joven cuando la hallaba y hablaba con ella al- 
gunos ratos, pero no se le veía asiduo como 
antes. Quizá notaba la predilección de aquélla 
por Antoñico y esto le producía la natural re- 
pugnancia, ó bien trabajaba sobre sí mismo 
para vencer un amor que tantos dolores le ha- 
bía causado. Paca le contó lo que pasaba, ha- 
blaron largamente de Soledad, le expuso sus 
temores y concluyó por rogarle que tratase de 
disuadirla también de aquella relación que tanto 
podía perjudicarla. 

— Convendría que se fuese en seguidita á 
Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... 
Está en mi casa... Además, bastaría que notase 
por lo que es para que se encaprichase en que- 
darse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la 
conoce usted. 

— Sí, sí-, la conozco bien — respondió el joven 
con acento amargo. 

— ¿Por qué no la habla usted? 

— ¿Yo? — exclamó con sorpresa. — Yo no 
tengo ninguna influencia sobre ella. 

— Está usted equivocado. Sé que le aprecia 
mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le 
pone por las nubes... 

— ¡Sí, para tenerme más lejos aún! — repuso 
con sonrisa melancólica. 

Paca insistió. Argumentó metódicamente 
desenvolviendo sus ideas en serie interminable 
de sutiles demostraciones-, estudió, examinó los 
pros y los contras, se lanzó con pasmosa agi- 
lidad al campo del análisis trascendental; en 

14 



2IO 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



una palabra, rajó por los codos hasta quedar 
fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo 
no pudo decir nada, encontrándose, cuando 
menos pensaba, solo y citado para el día 
siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chi- 
clana. 

No le pesó mucho. Aunque harto de desen- 
gaños y dolorida el alma, aún rebullía en su 
corazón la esperanza, por poco que la hurga- 
sen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con 
pretexto de hablar á Pepe de un caballo que 
iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en 
dejarle solo y mano á mano con Soledad. La 
conversación fué mucho tiempo indiferente y 
penosa. No se atrevía á comenzar; estaba dis- 
traído, no decía cosa ordenada. Soledad, que 
tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave 
que de ordinario y más parca de palabras. Mas 
por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos 
que la joven daba por el Perejil, se atrevió á 
decir: 

— Te veo casi siempre acompañada de An- 
toñico. 

— Sí; alguna vez nos acompaña — repuso 
ella secamente. 

Hubo una larga pausa. 

— ¿Y crees — dijo al cabo con tímida sonrisa 
— que te conviene ese acompañamiento? 

— ¿Pues? — replicó la joven con semblante 
serio mirándole á la cara. 

Manolo bajó los ojos. 

— Porque, á la verdad... no ganarías nada 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



211 



en la opinión de la gente siguiendo de esa 
suerte... Es demasiado pronto para tomar otras 
relaciones... Además, Antonio tiene compro- 
misos sagrados con una mujer, y sobre todo... 
tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien 
reputado... 

— ¡Bah! — exclamó la joven un poco pálida. — 
Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los 
amigos no le perdonan que tenga buena som- 
bra y que de vez en cuando les tome un poco 
el pelo. 

Uceda se sintió mortificado por esta res- 
puesta picante, pero tuvo fuerzas para disimu- 
lar y dijo con acento grave y resuelto: 

— Tendrá toda la sombra que quieras, pero 
no ha sabido portarse como persona decente 
ni con María ni con su amigo Velázquez, á 
quien debe favores y dinero. 

Soledad se puso aún más pálida. Y dejando 
escapar la cólera que hinchaba sú corazón des- 
de el principio de la entrevista, profirió con 
voz alterada: 

— ¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que ha- 
as el favor de dejarme en paz. Ni eres mi pa- 
re para reprenderme, ni el cura de la parro- 
uia para darme consejos... Tú no puedes ha- 
lar de Antonio ni de ningún otro hombre 
ue se me acerque... porque ya ves... cualquie- 
a pensaría que lo haces por envidia. 

Manolo se alzó de la silla como si le hubie- 
sen pinchado. Toda su sangre dió una vuelta y 
le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudién- 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dola por el brazo, profirió con ira concentrada: 

— ¡Niña! ¡niña! jniña! ¿qué estás ahí dicien- 
do? El cariño que te he tenido no te autoriza 
para insultarme. No te pongas tantos moños. 
Si eres hermosa, otras lo son también, y si te 
quiero no es por tu mérito, sino por ser la pri- 
mera mujer con que he tropezado... Después 
de todo, quizá no esté enamorado de ti, sino de 
la imagen que de ti se ha formado en mi cora- 
zón... Porque, á la verdad... voy viendo que 
interiormente vales bien poquito. 

Soledad se puso á su vez roja como una ama- 
pola. Comprendió que le sobraba razón para 
encolerizarse y por un impulso noble de su na- 
turaleza espontánea y justiciera le tendió la 
mano diciendo: 

— Perdona, Manolo. Tengo el genio dema- 
siado vivo y cuando me enfado digo cosas que 
nunca he pensado. 

El caballero de Medina le estrechó la mano, 
habló pocas más palabras y se despidió al cabo 
de algunos minutos con bastante frialdad. 



XIV 



I<k fcodk de Pepk. 




omo puede inferirse, la fuga de So- 
ledad impresionó hondamente el 
corazón del guapo. Pero el exceso 
mismo del golpe trajo consigo el abatimiento: 
en pos de éste vino una resignación desespera- 
da que le guardó de dar paso alguno para bus- 
carla y atraérsela. Hizo de tripas corazón y 
procuró distraer su dolor con el trato de los 
amigos más bulliciosos. Frecuentó mucho más 
las tiendas de vinos y en la suya procuraba que 
reinase la alegría hasta las altas horas de la no- 
che. Con lo cual, si no se consolaba, por lo me- 
nos se aturdía. 

Era esto poco, sin embargo. Comprendía que 
la mejor medicina para aliviarse sería un nuevo 
amor y trató de buscarlo. Vacilaba en dirigir- 



214 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se de nuevo á Mercedes la Cardena/a, temien- 
do fundadamente que le rechazase, cuando llegó 
á sus oídos la noticia del rompimiento de An- 
tonio y María-Manuela. De pronto nació en su 
mente la idea de galantear á ésta, con lo cual, 
además de procurarse distracción, se vengaba, 
hasta donde era posible, de su rival y molesta- 
ba á Soledad . De tal modo le sonrió este de- 
seo que aquella misma tarde comenzó á poner- 
lo en obra, acompañando á la maga en el Pe- 
rejil y por la noche en la plaza de Mina. Aun- 
que imperfecta y abultada de facciones era Ma- 
ría mujer de mucho atractivo y poseía una gra- 
cia picante y sensual que á no pocos había se- 
ducido. Á Velázquez nunca le había gustado, 
mas aguijoneado ahora por el anhelo de la ven- 
ganza, procuró doblegar á ella su gusto, consi- 
guiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó 
á esperar que al cabo le hiciese olvidar su des- 
dichado amor, cosa que deseaba con todas las 
veras de su alma. Pocas entrevistas fueron ne- 
cesarias para que los dos se entendiesen. La 
una aceptó al instante los galanteos, por la 
misma razón que el otro se los dispensaba. Y 
con afectada libertad exhibieron sus relaciones 
por todas partes. Velázquez pensaba ya en pro- 
ponerla que se fuera á vivir con él. 

Estaba en toda su fuerza el verano. El Áfri- 
ca exhalaba su aliento cálido sobre la coqueta 
ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como 
una doncella que recibe el beso abrasador de 
su amante. Por las mañanas, la gente acudía á 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 2 I 5 



los baños del Real á refrescarse, y los mance- 
bos tenían ocasión de acercarse á las zagalas 
para decirles mil requiebros hiperbólicos, y lo 
que aún era mucho más grato, para ver sus 
blancos pies desnudos y observar la graciosa 
curva de sus formas bajo el leve, flotante, 
vestido de baño. Por la tarde volvían á ha- 
llarlas en el Perejil , y allí , viendo al sol 
hundirse majestuosamente en el Océano entre 
rojizos resplandores, su amor se hacía reserva- 
do y melancólico. El horizonte se desplegaba 
como una visión de oro. El mar bebía la irra- 
diación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco 
á poco de Levante envolvía á la ciudad con su 
velo sombrío, apagaba después las luces tem- 
blorosas del Océano, se esparcía sobre las olas 
dejándolas verdes, inmóviles. Un soplo de tris- 
teza estremecía súbito á los enamorados, po- 
niéndolos graves y mudos, mirando con ojos 
extáticos la huida de la luz. Pero llegaba la no- 
che sembrada de estrellas, y allá en la plaza de 
Mina, escuchando los sones armoniosos de la 
música, favorecidos por la sombra, de nuevo 
se acercaban para verterse en el oído los dulces ¿ 
secretos de su corazón. Y su amor entonces 
adquiría un sentimiento de tierna intimidad, 
venía envuelto en promesas halagadoras que 
los ponía gozosos y locuaces. 

En una de estas noches sembradas de estre- 
llas, y en un banco de la plaza de Mina, fué 
cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado 
el día de su matrimonio. Hubo dificultades para 



2IÓ 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



arreglarse antes. El padre de Pepa, que era 
maestro carpintero y había adquirido en sus 
contratas un razonable caudal, tenía demasia- 
do apretados los cordones del bolsillo, no se 
decidía á señalar dote á su hija, contentán- 
dose con responder á las instancias de los no- 
vios que «los ayudaría en todo lo que pudie- 
se». Pero tal vaga promesa estaba lejos de sa- 
tisfacer el espíritu esencialmente práctico y or- 
denado de Frasquito. Enemigo irreconciliable 
de las abstracciones tratándose de asuntos tan 
serios, iba aplazando la boda mientras no viese 
algo más concreto. Finalmente, aquella maña- 
na, el maestro carpintero se había humanizado 
y le prometió diez mil pesetas para comprar la 
participación que su tío tenía en el comercio y 
quedarse él solo con el negocio de las harinas. 

Señalado el día por los novios, pedida la no- 
via oficialmente por el señor Rafael y arregla- 
dos los papeles á toda prisa, se tomaron los di- 
chos en la vicaría. Después de las correspon- 
dientes amonestaciones celebróse la boda, al 
entrar la noche, en casa de la novia. Fueron 
padrinos el señor Rafael y Mercedes la Carde- 
nala, prima de Pepa. Asistieron á ella los pa- 
rientes y amigos de ésta y la reunión de la 
tienda de Velázquez, por ser los más íntimos 
que el novio tenía. Manolo Uceda se excusó 
por verse obligado á dormir aquella noche en 
la Isla; en realidad, por no encontrarse con An- 
tonio y Soledad. Esta se había negado en un 
principio á asistir á pesar de las vivas instan- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



217 



cias de Frasquito, pero habiendo venido la 
misma Pepa á suplicárselo no tuvo más reme- 
dio que ceder. 

Se preparó la comida en una de las tien- 
das de Puerta de Tierra, y después de la ce- 
remonia todos se trasladaron allá en coche. Iba 
una jardinera de diez asientos; pero no cabien- 
do todos en ella, los sobrantes se acomodaron 
en berlinas de punto: Velázquez en una con 
Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre 
de Pepa, y así sucesivamente. Las mujeres pre- 
firieron casi todas ir en la jardinera acompa- 
ñando á la novia. Esta, después de haberse 
despojado de la mantilla, se había echado en- 
cima del traje negro de seda con que se casara 
un espléndido pañolón de Manila azul borda- 
do en blanco. La mayoría de las otras iban 
adornadas con prendas semejantes. El de So- 
ledad era negro bordado en rojo, el de Paca 
amarillo con flores negras, el de Maria-Ma- 
nuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y 
verde. 

Las calles hervían de gente cuando la co- 
mitiva se puso en marcha atravesando al me- 
dio la ciudad por mayor gala. El estrépito 
de los coches y su número desusado sorpren- 
dían á los transeúntes, que se detenían, y al 
enterarse de que era boda gritaban riendo: 

— ¡Vivan los novios! 

Y los de la comitiva respondían con vivas 
aún más sonoros, golpeando al mismo tiempo 
con los bastones hasta romperlos. El padrino 



218 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hacía parar delante de todas las tiendas de 
montañeses conocidas-, llamaba al chicuco; apa- 
recía éste con una batea de cañas; se bebían 
alegremente entre el corro de la gente que se 
apiñaba instantáneamente para verlos, y ¡arrea, 
niño ! vuelta á escapar desempedrando las 
calles. 

En la de la Carne el aplauso y la algaza- 
ra fueron indescriptibles. Los transeúntes se 
arremolinaban impidiendo el paso de los ca- 
rruajes. El grupo de mujeres de la jardinera 
alcanzó una ruidosa ovación. 

— ¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mu- 
jeres castizas! ¡Vivan los novios! ¡Vivan los pa- 
drinos! 

El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba pu- 
ñados de almendras y monedas de cinco cén- 
timos á los chicos. Con lo cual éstos corrían 
detrás del cortejo dando chillidos penetrantes 
y poniendo en conmoción al vecindario. 

Salieron al fin de la ciudad por la famosa 
puerta, siguieron buen trecho la angosta len- 
gua que la une á la tierra y pararon delante de 
una de las más nombradas tiendas de vinos 
en que la juventud gaditana acostumbra á so- 
lazarse. Como el calor sofocaba, habíanles 
puesto la mesa en el jardín, dentro de un apo- 
sento formado de tablas con dos grandes ven- 
tanas al campo. Y sin ceremonia alguna, en 
medio del bullicio y la alegría, sentóse cada 
cual donde bien le pareció. La novia entre el 
padrino y la madrina, el novio al lado de su 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



219 



suegro, á quien empezaba á bailar el agua mu- 
cho más que á su esposa; Soledad junto á Anto- 
ñico, Velázquez junto á María-Manuela, Grego- 
rio, hermano de la novia, pegadito á su prima 
Isabel la Cardenala, Paca entre el Cardenal y la 
Cardenala viejos, embelesándolos con su afluen- 
cia maravillosa. 

Velázquez había saludado á Soledad fría- 
mente en casa de Pepa durante la ceremonia. 
Aquélla le había contestado con mayor frial- 
dad aún. Luego no habían vuelto á dirigirse la 
palabra ni á mirarse siquiera. Mientras duró 
la comida el majo afectó mucha alegría y pro- 
digó á su pareja mil delicadas atenciones pro- 
curando hacerlas bien ostensibles. Ella le ayu- 
daba siguiéndole el humor, no teniendo ojos 
ni oídos más que para él. Soledad y Antoñico 
charlaban mucho más quedo, pero también con 
más sabrosa intimidad, riendo á cada momen- 
to ella con no fingidas ganas los chistes del 
picaro. 

Cuando hubieron comido según sus deseos, 
empezaron á levantarse de las sillas y á cam- 
biar de asiento y postura, formando pequeños 
grupos, retrayéndose las parejas enamoradas á 
los rincones para charlar más á su gusto. Pero 
seguían cambiándose entre unos y otros, aun- 
que á distancia, las mismas guasas picantes. 
Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez con 
mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la 
cantaora que habían traído consigo no daban 
paz á los cantos de la tierra, malagueñas, se- 



220 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gradillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó 
cuatro más filarmónicos los escuchasen en si- 
lencio. 

Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz. 

— ¡Que bailen los novios! — gritó. 

Este grito halló eco en seguida entre los 
invitados. 

— Eso está bien dicho. ¡Que bailen! 

Pepa se prestó al instante á ello, pero á 
Frasquito no hubo poder humano que le hicie- 
se menear las piernas . Alegaba ignorancia; si 
supiese, con mucho gusto echaría un baile. En 
realidad desdeñaba el arte de Terpsícore: toda 
su devoción la consagraba á Mercurio. Senta- 
do en un rincón al lado de su suegro, departía 
con él amigablemente sobre asuntos serios, 
remojando á menudo las fauces con sendas 
cañas de manzanilla. Ni la misma Pepa con sus 
ruegos logró moverle de la silla. Entonces el 
señor Rafael, enojado de aquella falta de ga- 
lantería, se levantó exclamando: 

— Ea, chiquilla, deja á ese gallego y hu- 
míllate á dar cuatro pataditas con este pobre 
viejo. 

— ¡Ole por el padrino! — gritaron los compa- 
dres con entusiasmo. 

Y entre el furioso palmoteo de todos la no- 
via y el padrino chasquearon los palillos y em- 
pezaron á moverse acompasadamente uno 
frente á otro. La cantaora, con voz penetrante, 
cantó: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



221 



«Á la señora novia 
sacadla á bailar, 
para que se despida 
de su mocedad.» 

— ¡Bueno va! — ¡Obligúela usted, padrino: 
— ¡Vivan las novias saladas! 

Todos palmoteaban y chillaban jaleando á 
los bailadores. Algunos tomaron puñados de 
almendras de la mesa y las arrojaron al aire, 
cayendo como una nube sobre ellos. 

La novia se fatigó antes que el padrino. Esto 
causó gran regocijo. El viejo fué felicitado con 
entusiasmo. 

Pepa, jadeante, dijo: 

— Que baile ahora Soledad para quitarles á 
ustedes el amargor de la boca. 

— ¡Que baile! ¡que baile! — gritó la reunión. 

Soledad hizo signos negativos con la cabeza. 

— Déjenla ustedes ahora: Soledad no está 
templada todavía — manifestó Velázquez afec- 
tando desenfado. 

El rostro de la joven se contrajo cofi expre- 
sión sombría, y volviéndolo hacia Antoñico 
dijo en voz baja: 

— No soy guitarra para templarme. 

Los convidados, que sabían bien lo que pa- 
saba, temieron una escena desagradable y no 
•insistieron. 

Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor 
Rafael tomó la guitarra exclamando: 

— Ya me han conoció ustedes como bailarín. 
Ahora van á conocerme como músico. 



222 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y después de rasguear y puntear el instru- 
mento con no esperada habilidad, cantó con 
bronca voz, dirigiéndose á Pepa: 

Porque te quiero te digo 
que te registren el novio, 
porque no está de recibo. 

La chuscada causó gracia á todos menos á 
Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumora- 
do. Lo estaba también porque la conversación 
con su suegro tomaba un sesgo bastante des- 
agradable. El maestro carpintero, que había 
embaulado un río de manzanilla, con la expan- 
sión que el vino comunica, le estaba haciendo 
una porción de confidencias gravísimas. Decíale 
con lengua estropajosa que no era tan rico 
como se decía, que si es verdad que en algunas 
obras había ganado algunos cuartos, en otras 
salió con las manos en la cabeza. Además, ha- 
bía gastado un caudal en la enfermedad, bien 
larga, de su difunta esposa. Y para remate de 
fiesta, tres meses hacía que un picaro de la Isla 
á quien tenía dados quince mil reales á réditos 
se había declarado insolvente. 

Frasquito escuchaba todo esto serio, frunci- 
do, sin asomo de borrachera, llevando las cañas 
á la boca con mano trémula. Después de larga 
pausa, el maestro carpintero, con la mayor 
tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la 
siguiente bomba: 

— De modo, hijo, que por ahora y en mu- 
cho tiempo tampoco, no cuentes con las diez 
mil pesetas de que hemos hablado. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



223 



Frasquito se puso pálido como un muerto. 
Quedó paralizado un momento y apenas pudo 
balbucir: 

— ¡Cómo! (¿Ahora salimos con eso? 

— Pues ahora es la ocasión, porque empe- 
záis á vivir — replicó con audacia tranquila el 
carpintero. — Tú eres un hombre formal, sabes 
trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me 
casé tenía solamente... 

Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes 
descompuestos, echando casi espumarajos por 
la boca, profirió: 

— Lo que ha hecho usted es engañarme 
como un charrán. Eso no lo hace ningún hom- 
bre que tenga vergüenza, ¿sabe usted? 

El carpintero empalideció á su vez. 

— ¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando? 

— Sí, señor, lo repito — gritó aún más sofo- 
cado el novio. — ¡Es usted un sin vergüenza! 
¡un canalla! 

El viejo alzó la mano y descargó una tre- 
menda bofetada, una bofetada de carpintero, 
en el rostro de su yerno. Este le echó las ma- 
nos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa 
confusión. A duras penas lograron entre todos 
separarlos. La novia exhalaba quejidos lasti- 
meros, llorando abundantes lágrimas y sin sa- 
ber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas 
cuantas manos, juraba y perjuraba que había 
de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, 
estrechado por un grupo de convidados, les de- 
mostraba palmariamente que su suegro era un 



224 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pillo, un estafador, acompañando la demostra- 
ción de un áspero crujir de dientes que ponía 
espanto á los circunstantes y en particular á 
las hembras. 

Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por 
un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído: 

— Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu sue- 
gro está borracho perdido? 

Estas prudentísimas palabras gozaron el pri- 
vilegio de calmar instantáneamente la cólera 
de Frasquito. Renació la esperanza en su co- 
razón y otra vez tornó á ver las diez mil pe- 
setas delante de los ojos. 

Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el vie- 
jo Cardenal al maestro carpintero. Frasquito 
tenía una mona que no se lamía el infeliz. Con 
lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, 
contentándose ya solamente con manifestar su 
profundo desprecio hacia los muchachos del 
día, que «en cuanto lo cataban perdían la ca- 
beza». 

Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y 
otra vez reinó la concordia y la alegría. El se- 
ñor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó 
una serie de coplillas chuscas y picarescas que 
hicieron brincar de gozo á los alegres com- 
padres. 

Velázquez y María-Manuela, sofocados por 
el calor, se habían acercado á la ventana y 
respiraban la brisa frente á la bóveda estrella- 
da del cielo. El majo mostraba una alegría rui- 
dosa, donde se percibía, no obstante, alguna 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



225 



afectación, un dejo de inquietud y tristeza que 
por momentos lo hacía enmudecer y le arru- 
gaba la frente. Al salir de una de estas breves 
pausas, dijo á su compañera con sonrisa me- 
lancólica: 

— María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas 
que anunciaba , mi matrimonio con Soledad? 

La maga quedó turbada sin saber qué con- 
testar. Al fin balbució: 

— Las cartas no mienten nunca, hijo... Ha- 
brá sido culpa mía el no haberlas entendido. 

— ¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, 
sino el de Frasquito! — exclamó riendo. 

Y, observando que su burla oscurecía el 
rostro de la joven , añadió tomándole una 
mano y acariciándola: 

— No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi 
matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, mo- 
rena, que tienes unas pestañas que se clavan 
en el alma como alfileres! 

— ¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa! — re- 
plicó ella dándole un leve empujón. 

El guapo se mostró entonces exagerada- 
mente cariñoso y rendido, cubriéndola de flo- 
res y requiebros. La ruda y graciosa morena 
concluyó por decir sonriendo: 

— ¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga 
la arropía! 

Pero á su espalda se había armado gran al- 
gazara. El señor Rafael, harto de cantar y to- 
car, se entretenía, como de costumbre, en em- 
bromar á su sobrino. 

15 



226 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Has hecho una buena boda, Pepa. Te 
llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis 
pies y mis manos... Un hombre corriente y 
trabajador como el que más... que te saca una 
cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiem- 
po que se persigna un cura loco... Solamente 
tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el 
dinero por entre los dedos como si fuese agua... 

— ¡Qué bilis tiene usted, tío! — exclamaba 
Frasquito mientras los demás reían á carcajadas. 

— ¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si 
te descuidas es capaz de dejarte sin platos en 
la cocina... 

Y el viejo, á quien el vino ponía siempre 
provocativo, soltaba un chorro de gracias mor- 
tificantes. Los invitados se retorcían de risa. El 
novio, cada vez más sofocado, gritaba con 
acento colérico: 

— ¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el 
tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará. 

Velázquez se había aproximado para gozar 
de la guasa, dejando sola á María- Manuela á la 
ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde 
estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta 
con disimulo al aposento, se acercó á su antigua 
querida. 

— Presente, mi capitán — le dijo blandamente 
al oído. 

La joven se estremeció, volvió rápidamente 
la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió 
contemplando en silencio el firmamento. An- 
toñico se apoyó á su lado en el marco de la 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



227 



ventana, y después de una larga pausa dijo en 
voz baja: 

— Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de 
Antoñico, que está dando las boqueadas como 
un pez fuera del agua. 

— Pues tírate de la muralla y zambúllete en 
el mar — repuso ella en voz baja también y sin 
cambiar de postura. 

— Eso haría de buena gana, si no fuese que 
me hace daño el agua fría. Ya sabes que pa- 
dezco de reúma. 

— Avisa que te lo calienten. 

— ¡Soy muy desgraciado! La bañera se em- 
peña en ponérmelo como hielo . 

— ¿La bañera de ahora? 

— No, la bañera de antes. 

— ¿Qué importa si el baño no es para ti?. 

— Pues me cuelo en él aunque me quede tieso. 

— La bañera te haría salir á palos. 

— Eso me conviene para entrar en calor 
más pronto. 

— ¡Qué sin vergüenza! 

— ¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo. 

Velázquez al volverse y observar la mani- 
obra de Antonio, sintió un movimiento de cóle- 
ra. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana 
á Soledad desocupada.. Por impulso repentino 
se sentó atrevidamente en ella. La joven no 
pudo reprimir un vivo estremecimiento y ma- 
nifestó al instante su disgusto con semblante 
oscuro y enojado como pocas veces se le ha- 
bía visto. 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Después de su golpe de audacia, el majo 
quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al 
cabo, con alegre rostro, exclamó: 

— ¡Quien fué á Sevilla perdió su silla! 

Soledad no respondió ni movió siquiera un 
pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptan- 
do un tono jocoso y desenfadado, dijo: 

— ¿Me permite usted descansar un momento 
en esta silla? 

— No es mía — respondió secamente. 

— Supongamos que lo fuese. 

— Si lo fuese no estaría en un establecimien- 
to de Puerta de Tierra. 

— Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué ha- 
ría usted? 

— Dejarla donde está. / 

— ¿Conmigo encima? 

— Con usted ó con otro. Me es igual. 

— Si le es á usted igual, me quedaré yo. 
Quiero más sentarme aquí que á la diestra de 
Dios Padre. 

Soledad se encogió de hombros con desdén 
y murmuró: 

— ¡Tardaba ya mucho! 

Estaba inquieta desde que Antoñico se ha- 
bía acercado á María-Manuela. Sus ojos se cla- 
vaban coléricos en ellos y querían pulverizar- 
los. Las palabras temblorosas de Velázquez le 
parecían un ruido molesto, la ponían aún más 
nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Anto- 
nio y habiéndose encontrado sus miradas, el 
humor de la joven cambió repentinamente. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



229 



Empezó á responder con amabilidad á su anti- 
guo amante, á mirarle cara á cara y hasta á 
inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, 
demasiado locuaz para que no se advirtiese el 
esfuerzo sobre sí misma. 

Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. 
Aceptaba aquella amabilidad como moneda de 
buena ley. A los pocos minutos de conversa- 
ción ya se creía otra vez dueño del corazón de 
la hermosa y se mecía en un océano de risue- 
ñas ilusiones. 

Seguía la zambra en el aposento. Mercedes 
la Cardenala bailaba con Gregorio, su futuro 
cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo des- 
pués de la reyerta con su suegro, experimentó 
la necesidad de bailar, quizá para aturdirse, y 
bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con 
el maestro carpintero en un rincón, mientras 
en otro, una joven casada, cuyo marido no es- 
taba allí, contaba sus desazones domésticas y 
pedía consejo á Paca la de la Parra. 

— Bien puedes creerme, Paca, no hay tío 
más desalmao ni más hereje. El otro día, seis 
duros tristes que tenía apartados para hacer 
unos vestiditos á los niños, me los quitó y se 
fué con ellos cantando á la taberna y no vino 
en dos días á casa... 

— Pues no parece.. . 

— ¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como 
que el que lo ve le apetece cogerlo y ponerlo 
en el altar de San José en lugar del santo! 
Para todos es una mosquita muerta... pero en 



23O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



casa, yo te aseguro, hija, que está demasiado 
viva y que pica mejor que un alacrán... Mira 
— añadió remangándose los brazos, — nadie 
creerá que él es quien me ha hecho estos car- 
denales... 

— Pero ¿ te pega ? — exclamó Paca con 
asombro. 

— Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfe- 
mias como los demás, me da unos pellizquitos 
de monja que me deja el cuerpo negro como 
el cordobán... Y el angelito mientras tanto 
sonríe y me pregunta con mimo: «¿Qué tienes, 
hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su 
estampa!... Como sé cuáles son los sagrarios 
que recorre, muchas veces mando á un chico 
á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que 
se enfada? ¡Na! Se queda con el chico y le em- 
borracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha ha- 
bido veces en que se han reunido los cinco ni- 
ños en la taberna! «¡No falta ahora más que 
¿a cocinerah dice el sinvergüenza... porque es 
así como me llama. 

Paca no pudo reprimir una carcajada. 

— ¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando 
vi llegar á los hijos de mis entrañas cayéndose 
contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha 
sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da 
por celarse de su sombra... Ya ves tú — añadió 
con leve inflexión de vanidad, — ¡á mis años y 
después de haber parido siete veces!... No pue- 
do salir á la calle sin que se ponga en acecho-, 
no puedo peinarme ni vestirme un poquito de- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



231 



cente... Á fuerza de trabajos había logrado 
comprar unos zapatos de charol y hacerme un 
vestidito de merino fino. Pues un domingo que 
salí con él al Perejil, por si había mirado á 
Fulano y por si Mengano había dicho ¡ole!, 
llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas 
tijeras y tiene las malas tripas de hacerme ra- 
jas el vestido y los zapatos... ¡Ea! ¡otra vez 
desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te 
gusto más en cueros?... > 

Iba á emitir Paca su autorizada opinión en 
este litigio, cuando se interpuso Frasquito, que 
venía á consultarla sobre si sería ó no oportu- 
no enviar por amoniaco á la botica más próxi- 
ma, para dárselo á su suegro á ver si despe- 
jaba un poco. Aunque su tío Rafael le había 
asegurado que en durmiendo la mona recor- 
daría la sagrada promesa que le había hecho, 
su inquietud no le permitía esperar con calma 
al día siguiente. Ansiaba que por cualquier 
medio recobrase la razón y con ella la con- 
ciencia de sus obligaciones. 

Paca no juzgó prudente aquella medicación, 
tanto menos, cuanto que el maestro carpintero 
departía muy tranquilamente con el señor Ra- 
fael, bien ajeno de la necesidad de introducir 
en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justa- 
mente en aquel momento estaba dirigiendo 
por vigésima vez á su compadre una serie de 
preguntas que alejaban toda sospecha sobre 
este punto. 

— Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo 



232 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy 
ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí 
la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé 
alternar?... 

El señor Rafael apoyaba con todas sus fuer- 
zas estas proposiciones, aunque disimulada- 
mente hacía guiños expresivos á su sobrino; 
pero éste sacudía la cabeza con desesperación, 
hallando cada vez más inevitable el socorro de 
la química. 

Mientras tanto seguía el bailoteo en au- 
mento. Tomaban ya parte en él los que antes 
hacían más remilgos. Hasta la vieja Cárdena- 
la se arrancó por panaderos con un comer- 
ciante vecino casi tan antiguo como ella. La 
novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no 
obstante, en bailar sola, sin hacer caso de Ma- 
ría-Manuela que le advertía con empeño de que 
no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo. 

Mercedes, la madrina, un poco excitada por 
el vino, quería que Velázquez bailase con ella. 
Desde su rompimiento, la joven guardaba en 
el fondo de su pecho hacia el majo un senti- 
miento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, 
de desprecio y amor. Velázquez, que siempre 
había sido poco amigo de echar las piernas al 
alto, se negaba, haciendo, sin embargo, á su 
antigua novia mil cortesías, mostrándose con 
ella extremadamente dulce. No era pura ga- 
lantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. 
Había también su parte de vanidad, porque 
Mercedes tenía novio, y éste, que era un man- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



233 



cebo casi imberbe, no mal parecido, llamado 
Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que 
viera que su novia coqueteaba con Velázquez. 
El guapo, á quien el amor y los pesares no ha- 
bían podido arrancar de cuajo su inveterada 
arrogancia, gozaba con las preferencias de la 
bella y los celos del muchacho. 

— ¿Dónde va tu novio tan encandilao? — dí- 
jole sonriendo con orgullo, viendo salir al jo- 
ven del aposento como un huracán. 

— Déjalo — respondió ella haciendo una mue- 
ca de desdén. — -Es un tío lila, ¿sabes?... Se aho- 
ga el infeliz en una tacita de agua. De seguro 
que ha salido al campo para llorar más á gusto. 

— ¡Para llorar!... ¿Por qué? 

— Porque está celoso de ti. 

— ¡Válgame Dios!... Parece mentira que un 
buen mozo tenga celos de este pobrecito vie- 
jo — repuso Velázquez con mal disimulada jac- 
tancia. 

— ¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto. 

— ¿Tan echao á perder lo tienes? 

— Estragaíto del todo, querido... Figúrate 
que hace ya un mes que no puedo comer más 
que cosas frías. 

— ¿Me quieres comer á mí? 

— Por lo frío podía pasar, pero eres demasia- 
do duro. 

— Mírame un ratito con esos ojillos puñale- 
ros y me verás derretío. 

— Te estoy mirando hace un año y no veo 
ninguna pringue en el suelo. 



234 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Á que no me esperas esta noche en la 
reja de tu casa? 

— ¿Á que no echas conmigo un bailecito? 

— Vamos á verlo — replicó el guapo levan- 
tándose. 

Mientras tanto, el desgraciado Gabino, des- 
pués de atravesar el jardín, había salido al cam- 
po, como su novia adivinó burlando. No lloraba, 
pero tenía el corazón tan henchido de tristeza 
que le tomaron deseos de sentarse entre los 
rails de la vía férrea que por allí cruzaba y es- 
perar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó 
á una empalizada y se puso á rumiar sus des- 
engaños, cuando oyó cerca rumor de con- 
versación. Las ventanas del salón de tablas 
donde la boda se celebraba abrían hacia aquel 
sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto 
pudo á ellas para escuchar, no tanto por curio- 
sidad como por la esperanza de percibir la voz 
de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, 
que comenzaba á salir, vió que los dos que de- 
partían en la ventana eran Soledad y Anto- 
ñico. Observó que la joven estaba agitada, con- 
vulsa, que acompañaba sus palabras de vivos 
movimientos de cabeza, mientras Antonio, con 
la suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y 
con humildad. 

— Si no la puedes ver más que al diablo — 
profería la joven haciendo esfuerzos por repri- 
mir la voz, — si la aborreces, ¿por qué te acer- 
cas á ella públicamente? ¿Por qué le das ese 
gusto sabiendo que á mí puede mortificarme? 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



235 



¿No ves que la gente nos observa, que puede 
muy bien suponer que de aquella candela que- 
da algún rescoldo?... ¿Te has figurao, hijo, que 
vas á ponerme en ridículo como has hecho más 
de mil veces con ella? ¡Que te se quite, niño!... 
Nuestro compromiso es de ayer y está soste- 
nido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo 
corto... ¡Ya está cortado!... Ya no tenemos ná... 
Conque tú por un lado y yo por otro... 

— ¿Por qué lado voy? 

— Por el que te dé la gana. 

— Entonces voy por el de tu corazón y me 
quedo en él de huésped. 

— En mi corazón no caben tíos fanfarrias... 
Acabo de salir de un fachendón y ¿quieres 
que dé en otro? 

— Te arrepentirás de ! haberme insultado sin 
motivo. Me acerqué á María para preguntarle 
solamente por su sobrinito que está enfermo... 
Ya sabes cuánto he querido yo siempre á ese 
niño... 

— ¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la 
salud del sobrinito te estás media hora de pi- 
torreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras 
meterme los dedos por los ojos... 

— ¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que 
quiero es meter los labios ahora mismo. 

— ¡Ea! no me vengas con monerías de gata 
tripera... Confiesa que te gusta aún María... 
Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el 
alma quieta... 

— Confieso que te quiero de todo corazón... 



236 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que paso las fatigas de Dios en cuantito me 
miras soberbia; que eres la primera y la única 
mujer que he querido de verdad... y que en 
prueba de amor eterno te regalo este higo 
paso — -añadió presentándole uno. 

— ¡Anda que te zurzan! — exclamó la joven 
riendo y arrojando el higo al suelo. 

Bajaron la voz. La plática comenzó á ser 
suave y cordial y entreverada de risas. 

La reconciliación estaba hecha. 

Al cabo de un momento Gabino pudo ob- 
servar, sin embargo, que Soledad tornaba á 
ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: 
ella negaba vivamente haciendo repetidos sig- 
nos con la cabeza. Excitada su curiosidad, el 
mancebo permaneció inmóvil á ver en qué pa- 
raba y lo que aquello significaba. Antoñico no 
cejaba en sus demandas ni la joven en sus ne- 
gativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y 
la bella concluyó por quedarse inmóvil con los 
ojos extáticos, mientras el galán seguía mur- 
murándole al oído sus deseos. 

Soledad se pasó entrambas manos por el 
rostro y, con súbito ademán, sacó una llave 
del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo 
dió la vuelta y se retiró de la ventana. 

Velázquez bailaba con Mercedes. Su anti- 
gua querida comenzó á palmotear y á jalear- 
los de tal modo que el guapo volvió la cabeza 
sorprendido y los presentes hicieron lo mismo. 
Al observar su faz pálida, demudada, se gui- 
ñaron el ojo y no faltó quien exclamase: 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



237 



— ¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... 
Si te caes, yo me comprometo á llevarte á casa 
en brazos, niña. 

— ¡No me caigo, no, desabono!... ¿Quieres 
ver cómo no se me doblan todavía las pier- 
nas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á 
bailar á la salud de los novios y de toa la com- 
pañía. 

— ¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, sa- 
lero! — gritaron entusiasmados los hombres. 

Y lo mismo ellos que ellas suspendieron 
sus pláticas para darse el gusto de ver á la que 
pasaba por primorosa bailadora. 

El guitarrista preludió un tango. La can- 
taora iba á modular la copla cuando Soledad 
exclamó con violencia: 

— ¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Qui- 
tarme todo eso de encima! 

Veinte manos se apresuraron á cumplir la 
orden, separando la vajilla y los manjares que 
aún quedaban. Pero como estuviese manchada 
de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha 
con brioso ademán su espléndido pañolón de 
Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, 
al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y 
cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las 
manos con gesto colérico. Este acto produjo 
gran indignación en los presentes. 

— ¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por 
un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la 
alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá ga- 
llego!... 



238 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y todos le increpaban con ira mientras el 
señor Rafael se retorcía de risa en un rincón 
gritando: 

— ¡Vivan los novios rumbosos! 

Las mujeres, más irritadas que los hombres 
de aquella falta de galantería, echaron mano 
igualmente á sus mantones y se disputaron el 
placer de limpiar también con ellos la mesa. 
Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso 
el pie en una silla y de un brinco se plantó so- 
bre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte 
taconeo que electrizó á la reunión. Luego se 
irguió haciendo resaltar su bella figuraescultural. 

— ¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle 
sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, ga- 
chona!... ¡Vivan las mujeres flamencas! 

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo 
infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y 
gentileza que ella solo sabía. Los hombres po- 
nían bajo sus pies los sombreros para que los 
pisase; las mujeres arrancaban las flores de su 
cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrie- 
ron de besos. 

Pero la bella se dejó caer jadeante en una 
silla y quedó silenciosa y sombría sin participar 
del frenesí que allí reinaba. 

Los viejos dieron, al fin, la señal de retirar- 
se. La partida fué ruidosa. Antes de acomodar- 
se en los coches se pasó cerca de media hora, 
cambiándose entre unos y otros interminables 
bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi to- 
dos estaban roncos. Los hombres, perezosos 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



239 



para meterse en los vehículos, hacían traer á 
ellos bateas con cañas y las servían á las hem- 
bras, que las rechazaban riendo, cuando no les 
bañaban el rostro con ellas. 

Los cocheros ya se preparaban á arrear á 
los caballos cuando el señor Rafael, que cho- 
rreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocu- 
rrencia de obligar al viejo Cardenal y á su es- 
posa á que echasen un baile de despedida. Y 
no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que 
al cabo los Cardenales bailaron sobre la carre- 
tera, á la luz de la luna, entre la algazara del 
cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches. 

Pero aquel momento gozoso fué turbado por 
la mala intención de Antoñico, que participó al 
maestro carpintero cómo Frasquito intentaba 
darle amoniaco para limpiarle la mona. Encres- 
póse atrozmente aquél y nada menos preten- 
día que bajarse del coche y echar los dientes 
fuera á su yerno. A duras penas podían suje- 
tarlo . Pepe de Chiclana cortó en flor la que- 
rella gritando á los cocheros: 

— Arread, muchachos, y que se quede el que 
quiera. 

Chasquearon los látigos y los caballos arran- 
caron al trote. Pero todavía, por encima del 
ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vo- 
ciferar al carpintero: 

— (¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á 
ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? 
¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé 



XV 



uando entraron en Cádiz sonaba la 
una. La hermosa ciudad dormía so- 
bre el mar, como una odalisca en 
razos de su déspota. El cielo espléndido de 
a Bética formaba sobre ella un pabellón po- 
lado de luces. Una leve brisa embalsamada 
efrescaba su frente ardorosa. 

El estrépito de los coches turbó un momento 
aquel sueño tranquilo. Más de una tierna don- 
cella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su 
balcón con los pies desnudos para ver lo que 
pasaba. Y al oir el grito de ¡vivan los novios! 
que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus Cán- 
didas mejillas se coloreaban, sus labios de coral 
se dilataban con sonrisa dulce murmurando: 
« ¡Una boda! > y tornaba al lecho y se dormía 

16 



242 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



soñando escenas de felicidad que el cielo ben- 
dice. 

La comitiva recorrió las calles deteniéndose 
delante de algunas tiendas de montañés y ha- 
ciéndolas abrir para beber unas cañas. Los no- 
vios, que habían regresado juntos en una ber- 
lina, dieron esquinazo á su cortejo y se escabu- 
lleron bonitamente para casa. Los demás reca- 
laron todos á la tienda de Crisanto, en la calle 
de Pedro Conde, levantaron al montañés que 
ya se había acostado, é introduciéndose por la 
puerta falsa del portal, invadieron ruidosamente 
el establecimiento. Y ¡vengan cañas de Sanlú- 
car! ¡venga cante y guitarra y jaleo! 

Pero las mujeres estaban rendidas: no tar- 
daron en hablar de su casa; se inició la retira- 
da por la vieja Cardenala y poco á poco fueron 
desfilando casi todos. No quedaron en la tien- 
da más que los borrachos empedernidos, el se- 
ñor Rafael, el maestro carpintero, el Cardenal 
y otros cuatro ó cinco convidados. 

Velázquez se puso al lado de María-Manuela 
mientras marchaban en grupos por las calles; 
pero cuando al llegar á una esquina se despi- 
dieron de la familia de Mercedes, tuvo ocasión 
de acercarse á ésta y hablar con ella algunas 
palabras. 

— Adiós, gitana — le dijo estrechándole la 
mano afectuosamente. — Adiós, naranjita china. 

— Estoy deshecha, niño — respondió ella con 
languidez afectada . — He bailado más que un 
trompo. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



243 



— ¿De modo que no sostienes la apuesta? 

— ¡Anda! Ya lo creo que la sostengo. 

— ■ Entonces, dentro de media hora me tienes 
arrimado á tu ventana. 

— Dentro de media hora te espero en 
ella. 

Y con las manos enlazadas se clavaron una 
larga mirada, entre burlona y amorosa, tratan- 
do de registrarse el alma. Pero al volver la ca- 
beza cesó repentinamente la alegría del majo 
al observar que María- Manuela estaba hacien- 
do lo mismo con Antonio. Quedó repentina- 
mente serio, no porque la bravia morena le 
hubiese tocado en el corazón, sino por la inso- 
lencia de Antoñico. Á pesar de los últimos re- 
veses seguía tan puntilloso y delicado. Murmu- 
ó un juramento y se acercó de nuevo á la 
aga. Antoñico, que vió su rostro contraído, 
e apresuró á alejarse juntándose á Soledad, 
ue también había advertido la maniobra y es- 
aba irritada y seria. 
— ¿Qué te decía Antonio, querida? — pre- 
mtó el majo. * 

— i Antonio! — exclamó la morena con sor- 
resa. — ¿Qué me había de decir Antonio?... 
Nada. 

— ¿No estaba hablando contigo en este mo- 
mento? 

— ¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... 
Creo que me preguntaba por mi sobrinito. 

— Está bien; pero otra vez, cuando te pre- 
gunte por tu sobrinito, procura que yo no esté 



244 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



delante — manifestó el guapo con calma ame- 
nazadora. 

María quedó turbada y balbució con timidez: 

— ¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por 
cualquier cosilla te remontas... 

— No hablemos más. Ya te he dicho lo qüe 
hace al caso. 

Hubo un largo silencio mientras caminaban 
lentarnente la vuelta de casa precedidos y se- 
guidos de otros grupos. 

— No te vayas á figurar que á mí me im- 
porta ya nada de ese tío — profirió ella al cabo. 

— No me figuro nada — respondió secamen- 
te Velázquez. 

— Que se me salten los ojos y no vuelva á 
ver la luz del sol, que me vea pidiendo de 
puerta en puerta una limosna y vaya á morir 
al hospital, si tengo más interés por él que por 
el carro de la basura... Anda, hijo, pues ni que 
estuviera echada á los perros para acordarme 
ya de ese tío sucio sin vergüenza. Primero me 
dejaba hacer tajaditas así que mirar más en 
cara á ese arrastrao. Np pienses en ello, niño, 
que si algún día me dan ideas de faltarte, será 
con todos menos con él. ¿No vale más tu per- 
sonilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues 
el gachó es de oro para que una mujer se chale 
por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara 
que un jardín en primavera! Deja que Soledad 
coma de esa fruta... ¡Para mí ya está podría! 

Velázquez se fué calmando con la charla de 
su nueva querida. Y de esta suerte llegaron 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



245 



hasta la puerta de casa. La hermana de María 
vivía en una callecita estrecha del barrio de la 
Viña, cerca de la Catedral. Paca la de la Parra 
vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Des- 
pidiéronse, pues, allí, ésta con su marido, Sole- 
dad, Antonio y otras dos mujeres, y siguieron 
adelante. Velázpuez se quedó un instante. á la 
puerta con su amante y al cabo también se 
despidió de ella hasta el día siguiente. Estaba 
cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto 
dijo, al menos, al separarse: la verdad era que 
deseaba acudir á la graciosa cita de su antigua 
novia. m 

Cuando quedó solo se fué paso entre paso 
á la tienda de Crisanto á esperar la hora. Allí 
seguían los residuos más antiguos de la boda 
rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Jú- 
piter y Semele. 

No tardó en recalar también Antonio; Gre- 
gorio y algunos otros jóvenes de los que ha- 
bían acompañado á las mujeres llegaron poco 
después. La juerga prosiguió más grosera y 
alborotada por la ausencia del elemento fe- 
menino. 

Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una 
mirada cargada de odio y de amenazas que no 
pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidado- 
samente de acercarse al grupo donde el majo 
estaba, y al cabo de unos instantes se escabu- 
lló sin ser notado. Sin dilación alguna se diri- 
'ó nuevamente al barrio de la Viña y se de- 
uvo delante de la casa de su antigua querida: 



246 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



acercóse á una reja baja que tenía, llamó con 
los dedos á los cristales y esperó. No tardaron 
en abrir. 

— ¿Estás ahí, desaborío? 

— Aquí estoy, limoncito verde. 
— ¿Por qué limoncito verde? 

— Porque eres agria para mí y veo mis es- 
peranzas cada vez más verdes. 

— ¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan 
sucia! Después que has sido para mí un perro 
te vienes con esa. 

— Un ladrón en la horca no está más arre- 
pentío que yo, María. Díme que me tire al 
agua y me verás hacerlo. 

— ¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso... 

— ¡Si supieses las penitas que estoy pasando!. 

— ¡Calla, calla, perro! 

— Eso es, las de un perro cuando le cortan 
el rabo. 

La ruda morena soltó una carcajada. La plá- 
tica, aunque burlona, se fué haciendo más y 
más cordial, no tardando mucho aquel perro 
en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más 
íntimo y más suave. Hallaban los dos grato 
enamorarse por la reja después de haber hecho 
vida matrimonial cuatro años. 

Hacía ya largo rato que estaban charlando 
cuando se oyó el ruido de un coche. 

— ¿Un coche á estas horas? — exclamó María 
con sorpresa. 

Antonio no dijo nada, pero quedó repen- 
tinamente serio. El ruido se fué aproximan- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



247 



do. Á los pocos momentos vieron aparecer por 
el extremo de la calle una berlina de punto que 
pronto cruzó por delante de ellos. Antonio 
sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz al- 
terada: 

— ¿Sabes quién va ahí? 

—¿Quién? 

— Velázquez. 

— ¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven 
huéspedes. 

— Por mi salud te juro que es Velázquez. 
Lo he conocido perfectamente. 

— Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si 
fuese Velázquez se hubiera apeado para armar 
pendencia contigo... Demasiado sabes cómo 
las gasta. 

— Pues es Velázquez, no tengas duda — re- 
puso Antonio cada vez más trémulo. 

Y tanto juró y perjuró que su querida con- 
cluyó por darle crédito. También se puso seria. 

— ¡Es bien extraño! 

Cuando hubieron comentado largamente el 
caso, María le propuso entrar. 

— Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, 
porque si mi hermana se entera me pone de 
patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la 
clemencia de Dios... Pero no importa: por todo 
paso con tal que tú no vayas á tener un dis- 
gusto. Mira que ese tío tiene muy malas tri- 
pas... 

Antonio le dió gracias con efusión y estuvo 
muy tentado á aceptar la oferta, porque sentía 



248 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un miedo de primera calidad. Pero se acordó 
de la cita con Soledad, la halló muy sabrosa y 
tuvo fuerzas para rehusar. Se las echó de va- 
liente. 

— Si no me quedo es precisamente porque 
no vayas á figurarte que le tengo miedo. Cinco 
dedos tengo en cada mano como él y una bue- 
na herramienta en el bolsillo... Que cuide de 
asegurarme, porque si no, esas malas tripas 
que tiene se las echo todas fuera de una 
vez. 

Gozó todavía un rato del susto de su queri- 
da, que muy acongojada trataba de persua- 
dirle á que pasase allí la noche, y al cabo se 
despidió. 

El que le viese deslizarse solapadamente por 
las calles, oculto en la sombra y volviendo á 
cada instante la cabeza, no pensaría cierta- 
mente que tuviese vivos deseos de andar con 
los intestinos á nadie. 

Bien había echado de ver su ausencia Veláz- 
quez allá en la tienda de Crisanto. No quiso ir 
tras él, porque estaba seguro de que se había 
marchado de miedo, y con esto quedaba en so- 
siego su amor propio. Cuando juzgó llegado el 
momento de acudir á la cita de Mercedes se 
dispuso á salir; pero aquellos borrachos le te- 
nían secuestrado. El padre de Pepa, tomándole 
de la solapa de la chaqueta, se desahogaba con- 
tra el gallego de su yerno, anunciando con voz 
cavernosa las mil crueldades que iba á ejercitar 
sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



249 



de sus pronósticos siniestros iba acompañado 
de las correspondientes preguntas: 

— ¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? 
¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á algu- 
no? etc. 

El viejo Cardenal, hombre pacífico si los 
había en Cádiz, iba adquiriendo á la sazón un 
humor belicoso también que le hacía muy mo- 
lesto. Después de tomarlas con Gregorio, inju- 
riándole y declarando á gritos que nunca le 
dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió 
con Velázquéz acusándole de traidor. 

— Permíteme que te lo diga, Velázquéz... No 
eres un hombre regular ni decente... Con mi 
hija te has portado peor que un gitano... Yo 
soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la 
cara... Al pan pan y al vino vino... y al que 
es un falso traidor le digo que es un sinver- 
güenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?... 

Colocado en este terreno dramático, el viejo 
tendero concluyó por desafiarle. 

— Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No 
pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, 
aún no se me cae una herramienta de la ma- 
no... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y 
verás cómo te corto el cuello! 

Velázquéz sonriendo procuró calmarle; pero 
cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía 
el anciano, hasta el punto de que, temiendo que 
se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, 
que era el menos borracho de todos, hizo seña 
al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, 



250 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



porque los insultos repetidos iban ya alterando 
sus nervios y temía que al fin se desbocasen y 
le impeliesen á poner la mano en el viejo. 

Cuando se vió en la calle respiró libremente 
y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La 
cita amorosa con aquella muchacha iba adqui- 
riendo en su imaginación un atractivo que 
aunca hubiera pensado . Sin embargo, la des- 
pedida de Antonio y María-Manuela y las pa- 
labras secretas que entre sí cruzaron, habían 
despertado en su espíritu sospechas de que es- 
taban citados para aquella noche. Más por cu- 
riosidad que porque la traición de la rústica 
morena le llegase al alma, en vez de tomar el 
camino directo de las Barquillas, hizo un pe- 
queño rodeo para pasar por delante de la casa 
de aquélla. Y hallando casualmente al paso un 
coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, 
se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la 
reja de su querida, á pesar del escaso interés 
que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un mo- 
vimiento de ira; se abalanzó para ordenar al 
cochero que parase; pero, sosegándose repenti- 
namente, se encogió de hombros exclamando: 

— ¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos 
saben el camino de sus pocilgas. 

Antes de llegar á las Barquillas de Lope se 
apeó y despidió el coche, encaminándose viva- 
mente hacia la casa de su antigua novia. Pero 
cuando ya estaba cerca, de uno de los portales 
próximos salió un hombre y se le puso de- 
lante. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



251 



— Buenas noches, señor Pedro. 

El majo, sorprendido y mirando con frun- 
cido rostro al que se le atravesaba, respondió: 

— Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece? 

— Pues nada... Estaba la noche tan hermosa 
que no tuve ganas de acostarme... y andaba 
dando vueltas esperando el sueño. 

■ — Está bien — repuso mirándole de arriba 
abajo con ojos recelosos y severos. — ¿Y aún 
no te ha llegado el sueño? 

— No, señor. 

— Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer 
es irte á la cama, porque te expones á quedar 
dormido en mitad del arroyo. 

— No tengo yo miedo á eso, porque al fin 
y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es 
blando el sueño? Lo único que me da pena es 
dejar despiertos por ahí á algunos traidores. 

Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, 
pero supo dominarse y exclamó riendo: 

— ¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte 
guardia civil y pasarás las noches persiguiendo 
á los ladrones. 

— No son ladrones los que yo quisiera per- 
seguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño 
sin interés, sólo por capricho ó por fachenda. 

— Pues ve tras ellos y buenas noches, que 
yo no puedo detenerme — dijo Velázquez con 
voz ya levemente alterada, tratando de ale- 
jarse. 

Pero el mozo se le interpuso nuevamente, 
diciendo con resolución: 



252 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va 
usted á ver á Mercedes? 

— Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te im- 
porta algo? 

— Sí que me importa, porque soy su novio. 

— Pues hazte cuenta que para mí no eres 
na — dijo Velázquez con acento agresivo. 

— No basta que usted lo diga; á todo el 
mundo le consta y á usted también. Por con- 
siguiente, no es portarse como hombre regular 
ni decente rondar á las mocitas que están com- 
prometidas. 

— jEa, basta ya de rodeos! — exclamó el 
guapo. — Quieres reñir, ¿verdad tú?... Pues cuan- 
do gustes podemos comenzar. 

Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsi- 
llo y sacó el cuchillo. 

Gabino permaneció quieto y manifestó con 
calma: 

— Ya sé que no le importa reñir, que tiene 
usted corazón y no ha de temer á un pobre 
muchacho como yo... Pero al ponerme delante 
de usted bien puede figurarse qué desesperado 
estaré... Quiero á esa mujer más que á las ni- 
ñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de 
usted, delante de un cañón cargado de metra- 
lla me pondría. Lo que temo al reñir no es la 
muerte, sino que de todos modos la pierdo para 
siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, 
porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted 
por la gloria de mi madre, lo mejor que po- 
dría sucederme es que usted me matase... 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



253 



La voz se le anudó en la garganta al pobre 
mancebo al proferir las últimas palabras. Ve- 
lázquez quedó inmóvil y silencioso. Ai cabo 
dijo en tono resuelto, guardando la navaja: 

— Tienes razón... Me gusta esa niña, pero 
tú la mereces más que yo porque la quieres 
mucho más... Sé, por desgracia — añadió con 
voz temblorosa, — lo que es querer de ese modo, 
y que poco importa la vida ó la muerte al que 
tiene ya el corazón hecho pedazos... 

Bajó la cabeza y permaneció callado unos 
instantes. 

— Choca, querido — dijo alzándola de nuevo 
y alargándole la mano. — Vete en paz á hablar 
con tu novia y que Dios te proteja. 

Se estrecharon la mano y el majo se alejó 
precipitadamente. 

— Gracias, señor Pedro — murmuró Gabino 
conmovido. 

* — ¡Oiga! — le gritó cuando ya el otro estaba 
lejos. 

Velázquez volvió sobre sus pasos. 

— Quisiera pagarle de algún modo el favor 
que me hace. Si usted tiene todavía algún in- 
terés por esa mujer que ha querido, le diré que 
la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra 
entregar una llave á Antoñico, que debe ser 
la de su casa... Haga usted ahora lo que me- 
jor le parezca. 

El majo se encogió de hombros con afectado 
desdén. 

— Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á ún toro 
de Veragua si gusta... De todos modos, gracias 
por el aviso, Gabino, y buena suerte. 

No era sincero aquel desprecio. La noticia 
le llegó al alma, porque si bien conocía las re- 
laciones de su querida con Antonio, tenía por 
cierto que no habían alcanzado tal grado de 
madurez . Así que vagamente nutría en su 
alma la esperanza de poseer de nuevo á Sole- 
dad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía 
perdida enteramente. Sus ilusiones se desva- 
necían como el humo. 

Á paso lento recorrió varias calles presa de 
un abatimiento que le quitaba las fuerzas. 
Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía 
revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas 
del tropel de ellos surgió repentinamente uno 
que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un 
instante y, recobrando de súbito toda su ener- 
gía, emprendió su camino de nuevo con reso- 
lución y á paso vivo. Al pasar por la calle de 
Horno Quemado vió venir hacia él un hombre 
que no tardó en reconocer. Era el señor Ra- 
fael que se retiraba á su casa. Trató de evitar 
el saludo pasando á la acera contraria; pero el 
viejo, que no estaba tan borracho como supo- 
nía, le conoció perfectamente y le chicheó. 

— ¡En! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... 
¿Dónde va el hombre? 

— Pues... á ninguna parte. Estoy tomando 
el fresco... y pensando en lo divertido que es- 
tará ahora su sobrino. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



255 



— ¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego 
desorejado. No se ha divertido jamás de la vida 
ni se divertirá. Ahora mismo está pensando 
en el gasto. 

Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero 
el viejo le retuvo. 

— Ahí dejo al Cardenal y al suegro de mi 
sobrino con una mona superior... pero ¡supe- 
rior!... El Cardenal quería salir con la navaja 
abierta en tu busca... Luego la emprendió con- 
migo y me dijo las mil y una injurias... pero yo 
me he reído, ¿sabes?... Estos infelices que viven 
en familia, en cuanto se apartan de las enaguas 
de su mujer y lo prueban, se vuelven lo- 
cos... 

Velázquez estaba impaciente. La charla go- 
zosa del viejo le parecía insufrible en aquel mo- 
mento. Pero por más que hacía no lograba 
despegarse. Al fin tuvo que decir con acento 
malhumorado: 

— Y a y a ' déjeme usted, señor Rafael, que 
tengo prisa. 

El viejo le miró á la cara sorprendido y, ob- 
servando su palidez, soltó la carcajada. 

— ¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... 
No pensé que te hacía daño también el vino... 
Ya no queda en Cádiz más hombre que yo... 

Prosiguió el majo su camino mientras el tío 
de Frasquito, retorciéndose de risa, intentaba 
en vano meter la llave en la cerradura de su 
casa. Así estuvo largo rato hasta que pasó el 
sereno y le dijo sonriendo: 



256 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Pero señó Rafael, si está usted engaña- 
do! Su casa está tres puertas más abajo. 
El viejo echó dos pasos atrás y exclamó: 
— ¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la lla- 
ve en casa de D. Justo el escribano... ¡Tendría 
gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de 
la criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese 
perdió de Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Su- 
perior! ¡pero superior!... Escucha, Ramón... no 
digas á nadie que me he equivocado, porque 
se van á creer que estaba borracho... ¡Ji, ji!... 
¡Borracho el señor Rafael!... ¡Tendría que ver!... 
Adiós, Ramón. . . buenas noches... Chito <¡eh?... 
Buenas noches... Hasta mañana, si Dios 
quiere... 

El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los 
labios, le miró alejarse con marcha vacilante, 
abrir la puerta de su casa y desaparecer. 

Velázquez, al separarse de él, había apreta- 
do el paso. Cuando llegó á las inmediaciones 
de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se 
detuvo. Habitaba éste un caserón viejo, enor- 
me, del cual formaban parte las cuadras donde 
tenía los caballos en que traficaba. La puerta 
exterior, que cerraba un zaguán largo y sucio 
á modo de túnel, solía permanecer abierta 
toda la noche. El majo se ocultó en la sombra 
y espió aquella puerta. Una duda le agitaba: 
si Antoñico habría llegado ya. Habíale dejado 
pelando la pava con María, pero temía que el 
tiempo que había gastado con el novio de la 
Mercedes y el que le había hecho perder el 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



257 



señor Rafael hubiese bastado para que el trai- 
dor dejase á su antigua querida y viniese á 
buscar la nueva. 

Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar 
la esquina de la calle á un hombre. Á la luz de 
la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que 
se aproximara, y cuando ya estaba cerca de la 
puerta de Pepe, salió de pronto de la oscuri- 
dad y se le plantó delante. 

— Buenas noches, Antoñico. 

El amante de la maga dio un salto atrás 
y echó una ansiosa mirada á los lados, sin 
duda con intención de huir. Pero observan- 
do la actitud pacífica de Velázquez y su sonrisa 
pudo dominarse y exclamar con fingida cordia- 
lidad: 

— ¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que 
menos podía pensar era tropezarte á estas 
horas. 

— Ni yo á ti. 

— Pues, hijo, como hemos bebió mucho más 
de lo que era menester y la noche está para 
freirse María Santísima, andaba dando vueltas 
por las calles como un papamoscas y se me 
ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían sa- 
lido á la calle á tomar el fresco. 

— Pues hazte cuenta que lo mismo me ha 
ocurrido á mí. 

Hubo una pausa embarazosa. Antonio no 
las tenía todas consigo y escrutaba el semblan- 
te de su amigo, por ver si descubría en él seña- 
les de guerra. Pero el rostro del guapo expre- 

17 



258 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



saba en aquel momento absoluta tranquilidad, 
la misma indiferencia desdeñosa que lo caracte - 
rizaba. 

— Y como aquí no veía á nadie con quien 
rajar un poco, me iba en busca de la cama. 

— Pues hazte cuenta que otro tanto me pa- 
saba á mí — repitió Velázquez con el mismo so- 
siego. 

— Pues vámonos ya. 

— Mira... Echaremos antes un cigarro, si te 
parece. 

— Como quieras. 

Sacó el majo un cigarro puro y luego la na- 
vaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete 
brilló con resplandor siniestro á la luz de la 
luna. Antoñico se inmutó visiblemente. 

— Toma — dijo alargándole cortésmente el 
cigarro. — Pica de él si quieres. 

— Muchas gracias — respondió Antonio, re- 
chazándolo. 

Velázquez lo miró con sorpresa. 

— ¿Es que no tienes cuchillo? 

— Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... 
fumo de cajetilla... — balbució torpemente. 

— ¡Allá tú!— profirió el majo alzando los 
hombros. 

Y con toda calma se puso á picar, mientras 
el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. 
Hubo largo silencio. Velázquez parecía ab- 
sorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosa- 
mente, echando grandes bocanadas de humo. 

— ¡Ah! — exclamó al fin aquél, llevándose la 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



259 



mano á la frente. — ¡Qué cabeza la mía! Tenía 
que dar un recado preciso á Soleá y ya se me 
olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave? 

— ¿Qué llave? — profirió Antonio con la mis- 
ma sorpresa que si viese desplomarse todas las 
casas de la calle. 

— La que llevas en el bolsillo y que Soleá 
te ha dado hace un rato — manifestó Velázquez 
con naturalidad. 

Se puso aún más pálido de lo que estaba. 
En un instante pasaron por su cerebro veinte 
respuestas evasivas; pero los ojos del majo es- 
taban clavados sobre los suyos con una expre- 
sión tan resuelta y enconada que claramente 
vio el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó 
por lo primero. Hizo un esfuerzo para reir y 
exclamó en tono jocoso: 

— ¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya 
agua pasada, niño... Si supiese que esa mujer 
te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... 
Porque donde está un amigo verdadero como 
tú toas las mujeres están de más para mí... Y si 
antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado 
el campo libre... Pero tú eres como Dios te 
crió, guasón y cazurro si los hay, y no tienes 
confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quí- 
tate del medio que me estorbas...» Toma, toma 
la llave, que no tengo vergüenza si vuelvo á 
hablarte en los jamases de la vida. 

Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo 
gravemente y guardó silencio. El otro, viendo 
que no quería seguirle el humor é inquieto por 



2ÓO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



su actitud sombría, se apresuró á despedirse. 

— Vaya, hijo, que pases buena noche.. .y otra 
vez no seas tan desabono con los amigos que 
te aprecian. 

— Adiós — dijo Velázquez secamente. 

Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió 
vuelta á la esquina y en seguida avanzó 
hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo 
un instante escuchando, atravesó después cau- 
telosamente el largo zaguán, sembrado de ca- 
rretas y coches deteriorados, y llegó á un espa- 
cioso patio. Había numerosas puertas, la ma- 
yoría dando acceso á las cuadras. La vivienda 
de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella 
se dirigió, pero en vez de acercarse á la puerta 
del centro, se corrió hacia uno de los rincones 
donde había otra más chica. Por allí se entraba 
al cuarto de la huéspeda: lo conocía perfecta- 
mente, como conocía toda la casa. Paca había 
dado á su amiga aquella habitación indepen- 
diente, única que tenía bien amueblada. 

Puso el oído á la puertecita, permaneciendo 
en esta posición largo rato. Luego sacó la llave, 
la metió con suavidad en la cerradura y abrió 
lentamente procurando no hacer ruido. Avan- 
zó después por una pequeña antesala, buscando 
á tientas en la pared otra puerta, hasta que 
dió con ella y se detuvo. Llamó quedo con los 
nudillos. Nadie contestó. Tornó á llamar más 
fuerte. 

— ¿Quién va? — dijo desde dentro una voz 
bien conocida. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



2ÓI 



Velázquez puso los labios sobre la cerradura 
y respondió en voz de falsete: 
—Abre. 

— ¿Quién es? — preguntó Soledad. 
— Antonio. 

— Aguarda un momentito. 

Oyó el majo, con el corazón palpitante, el 
rechinar de una cama y el ruido de unos pies 
que se ponen en el suelo. Al instante se abrió 
la puerta. 

— Pasa — dijo Soledad con voz apagada. 
Velázquez obedeció. 

— ¡Cómo has tardado tanto, hijo! — siguió 
con acento de mal humor, mientras cerraba de 
nuevo la puerta. — Ya no contaba contigo. Te 
he estado esperando un rato muy largo y, al 
fin, viendo que no venías me he determinado 
á meterme en la cama... Espera, voy á encen- 
der un fósforo. 

— ¡No! — dijo Velázquez con la misma voz de 
falsete. 

— ¿Por qué no? 

Y sin aguardar respuesta tomó la caja de 
cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la 
luz. Al volver la cabeza dio un grito y se le 
cayó la cerilla de la mano. 

— ¡Tú! ¡tú! ¡tú! — repitió con espanto en las 
tinieblas. 

— ¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que 
haya dado este paso!... El cariño que te tengo 
me ha vuelto loco... 

Al mismo tiempo dio un paso hacia la joven-, 



2Ó2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pero ella retrocedió y sacando apresuradamente 
otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó 
delante de él erguida, altanera, pálida, claván- 
dole con furor sus ojos llameantes. Hubo un 
momento de silencio. La cólera le apretaba la 
garganta, no dejando salir las palabras. Al fin 
exclamó con voz alterada, extendiendo la mano: 

— ¡Sal de aquí, canalla! 

El majo se estremecióle puso también den- 
samente pálido. 

— *¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa 
palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes! 

— ¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla! — profi- 
rió la joven trocando el color blanco de su ros- 
tro por otro encendido como la grana. — «¿Qué 
otro nombre mereces, charrán, indecente?... 
¿Quién comete una acción tan baja como ésta 
sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla por- 
que lo eres. 

Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, 
la agarró por los brazos y la sacudió convulsi- 
vamente, mientras la joven, loca de furor, se- 
guía escupiéndole á la cara más que diciéndole: 

— ¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, co- 
barde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, 
granuja!... 

Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se 
clavaron con extraña fijeza sobre los de la jo- 
ven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero 
haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo 
soltó los brazos que tenía cogidos, dió un paso 
atrás y quedó de repente tranquilo, profunda- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



263 



mente tranquilo. Hubo un instante de silencio 
en que ambos se contemplaron con intensa 
atención. 

— ¡Basta ya! — dijo al cabo con voz ronca y 
respiración anhelante, como si acabara de hacer 
una carrera fatigosa. — Has llegado con esa 
espada que tienes en la boca al sitio mismo 
donde te tenía guardada... Te quería más que 
he querido á mi madre... Te respetaba más que 
á la Virgen de Grasia... Todo ha terminado... 
El soplo que acabas de dar ha sido tan fuerte 
que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me 
alegro y te doy las gracias... Escucha, niña, 
no te he partió el corazón ahora mismo porque 
me acuerdo de lo mucho que te he querido... 
Conque Dios te guarde... Si te debía algunas, 
ya te las has cobrado... 

Giró sobre los talones y salió con paso firme 
de la estancia. Al encontrarse en la calle se 
detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un ciga- 
rro, lo encendió y prosiguió su camino sose- 
gadamente como un vecino que sale á respirar 
el fresco. Era la calma del hombre á quien 
acaban de hacer una operación dolorosa y 
se encuentra de repente sin fuerzas y sin dolo- 
res, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles 
gozando este sosiego extraño parecido á un 
letargo. Su pensamiento y su corazón perma- 
necían quietos. 

Reinaba un silencio profundo en aquella úl- 
tima hora de la noche. Ni un transeúnte se 
tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus 



264 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pasos sonaban sobre la acera y de vez en 
cuando el silbo agudo del pito de los serenos. 

Como no tenía cuenta por dónde andaba, se 
encontró sin pensar en las Barquillas de Lope. 
Al advertirlo se apresuró á volverse pensando 
en Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró in- 
ternándose de nuevo en la ciudad. Esa chi- 
quilla es apañadita y salada y parecía que la 
iba cobrando apego... ¡Pero está de Dios que 
todo me salga mal de algún tiempo á esta par- 
te! Tiene razón Paca... Será que me voy ha- 
ciendo viejo.» 

De nuevo vagó por las calles á paso lento, 
bañando su frente en el frescor de la noche. 
Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tran- 
quilo y dueño de sí mismo. Antes de retirarse 
á casa quiso dar una vuelta por la tienda de 
Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la 
calle de San Francisco, oyó voces desentona- 
das, ruido de disputa. Acercóse más y pudo 
percibir el grito bronco del suegro de Fras- 
quito. 

— ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas forma- 
les? <¿He faltado á alguno?... 

El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á 
él que al viejo Cardenal, por escandalosos. El 
maestro carpintero se defendía gritando como 
un energúmeno, con lo cual dicho se está que 
empeoraba la situación. Dió la vuelta por no 
mezclarse en disputas de borrachos con la au- 
toridad, llegó á la muralla y siguió por ella la 
vuelta de su casa. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



265 



La noche tocaba á su fin. El firmamento es- 
trellado se desplegaba diáfano y puro anun- 
ciando la llegada de la aurora. Brillaban las 
estrellas declinantes reflejando su luz en las 
aguas, que se rizaban al primer soplo matinal. 
La luna acababa de hundirse en su seno, de- 
jando todavía en el horizonte una estela lumi- 
nosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo de 
cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para 
despertar á la sultana. 

Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró 
con delicia la gloria de aquella noche esplen- 
dorosa. Siguió distraído por la muralla sin 
apartar los ojos del mar, cuyas olas batían á 
sus pies con dulce, armónico, son. Algunos minu- 
tos después se hallaba en el Campo del Sur 
frente á su casa. Se apoyó en el pretil del muro, 
y quedó sumido en profunda meditación. Pensó 
en los últimos reveses de amor que había expe- 
rimentado, y un sentimiento de abandono in- 
vadió su corazón. No había duda, le llegaba la 
mala porque se iba haciendo viejo. Se encon- 
tró solo, sin padres, sin hermanos, sin hijos, sin 
mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. 
Y por primera vez le acosaron los remordi- 
mientos, las lágrimas que había hecho verter á 
algunas infelices. 

Cuando al cabo alzó la frente, su resolución 
estaba tomada. Las sombras de la noche huían 
apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas 
tintas carmesíes anunciaban en Oriente que el 
sol no tardaría en alumbrar la tierra. 



XVÍ 



f)e^eáidk. 



ocos días después se supo que Ve- 
lázquez traspasaba la tienda, y más 
tarde que se embarcaba para Amé- 
rica. Prefirió trasladarse en un buque de vela 
mandado por cierto amigo suyo que partiría 
el 1 5 de Setiembre. La víspera, los compadres 
de la reunión y algunos íntimos recibieron de 
él afectuosa carta de despedida y adjunta una 
invitación del capitán del barco para que, si 
tenían gusto en ello, viniesen á beber unas ca- 
ñas á la salud y al viaje feliz de su amigo. 
Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta 
que Velázquez le escribía convidaba también 
expresamente y con encarecimiento á Soledad, 
ó por hacerle ver que olvidaba sus injurias, ó 
por mostrar que se hallaba enteramente curado 
de su pasión. 




268 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Quedó perpleja la joven cuando le leyó la 
postdata Paca. Instábala ésta para que accedie- 
ra á aquel ruego tan noblemente expresado. 
Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aún 
le guardaba, como por considerar violenta y 
embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando 
aquella tarde por la calle de la Amargura, acer- 
tó á tropezar con Manolo Uceda, á quien hacía 
días que no veía. Saludóla él cortés pero gra- 
vemente y trató de seguir su camino, pero ella 
se le puso delante. 

— ¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un 
siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes á 
casa? — le dijo con la sonrisa en los labios, apre- 
tándole afectuosamente la mano . 

Pero después de haber soltado tales palabras 
se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja 
como una cereza. 

— Ando bastante ocupado con un asuntillo 
que me ha encomendado mi madre... El jueves 
me voy á Medina. 

— ¿Para volver? 

— No-, probablemente no volveré. Desde allí 
nos vamos á Sevilla... He conseguido que mi 
madre cediese á vivir allá, y me alegro bas- 
tante . 

Quedó seria repentinamente la joven; guar- 
dó silencio unos momentos y al cabo dijo con 
tristeza: 

— ¡Todo el mundo se va!... Yo también ne- 
cesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Ve- 
lázquez se embarca mañana... 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



269 



— Sí lo sé. Me ha escrito. 

— ¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla 
del barco?... También á mí .me convida; pero á 
la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me 
dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo 
con todas las veras de mi alma, eres el único 
hombre decente con que he tropezao en la vida 
y á nadie pido un consejo con tanta satisfac- 
ción como á ti... 

— Muchas gracias — manifestó el caballero de 
Medina sonriendo. — Pero ¿qué quieres que yo 
te aconseje? Son asuntos delicados y no me 
atrevo... 

— Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes 
que entre ese nombre y yo no hay nada hace 
tiempo... Ya sabes cómo se ha portado con- 
migo... 

— Pues bien — repuso Uceda, después de va- 
cilar un poco. — Á mí me parece que debes ir... 
Á pesar de todo le has querido: él te ha queri- 
do también y probablemente te sigue querien- 
do... Sería crueldad, por tu parte, el no de- 
cirle adiós. 

— Está bien, iré aunque me cueste trabajo. 
Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo 
con afectada ligereza: 
- — ¿Y Antoñico? 

Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y 
exclamó con ímpetu: 

— ^¡No me hables de ese charrán! 

— Me han dicho que ha vuelto á juntarse con 
María — repuso el caballero riendo. 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡No es por eso, no!... Al contrario... me 
parece lo único decente que ha hecho en su 
vida, pero... 

Iba á contar la bajeza que con ella había co- 
metido, pero se detuvo á tiempo. El relato de 
lo acaecido la perjudicaba más á ella. 

— Le llamo charrán porque lo es. Todo el 
mundo lo sabe — concluyó bajando la voz. 

Quedó un momento silenciosa con el rostro 
fruncido. 

— Bueno, hasta mañana en el barco... Voy 
allá porque tu me lo mandas — manifestó al fin 
dándole la mano. 

— No; yo probablemente no podré ir. 

— ¡ Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuen- 
ta que no voy yo. 

— ¿Por qué? 

— Porque no quiero. 

— ¡Siempre tan testarudilla! — dijo Uceda 
apretando cariñosamente la mano que tenía 
cogida . — Iré por que no te enfades. Hasta ma- 
ñana. 

— No faltes. 

— No faltaré. 

Al día siguiente, entre dos y tres de la tar- 
de, dos lanchas atracadas al muelle esperaban 
á los invitados para transportarlos al buque, 
que se veía anclado allá en medio del puerto. 
Era una corbeta de regular tamaño, negra, só- 
lida, bien arbolada. El capitán, hombre de cua- 
renta años, de mediana estatura y recias es- 
paldas, rostro atezado, barba negra cerdosa, 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



271 



pesado y macizo como su navio, los esperaba 
de bruces sobre la cornisa de la obra muer- 
ta. Acompañábalo Velázquez. La Esperanza, 
que así se nominaba la corbeta, iba á la Amé- 
rica del Sur por carga de cacao, llevándola 
heterogénea de algunos productos de la Pe- 
nínsula. 

Los primeros que llegaron fueron Frasquito 
con su mujer y el señor Rafael. Inmediatamen- 
te la lancha trajo á la familia del Cardenal, los 
viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á 
los cuales se había unido Manolo Uceda, que 
por casualidad llegara al muelle al mismo tiem- 
po. En la otra lancha acudieron en seguida 
María-Manuela con Antonio y dos amigos más 
de Velázquez. Por último, al cabo de un rato 
acostaron al barco Pepe de Chiclana, su mujer 
y Soledad. En la subida hubo bastante jarana 
y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de 
confiarse á la frágil escala. Con el susto no se 
guardaban siquiera de mostrar las piernas á los 
marineros que se quedaban en la lancha. Los 
hombres las embromaban sobre esta despre- 
ocupación así que estaban arriba. 

— En el mar estamos como en el paraíso te- 
rrenal. No existe la vergüenza — decía el capi- 
tán. — He conocido á una señora que al averi- 
guar que el barco hacía agua subió á cubierta 
desnuda y estuvo hablando con nosotros sin 
taparse siquiera el pecho con las manos. 

Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase 
la mesa bien abastecida de manjares y bote- 



272 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lias. Velázquez fué saludando á sus amigos cor- 
dialmente y les invitó á sentarse. Estaba tran- 
quilo y á las frases de sentimiento que dejaban 
escapar todos al darle la mano respondía con 
afectada alegría. 

— Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. 
Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis 
cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando 
menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y 
para daros en cara soy capaz... soy capaz... 
¡hombre, soy capaz de venir con levita! 

— ¡No, por Dios! — gritaron los compadres 
riendo. 

Había saludado á Soledad con no fingida 
naturalidad y aun la había piropeado graciosa- 
mente. Y era lo raro que la joven parecía más 
turbada que él. Después, acercándose á Merce- 
des, la preguntó familiarmente por lo bajo: 

— ¿Y Gabino? ¿Cómo no viene? 

— ¿Gabino? — respondió la salada muchacha 
haciendo un mohín desdeñoso. — ¡Dale me- 
morias!... Nada tengo ya que partir con él. 

Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: 
disimulos de mocitas y nada más. Pero la niña 
insistió con ahinco y formalidad, dio pormeno- 
res, citó testigos. Velázquez concluyó por lla- 
mar á Isabel, que estaba cerca. 

— ¿Es verdad lo que me dice tu hermana, 
que ha regañado con Gabino? 

— ¡Y tan verdad' — respondió aquélla con 
mal humor. — ¿Tú sabes si mi hermana ha te- 
nido chabeta alguna vez? 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



273 



Y se alejó murmurando. Velázquez quedó 
serio y pensativo. 

Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca 
tomaron ostiones y rajas de salchichón. Des- 
tapáronse las botellas y el rico dorado vino de 
Sanlúcar chispeó alegremente en las copas. La 
tarde era dulce y serena. El sol derramaba sus 
rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas 
dormidas rielaban su luz con brillantes reflejos 
de plata. Los buques anclados en el puerto ca- 
beceaban blandamente, viéndose sobre sus cu- 
biertas algunos marineros entregados al sueño. 
Ni de la ciudad ni del mar llegaban más que 
rumores suaves que, al confundirse en el aire, 
formaban lánguido suspiro como si la tierra 
y el Océano gozasen tranquilos el placer de la 
siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermiten- 
cias, acariciaba la frente de los convidados. La 
naturaleza ofrecía el amable sosiego, la armo- 
nía solemne que sólo se observa en los co- 
mienzos del otoño. 

Los de la fiesta no 4 resultaron alegres. La 
gente se mostraba lacia, desanimada, como si 
todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. 
Y en realidad, no era grato ver alejarse, quizá 
para siempre, á un amigo de toda la vida. El 
mismo señor Rafael, cuya alegría era inagota- 
ble, estaba menos expansivo. Aprovechando 
un momento en que Velázquez vino á ofrecerle 
una caña, le dijo por lo bajo: 

— Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces 
esta locura? ¿Qué te faltaba á ti en Cádiz? ¿No 

18 



274 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio 
vas buscando en esas tierras donde si no le me- 
riendan á uno los salvajes se lo comen crudo 
los mosquitos?... Que has tenido algunos dis- 
gustillos con las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón 
para que un mozo valiente y noble de too su 
cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito 
que se pueda comparar con unas botellas de 
amo n tillado, bebidas en compañía de cuatro 
amigos, y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo 
hace tiempo un vista de la aduana que había 
estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy 
ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: 
«Desengáñate, Rafael, las mujeres no sirven 
más que para enfriar el caldo cuando uno está 
acatarrado y no puede sacar los brazos de la 
cama». 

Velázquez alzó los hombros y le respondió 
con el mismo desenfado. 

El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco 
los rostros se fueron animando y las lenguas 
se desataron, produciendo un gracioso oleaje 
de chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, 
como siempre, fué Antoñico. Estaba más flaco 
que antes y descolorido: apenas comía. Sus ami- 
gos le embromaban por esta falta de apetito. 

— ¿Qué queréis, hijos míos? — respondía él. — 
He perdido el estómago. ¿Cómo no había de 
perderlo si esta mujer que aquí veis me ha es- 
tado envenenando más de tres semanas con 
una bebía compuesta? 

— Decid que es mentira — saltó María-Ma- 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



275 



nuela. — No ha sido más que ocho días, y lo que 
le he dado á nadie le hace daño: agua de siete 
pozos distintos con un poco de sangre de oreja 
de gato negro y unas cagarrutas de rata... 

— j María Santísima del Carmen! — exclamó 
Antonio llevándose la mano al estómago. — ¿Y 
yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de 
delante! ¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme re- 
ventar en cualquier rincón, como un triqui- 
traque! 

— ¡Ya lo creo que lo has bebió? — exclamó la 
ruda morena con gesto de triunfo. — Y gracias 
á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que 
no hay por dónde cogerte, más humildito y 
manso que un cordero de Dios... Porque ahí 
donde ustedes le ven — añadió volviéndose á 
los circunstantes, — ahí donde ustedes le ven tan 
guasoncillo y soberbio, ahora es una malva en 
casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo 
de rodillas pidiéndome que no me enfade. Y 
too esto ¿á qué se debe? Pues á la virtud de la 
bebía. 

— ¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vo- 
cee si me has dejado en los huesos? No me ha 
quedado aliento ni para pedir los buñuelos por 
la mañana. 

Los amigos reían y vertían de vez en cuan- 
do una palabrita para que la disputa se alar- 
gase. 

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba 
acercando y el capitán se había apartado de la 
mesa y andaba de un lado á otro dando órde- 



276 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nes. Los marineros comenzaban á moverse 
ejecutando las maniobras preventivas. 

Soledad y Manolo se habían aproximado y 
charlaban un poco retirados de los demás. El 
caballero de Medina la embromaba suponiendo 
que estaba triste y que hacía esfuerzos por 
ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel momento 
crítico el corazón hablaba. No en vano había 
estado enamorada tanto tiempo. La joven se 
defendía con empeño, negando que estuviese 
triste y casi casi que hubiera estado enamo- 
rada. 

— No se puede llamar amorío que he senti- 
do por ese hombre... Era una locura, un antojo 
por cosas agrias, como solemos tener las mu- 
jeres. El amor debe ser algo más dulce, más 
tranquilo... Era imposible que yo le quisiera 
toda la vida. Su genio siempre me ha sido an- 
tipático... Detesto á los hombres soberbios... 
— Es porque tú lo eres. 
— Quizá — dijo ella con franca resolución; — 
pero así es... Por lo demás, no puedo negarte 
que me causa pena el verle marchar, sabiendo 
que es por mi causa. Si le pasa algo en la tra- 
vesía... ó se enferma... ó muere, me ha de que- 
dar un poco de escozor en el alma. Aunque ya 
no me inspira interés, no quisiera hacerle da- 
ño... Porque en el fondo no es malo; ¿sabes? No 
tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En 
cuanto se le quite será un buen hombre... Fran- 
camente, sentiría mucho que le sucediese algo 
malo... ¡Pobre Velázquez! 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



277 



— Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni 
supo ser querido — expresó Uceda poniéndose 
serio y dirigiendo sus ojos al horizonte. 

Soledad le clavó una mirada de sorpresa y 
admiración. Y á su sabor, en silencio, largo 
rato estuvo contemplando á aquel hombre tan 
noble, tan firme, tan sufrido. Un remordimiento 
punzante le atravesaba el alma. Sintió deseos 
de arrojarse de cabeza al mar. 

La tripulación terminaba los preparativos. 
El capitán prescindía ya enteramente de los 
convidados y, diligente y afanoso, recorría el 
barco de proa á popa fijando sus ojos escruta- 
dores en el aparejo y cambiando rápidas pala<- 
bras con el piloto y contramaestre. Los amigos 
de Velázquez, comprendiendo que era llegado 
el momento de partirse, quedaron otra vez 
graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de 
tristeza oprimía sus corazones. Sólo Antoñico 
se atrevió á decir alegremente á Paca: 

— Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya 
de despedida. Hace un siglo que no te oigo. 

La esposa de Pepe de Chiclana respondió 
mirándole con severidad: 

— Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado 
como éste se marcha, nadie que tenga cora- 
zón siente ganas de cantar... ni tampoco de 
oir cantar. 

Y los convidados aprobaron todos con 
la cabeza las palabras de aquella profunda 
mujer. 

Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. 



278 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El capitán se acercó á ellos y les dijo cortés- 
mente: 

— Señores, vamos á levar anclas. Siento mu- 
cho privarme de tan buena compañía, pero es 
preciso... Á no ser — añadió sonriendo — que 
quieran ustedes venirse al Perú conmigo y con 
este buen mozo. 

Nadie respondió. Silenciosamente se fueron 
acercando uno por uno á Velázquez y le abra- 
zaron con emoción. El procuraba disimular la 
que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron 
después las mujeres y le estrecharon la mano. 
«Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga 
pronto! > Paca le entregó un escapulario de la 
Virgen del Carmen rogándole que se lo pusie- 
se. El majo le dió las gracias llevándolo á los 
labios. 

Cuando llegó el turno á Mercedes, Veláz- 
quez la retuvo las manos entre las suyas un 
momento y la dijo por lo bajo, viéndola son- 
reír: 

— ¡Qué contenta estás, Mercedes! ¿Te ale- 
gras de que me vaya, verdad? 

— Ni me alegro ni me entristezco. Pues que 
nadie te obliga á marchar, debe de ser un viaje 
de recreo el que haces — respondió ella sin de- 
jar de sonreír. 

— Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu sem- 
blante... Haces bien; yo no he servido más que 
para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te 
haga muy feliz, como deseo. 

— ¡Adiós! — repuso lacónicamente la joven. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



279 



Se estrecharon la mano con fuerza y se 
apartaron. Pero el rostro de la niña al hacer- 
lo empalideció, dio unos pasos atrás como si 
estuviese mareada y se dejó caer sobre un ca- 
ble enrollado; tapóse los ojos con las manos y 
comenzó á sollozar fuertemente. 

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos 
momentos de silencio. Varios acudieron al fin 
solícitos preguntándole: 

— ¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto 
mala? ¿Qué te pasa, hija, qué te pasa? 

— ¡Qué le ha de pasar! — exclamó su herma- 
na Isabel roja de ira. — ¡Que se ha caído de 
tonta! 

Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al 
mismo tiempo indignadas y enfurecidas sobre 
ella. 

— ¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por 
un hombre que se burla de til ¡Loca! ¡más que 
loca! !Vaya un paso chistoso! 

La joven, sin responder á tales invectivas, 
seguía llorando con el rostro entre las manos . 

Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse 
entre ella y las que la injuriaban, y dijo gra- 
vemente con voz temblorosa: 

— Si lo que ustedes dicen es cierto, si las 
lágrimas de esa niña se vierten por mí, sólo 
puedo demostrarles que no he querido burlar- 
me ofreciéndoles casarme mañana mismo con 
ella... Ya sé que no la merezco, pero juro por 
mi salud que haré cuanto pueda por merecerla. 

Al oir estas palabras, un grito de júbilo es- 



28o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



talló en la reunión. Todos palmoteaban; todos 
chillaban dirigiéndose exclamaciones de asom- 
bro y de gozo . 

— ¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir 
un casorio!... — A mí me daba el corazón que los 
dos se querían... — ¡Y á mí! — ¡Y á mí! 

El señor Rafael, loco de alegría, gritaba: 

— ¡Vivan los novios! El día que os caséis 
prometo emborracharme... lo que no hice en los 
días de la vida. 

Y empujando al mismo tiempo á Velázquez 
contra Mercedes, añadía: 

— ¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuen- 
ta que no somos nadie! 

Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y 
la empujaban hacia su novio. Este la abrazó 
con efusión. 

— Ya no hay viaje, capitán — dijo luego vol- 
viéndose al de la corbeta. 

— La primera vez que me alegro de sepa- 
rarme de ti, Velázquez — repuso éste estrechán- 
dole la mano . 

Acometidos de un vértigo, todos hablaban y 
nadie se entendía. Mas hé aquí que el prudente 
Frasquito se acerca á Velázquez y le dice mis 
teriosamente: 

— Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero 
del pasaje? 

El majo suelta una ruidosa carcajada y excla- 
ma dándole afectuosas palmadas en la espalda: 

— ¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovechar- 
lo tú? 



LCS MAJOS DE CÁDIZ 



28l 



El señor Rafael había oído la carcajada y se 
acercó para saber lo, que se trataba. Velázquez 
le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, 
mirando fijamente á su sobrino, se santiguó 
diciendo con gravedad: 

— Sobrino, no nos separamos. Yo no des- 
hago la sociedad. Eres el único sabio que hay 
en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este 
golpe á todo el mundo para honra de la fa- 
milia. 

— ¡Tío, no la enredemos ahora que estamos 
todos alegres! — exclamó Frasquito exasperado. 

— ¿No quieres que lo cuente? Está bien: te 
guardaré el secreto. Pero de aquí en adelante 
hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero 
que seas mi tío! 

Velázquez atajó la disputa llevándose á Fras- 
quito. Todos se despideron del capitán afectuo- 
samente y de nuevo bajaron la escala, acomo- 
dándose como mejor pudieron en las dos lan- 
chas que los habían traído. Una vez en ellas, 
como el día continuase sereno y el mar sose- 
gado, á uno de ellos se le ocurrió acompañar á 
la corbeta algún trecho. Se aceptó con regoci- 
jo la idea. El capitán hizo al instante levar an- 
clas y el buque, arrastrado penosamente por 
sus dos botes, emprendió una marcha lenta 
hasta llegar á paraje abierto donde pudiera 
desplegar las velas. Las lanchas le daban es- 
colta. 

Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose en- 
tre unos y otros mil bromas y donaires. El 



282 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



blando movimiento de las olas y la fresca cari- 
cia de la brisa excitaban más su alegría. Ve- 
lázquez no se había sentado al lado de Merce- 
des. Por un sentimiento de delicadeza prefirió 
colocarse entre sus futuros suegros. Cuando el 
bullicio se hubo calmado un poco, les habló en 
voz baja de este modo: 

— Un sueño me parece lo que está pasando 
Me encuentro sentado entre ustedes; veo allí 
á Mercedes, con la cual no tardaré en casar- 
me, y apenas puedo creerlo. Dios no ha queri- 
do que fuese á morir en tierras extrañas, sino 
que viva entre mis amigos al lado de una es- 
posa que no merezco. Después de Dios á uste- 
des se lo debo. Quisiera poder demostrarles mi 
agradecimiento no con palabras, sino con he- 
chos. Creo que la mejor manera será haciendo 
á su hija feliz y á esto me comprometo... Aquel 
Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero 
se marcha en ese barco para el Perú. El que 
aquí queda es un hombre decente que sabrá 
mientras viva querer á su esposa y respetarles 
á ustedes. 

El viejo Cardenal aprobó con la cabeza las 
palabras del majo; pero la madre replicó con 
acento en que se traslucía aún la cólera: 

— No creas que te entrego á mi hija de 
buena voluntad. Lo hago porque la conozco 
y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí 
no se me olvidan los desaires que la has hecho 
y si estuviese en su lugar puedes estar seguro 
de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz. 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



283 



— ¡Silencio, mujer! — interrumpió el padre 
con energía, y volviéndose á Velázquez aña- 
dió gravemente: — Las mujeres perdonan me- 
jor los agravios que las hacen que los que ha- 
cen á sus hijos. Eres hombre de juicio y sabrás 
disimular el resentimiento de una madre. Yo 
te doy mi palabra de que haciendo feliz á Mer- 
cedes no tardará en desaparecer. 

Llegaron al fin á la mar libre. La Esperanza 
izó algunas velas y su tripulación dejó los bo- 
tes para subir á bordo. Los remeros de las 
lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. 
Todos se despidieron con mucha gritería del 
capitán é inmediatamente pusieron proa á la 
ciudad. 

El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se 
teñía de púrpura en Occidente con viva incan- 
descencia que ascendía hasta el zenit, fundién- 
dose gradualmente en tintas de grana y oro 
hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. 
El vasto Océano llameaba recibiendo en su 
seno con misterioso temblor el disco del sol, 
grande, rojo, resplandeciente. Todos se ale- 
gran contemplando este sublime espectáculo. 
La fresca brisa de la tarde baña su rostro. 
Vuelven los ojos á tierra y su gozo aumenta 
viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ce- 
ñidor de espumas, con su crestería que los ra- 
yos del sol doran como la corona gigantesca 
del dios de los mares. 

En aquel momento, Soledad preguntó á 
Uceda en voz baja: 



284 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Sigues en tu idea de marcharte á Se- 
villa? 
—Sí. 

— Yo también me voy. 
— ¿A qué? — dijo el caballero fingiendo sor- 
presa. 

— No lo sé — replicó la joven pugnando por 
no llorar. 

Guardaron silencio unos instantes. Uceda la 
dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una 
mano: 

— Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol 
que va á desaparecer? Tú sabes que mañana 
volverá á lucir en el cielo tan hermoso como 
hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque 
en este mundo el amor engendra al amor, 
pero el capricho sólo engendra al hastío. A 
pesar de tus locuras te he seguido queriendo 
porque adivinaba en ti un espíritu infantil á 
quien no se puede exigir la responsabilidad de 
sus actos y también porque respetaba en mí 
el primer amor que tú habías logrado inspirar. 
Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero... 

— Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré 
tu criada... tu esclava — interrumpió Soledad 
con ímpetu. 

— ¡Silencio! Para el hombre de corazón 
nada hay más imposible que la maldad. Üna 
voz interior me dice que he nacido para pro- 
tegerte, para salvarte de la infamia. Con- 
fíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el 
tiempo para mí, pero puedes estar segura de 



LOS MAJOS DE CÁDIZ 



285 



que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua 
ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, 
por dignificarte, para sacar de ti el ser inocen- 
te y noble que mi cariño me ha dicho siempre 
que existe. 

Así habló el caballero de Medina. La joven 
escucha estas palabras con alegría y sus bellos 
ojos se nublan de lágrimas. 

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia 
el puerto envueltas en rojizos resplandores. La 
Esperanza izaba á lo lejos todas sus velas que 
se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco 
negro, robusto, se inclinaba suavemente para 
hender el cristal de las aguas. El capitán, des- 
de lo alto del puente, saludaba todavía con su 
gorra blanca. 



ÍNDICE 



Páginas . 

Prólogo v 

I. — El viajero i 

II. — Los majos 13 

III. — Soledad 35 

IV. — Velázquez 51 

V.— Celos 61 

VI.— Disputa 81 

VII. — El columpio 93 

VIII.— Crisis 121 

IX. —El Carnaval 133 

X.— Rebelión 161 

XI. — Sumisión 171 

XII. — La maga 181 

XIII. — Antoñico 197 

XIV. — La boda de Pepa 213 

XV. — Noche gaditana 241 

XVI.— Despedida 267 



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